Los escalofriantes y violentos testimonios que definen a Walter Klug, el último prófugo de la dictadura

Crueles asesinatos, golpizas solo por placer y un trato inhumano en contra de detenidos políticos son parte de los relatos que definen al teniente (r) Walter Klug, criminal condenado por múltiples violaciones a los DDHH. En La Voz de los que Sobran revisamos en profundidad los escalofriantes testimonios que ubican a Klug como uno de los torturadores más brutales de Pinochet.


La tarde del lunes 28 de junio Walter Klug volvió a pisar tierra chilena. La estancia de su último viaje a Argentina duró aproximadamente 20 días, poco más que un periodo de vacaciones estándar. Pero Klug no estaba vacacionando, estaba huyendo de sus cuentas pendientes con la justicia tras haber sido condenado por el secuestro y homicidio de 23 empleados de la Empresa Nacional de Electricidad (ENDESA). Tampoco tenía intenciones de volver, sino que planeaba usar al país trasandino como una pequeña escala para regresar a Alemania, país catalogado como un “refugio seguro” para criminales condenados por violaciones a los Derecho Humanos que posean la nacionalidad de la nación germana, como es el caso de Klug. No era la primera vez que el soldado intentaba evadirse de la sentencia.

Fue en octubre de 2014, al poco tiempo de jubilar, que todos los crímenes del teniente (r) del Ejército, Walter Klug, cayeron por su propio peso. Se materializaron en una condena, dictada por la Corte Suprema, de 10 años y un día en prisión por su rol en el denominado Episodio Endesa. Como resultado de la investigación, Klug fue sindicado responsable del homicidio calificado y secuestro de 23 trabajadores de las hidroeléctricas El Abanico y El Toro, entre otras causas de desapariciones forzadas en las cuales el exmilitar ha sido ubicado por sobrevivientes. Apenas a un mes de dictada la sentencia Klug obtuvo un pasaporte alemán y se escapó sin mayores complicaciones. Allí vivió tranquilamente 4 años hasta su recaptura en Italia. El ingreso del servidor de la dictadura a prisión no ha sido fácil. De alguna forma, hasta el día de hoy se niega a aceptar su responsabilidad por las múltiples violaciones a los DDHH cometidas.

Y es que, a pesar de las sólidas pruebas en su contra, Walter Klug hasta hace casi 11 años, negaba tajantemente todo lo expuesto en instancias judiciales. Así lo confirma un texto legal fechado el 18 de noviembre de 2010 en relación al Episodio Endesa.

“Enfatiza que en este recinto jamás hubo torturas ni maltratos a los detenidos, quizás algunos puntapiés para imponer orden, lo que sí hubo fueron períodos de mayor dureza en el trato, conforme se iban presentando cuadros de personas alcohólicas, personas con angustia por sentirse privados de libertad, lo que le obligaba a actuar con mayor dureza, pero siempre dentro del límite del respeto a los detenidos”, es parte de las declaraciones que el Teniente Walter Klug Rivera dio a los organismos legales, desconociendo todos los crímenes cometidos dentro del Regimiento Reforzado N°3 de Los Ángeles.

Agrega que no sabe de fusilamientos ni asesinatos al interior de la unidad militar, y que si alguien los había llevado a cabo, él no se enteró, reiterando constantemente que fue “disciplinado, duro, sarcástico incluso, pero jamás permitió maltrato físico contra los detenidos, ni provocarles dolor físico”.

Las palabras del exmilitar son frágiles, y se quiebran en una condena y el testimonio de varias víctimas de violaciones a los Derechos Humanos.

“Cuando estuve en el campo de concentración me tocó presenciar un cobarde asesinato. Un campesino perdió la razón producto de los golpes y de la vida que llevábamos, por esto tomó un día una tabla de madera de pequeñísimas dimensiones y golpeó con ella a un soldado en su casco, esto lo vio el teniente Walter Klug Rivera, reconocido torturador y asesino, ordenó que todos los prisioneros que estábamos cerca nos diésemos vuelta para no ver, y ordeno que nos fuéramos a nuestras celdas, entonces el sacó su pistola y la descargó en el pobre campesino demente. Cruz Roja Internacional supo de este cobarde asesinato pues se le mostró el lugar de la muerte en donde aún se veían las manchas de sangre estampadas en el cemento”, versa uno de los vívidos testimonios, recogido por el portal Memoria Viva desde un artículo del extinto diario Fortín Mapocho, de un detenido que habría estado bajo la custodia de Klug.

En La Voz de los que Sobran revisamos en profundidad los relatos emitidos tanto por detenidos como por excompañeros de Walter Klug, los cuales revelan íntimos lazos del Ejército con la organización paramilitar de extrema derecha, Patria y Libertad, las atrocidades cometidas por agentes del Estado en el Regimiento N°3 de Los Ángeles, y el rol de uno de los servidores más brutales y despiadados que la dictadura llegó a integrar en sus filas.

Tranquilo y en la impunidad

Había estado evadiendo los actos cometidos desde el golpe de Estado perpetrado por Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Cuando sus acciones lo alcanzaron, lejos de encararlas, Klug optó por seguir escapando de ellas. En noviembre del 2014, a un mes de dictada la sentencia en su contra por parte de la Corte Suprema, Walter Klug tuvo acceso a un pasaporte alemán otorgado por la propia embajada de la nación germana en Chile, y escapó al país europeo.

Ni las autoridades chilenas ni las autoridades alemanas dispusieron de medidas para prevenir la fuga del exmilitar condenado. Salir de Chile habría sido un mero trámite, tan sencillo como comprar un pasaje de avión y adosar el papeleo correspondiente. Así de fácil, uno de los criminales más sádicos del periodo dictatorial en Chile se deshizo de todas sus responsabilidades.

Pasaron 4 años antes que se le volviera a ubicar en un hotel de la ciudad italiana de Parma. Klug, de 69 años de edad en ese entonces, se encontraba en la localidad para asistir a una conferencia que daría su esposa. Sin oponer resistencia, el exmilitar se entregó a las autoridades italianas, requerido por una orden de detención internacional emanada desde Chile por el caso de Luis Cornejo Fernández, un joven estudiante de topografía, militante del Partido Comunista que estuvo detenido en el Regimiento N°3, y en cuya desaparición forzada habría estado involucrado Walter Klug.

La historia antes del hecho fortuito que permitió la captura de Klug, se convirtió en una zona difusa. Lo cierto es que el criminal de la dictadura estaba escondido a plena vista. La periodista alemana, Ute Löhning, le siguió el rastro hasta el pequeño pueblo de Vallendar, una localidad de aproximadamente 9000 personas en la cual Klug vivió tranquilamente en la impunidad.

El ámbito económico nunca fue un problema para el exmilitar, quien, según desmenuza la investigación realizada por la mencionada profesional, recibía una pensión, pagada por el Estado chileno, cuyo monto aproximado asciende a la suma de $1.200.000, más aumentos varios.

Independiente del caso de Luis Cornejo, por el cual se solicitó la detención internacional de Klug, es preciso destacar que, hasta el momento de su captura en Italia, Chile no había emitido orden de aprehensión para que el teniente regresara a cumplir la sentencia de 10 años y un día por el Episodio Endesa; dicho requerimiento fue girado por las autoridades chilenas solo tras notificar la necesidad de contar con Klug para la acción judicial relativa al caso de Cornejo.

Luego que la Corte Suprema de Italia acogiera la solicitud de Chile para extraditar al teniente coronel (r), basándose en que los crímenes cometidos atentan contra la humanidad, Klug fue devuelto el 6 de febrero de 2020.

El nombre de Walter Klug Rivera volvió a saltar a la opinión pública luego que el 8 de junio de este año la organización abocada a la defensa de los Derechos Humanos, Londres 38, denunciara que el exsoldado se volvió a fugar con rumbo a Buenos Aires, Argentina, eludiendo los controles fronterizos de la Policía de Investigaciones (PDI), con la intención de viajar de vuelta Alemania, país del cual no podría ser extraditado.

Sin embargo, al momento de llegar al país trasandino, la división de la interpol en Argentina ya estaba al tanto de su calidad de prófugo, siendo apresado el día 12 de junio en la vía pública, y dispuesto ante las autoridades para iniciar el proceso de extradición.

De alguna forma, Klug, por casi 48 años, ha estado huyendo de su pasado y de su destino, con todo lo que ello implica. El peso de ambos conceptos en la vida del exmilitar no es menor; las claves para comprender y dimensionar los crímenes en los que Klug estuvo implicado se encuentran en los documentos adjuntos a la investigación de la desaparición forzada de Luis Cornejo.

Retrato hablado de “El Nazi”

Cornejo y Klug tenían la misma edad cuando coincidieron en el Regimiento N°3 de Montaña “Los Ángeles”. En calidad de detenido político, el joven estudiante de topografía de la Universidad de Concepción, con tan solo 23 años, encontraría su suerte en manos de los altos mandos del recinto militar habilitado con el único propósito de detener, interrogar, torturar y asesinar opositores al régimen de Pinochet.

Al momento de su desaparición Luis Cornejo no estaba registrado en los cementerios locales, tampoco había notas de ingreso a hospitales, ni eventuales salidas del país u otorgamiento de asilo diplomático. La teoría que hasta el día de hoy se baraja es que Cornejo corrió la misma suerte que miles de compatriotas durante la dictadura militar. El joven estudiante había sido forzado a desaparecer por agentes del Estado. Sin embargo, su paso por el establecimiento donde sirvió Klug quedó en la retina de múltiples prisioneros que sobrevivieron para, años después, relatar los horrores ocurridos en el recinto.

Apenas 7 días habían pasado desde que las principales ramas de las Fuerzas Armadas, de Seguridad y de Orden instauraron el régimen totalitario que cambiaría abruptamente el destino del país. Sin miramientos ni contemplaciones, los agentes del estado se abocaron a la única misión de apresar a cualquiera sobre quien tuvieran la más mínima sospecha de adhesión a ideologías de izquierda. Luis Cornejo, según consta en documentos revisados por este medio para la elaboración de este reportaje, fue detenido el 18 de septiembre de 1973 en una pensión junto al dueño del inmueble, Miguel Rojas, su hijo, Osvaldo Rojas, y una amiga de este último llamada Margarita Guajardo, luego que vecinos del sector los denunciaran, acusando la realización de una reunión política.

Sergio Daguere, cabo primero de carabineros que acudió en una patrulla integrada por civiles y militares para ejecutar la detención de las personas, confesó que las órdenes de captura, emanadas directamente desde la Intendencia, fueron giradas verbalmente. Nada quedó por registrado, y lo poco que se escribió del procedimiento para respaldar la detención fue incinerado por efectivos policiales.

Osvaldo Rojas, detenido junto a Cornejo, fue enfático en señalar que en su traslado al recinto del cual Klug estaba a cargo, lo sentaron en la parte de adelante del vehículo junto a su padre. Cornejo le habría confesado a Rojas que desde el primer momento los militares le habrían golpeado, luego que intentara defender a las mujeres que habían sido detenidas esa misma jornada tras enterarse que los soldados las querían violar.

Rojas continúa su relato señalando que los interrogatorios eran llevados a cabo por el sargento Eduardo Paredes, el detective Domingo Bascuñán, el funcionario de carabineros, José Miguel Beltrán, el militar Mario Pacheco y Mario Contreras Brito, revelando, además que Walter Klug, quien se encontraba a cargo de los detenidos, habría tenido participación activa en las sesiones de interrogación y tortura.

Además de Osvaldo Rojas, Luis Cornejo había estrechado lazos con otro detenido. Carlos Rivera, en ese entonces estudiante de auditoría, con la intención de suavizar el impacto de la tortura psicológica a la que constantemente eran sometidos, y que incluía “amenazas y simulacros de fusilamientos, golpes de latas y música fuerte”, comenzó a jugar con Cornejo un juego llamado Toque y Fama. La dinámica era simple, un detenido intentaba adivinar el número que el otro estaba pensando y lo anotaba en un papel. Posteriormente, en la mente de los militares, el inocente juego adquirió ribetes oscuros.

Rivera asegura que un día los soldados requirieron a Luis Cornejo para un interrogatorio. Desde esa instancia no lo volvió a ver hasta 4 días más tarde, cuando él mismo, sindicado como “el amigo de Cornejo” por parte de los funcionarios, fuese llamado a declarar.

Tímidamente salió del lugar en que se encontraba recluido. Entre el miedo de no haber visto a Cornejo en un largo periodo y la confianza en que más allá de la relación forjada por ambos en el centro de detención no había nada más que los involucrara, se presentó en la sala de interrogatorio, la “peluquería”, en el edificio principal.

Cuando llegó, apenas podía dar crédito a la escena. Cornejo estaba malherido, desnudo y tendido sobre una camilla. En su boca habían puesto un tapón de tela para ahogar los gritos y su rostro estaba completamente desfigurado producto de las extensas sesiones de tortura. Luego, frente a los ojos de Rivera, a Cornejo le aplicaron corriente. El joven saltó de dolor. Acto seguido, en forma amenazante, Walter Klug se acerca a Rivera y le exige que le cuente todo lo relacionado al Plan Z, la conspiración ideada por agentes de la dictadura sobre una eventual acción de desestabilización al régimen por parte de grupos adherentes a la izquierda, la cual les sirvió para justificar los actos más cruentos en contra de sus adversarios políticos. De no soltar la inexistente información, él ocuparía el puesto de Cornejo en la camilla.

Rivera entró en pánico. Comenzó a saltar en el lugar y a darse golpes contra las paredes hasta provocarse una herida lo suficientemente seria para que los militares creyeran que se había vuelto loco. Cuando su cabeza empezó a sangrar profusamente, y los soldados optaron por posponer el interrogatorio, Rivera supo que su plan había funcionado.

Lo devolvieron a las carpas donde se encontraban recluidos los prisioneros. Al mismo lugar llegó Osvaldo Rojas, a quien le contó lo ocurrido con su compañero en la detención, y, posteriormente, esa misma noche, casi a modo de amenaza, los funcionarios trajeron a Cornejo y se llevaron a Rojas. Rivera intentó conversar con Cornejo para preguntarle en qué lo había involucrado, pero estaba tan maltrecho que no podía hablar, su rostro estaba desfigurado y apenas podía gesticular y emitir sonidos, por lo cual no conversaron. Una hora más tarde, personal del ejército regresó al sector de las carpas, llevándose a Cornejo. Habría sido la última vez que Rivera vio con vida al estudiante de topografía.

Walter Klug volvió para indicarle que le tocaba interrogatorio, y que, si quería evitar eso, a horas de haber visto el estado de Cornejo, que empezara a contar todo lo que sabía del Plan Z, pero Rivera no sabía nada. Ofuscado, Klug le mostró una serie de papeles que le habían quitado a Cornejo. El estudiante de auditoría los reconoció en seguida, y le explicó que se trataba de un simple juego para evadirse de la terrible realidad en el regimiento, pero Klug no le creyó. Solo aceptó la verdad luego que Rivera dijera que Elías Peña, exdetective de la PDI con el que tenía un parentesco, se lo había enseñado, y que él solo lo replicó en el campo de prisioneros.

Una vez que Klug salió de la carpa, Rivera se puso a escuchar la conversación que el teniente habría mantenido con otro funcionario, en la cual mencionó que no podía creer que “por esa tontera se les había ido uno”, presumiendo que Cornejo había muerto.

La verdadera naturaleza del Toque y Fama fue ratificada por el propio Peña. El exfuncionario policial llegó al auxilio de Rivera por mera casualidad, y es que, en medio de la desesperada escena que el estudiante de auditoría montó para postergar su interrogatorio, llamó la atención de los soldados conscriptos que estaban ejercitándose en el patio. Muchos de ellos lo conocían, por lo cual, sin motivos demasiado claros, acudieron hasta el domicilio de su madre para contarle que le habían colgado y asesinado.

No obstante, Rivera aún estaba vivo. Este incidente motivó que su madre tomara contacto con Elías Peña, quien era esposo de su tía y funcionario activo de la PDI, para solicitarle que acudiera al regimiento e intercediera para que le entregaran el cuerpo de su hijo.

En seguida, Peña acudió a hablar con el comandante Alfredo Rehren, también implicado en crímenes de lesa humanidad debido a sus acciones en el Regimiento N°3 de Los Ángeles. El detective estaba nervioso, y solo tras una tensa conversación, Rehren oprimió un timbre en su oficina. Por la puerta apareció un militar cuyo aspecto físico concordaba con la descripción de Klug. “militar de grado, medio rubio, estilo alemán y macizo”, es parte de lo que se desprende de la declaración judicial de Peña, quien además reveló que Klug, por sus propios compañeros, había sido apodado como “El Nazi”.

El comandante le ordenó traer los papeles de Rivera, apenas unas cuantas hojas sueltas. Al revisarlas, cuestionó sorprendido: “¿Y por esto está detenido este hombre?”, le dijo al militar, posteriormente identificado como teniente, enrostrándole los pocos fundamentos para la detención de Rivera.

Pero el hombre, quien realmente sería Walter Klug, se mostraba reacio a liberar al prisionero. Decía que Rivera llevaba mucho tiempo detenido, que ya había visto demasiado de lo que ocurría al interior del regimiento, y que por consecuencia, sabía mucho. Además, le recordó que Rivera estaba para el operativo “Luna Roja”, lo cual significaba que iba a ser fusilado. Sin embargo, la influencia del funcionario policial logró lo que parecía inevitable, y Rivera finalmente fue liberado.

Tras salir del recinto, la historia sigue construyéndose sobre las declaraciones de Osvaldo Rojas. Él y Patricio Abarzúa fueron las últimas personas que vieron con vida a Cornejo antes de su desaparición forzada.

La diferencia es que Abarzúa, si bien era civil, no era un prisionero. Se trataba de un miembro del reconocido grupo paramilitar de extrema derecha, Patria y Libertad. El vínculo entre esta organización y la dictadura, en temas de torturas, asesinatos y desapariciones quedó expuesto luego que Klug admitiera en su declaración que el civil ejecutaba acciones propias de los militares al interior del regimiento.

Aquello no era bien visto por los ojos del teniente, que apuntó que jamás se subordinaría a las instrucciones de Abarzúa o de otro civil, sin aceptarlo como un par. Por otro lado, Abarzúa tenía sus propias impresiones sobre Klug; requerido en el caso del Episodio Endesa, el Patria y Libertad expresó que el exuniformado “jugaba a ser soldado, era como un niño chico. Se burlaba de los detenidos”.

En cualquier caso, la mala relación entre ambos no impidió que Abarzúa siguiera desempeñándose en el recinto militar, siendo este quien recogió a Cornejo y a Rojas para llevarlos a la fuerza al picadero, pero, en una decisión de último minuto el Patria y Libertad optó por devolver a Rojas, llevándose solo a Cornejo. Desde ese momento, nadie lo volvió a ver con vida.

Según consta en la documentación, la Secretaría Ejecutiva Nacional de Detenidos (SENDET) declaró, falsamente, en 1974, que Cornejo había sido detenido y puesto en libertad el mismo día de su detención por falta de méritos. Una acción que pretendía cerrar tajantemente el caso Cornejo eximiendo de responsabilidades a todos los criminales implicados, entre ellos Klug.

No lo lograron. Debido a su participación en los hechos, el teniente fue apresado en Italia y devuelto a Chile, siempre manteniendo esa mentalidad de evadir a sus viejos fantasmas.

Violencia de vocación

A pesar que la mayoría de los militares que han sido procesados por causas de violaciones a los Derechos Humanos son ubicados llevando a cabo sus crímenes en sesiones de interrogatorios, Klug mantenía una diferencia que lo desmarcaba.

La especialidad del criminal condenado era la violencia solo por la violencia. Si bien tomó parte y estuvo presente en las instancias en que los militares intentaban sacarle información a los detenidos, Klug se caracterizaba por golpear brutalmente a los reclusos sin mediar palabras.

Poco sabía de los motivos de las detenciones de sus víctimas, y poco le interesaba. Buena parte de los testimonios recabados para esta investigación apuntan a que rara vez, cuando estaba presente en las sesiones dedicadas a extraer información de los prisioneros, se dirigió directamente la palabra a estos. Su rol era simplemente golpearlos y causarles tormento. No hay preguntas, solo agresiones.

El nivel de sadismo del entonces teniente es recordado vívidamente por el detenido José Luis Cifuentes, quien relató que, mientras sus captores esperaban información desde la ciudad de Concepción, fue dejado en un pasillo a la espera de ingresar al interrogatorio.

Pero Cifuentes nunca tuvo la oportunidad siquiera de hilar un par de palabras conscientemente en la sesión. Minutos antes, dice que Klug lo encontró en el corredor, y, sin preguntarle demasiado, inició una brutal golpiza con puños y patadas en diversas partes del cuerpo.

Cuando requirieron a Cifuentes para concretar el interrogatorio fue que los propios militares a cargo de la tortura notificaron el estado en que Klug lo había dejado. La gravedad de las lesiones era tal, que la sesión tuvo que ser postergada porque el prisionero no podía recuperarse, siendo devuelto a las caballerizas.

Esa afición de golpear a los detenidos que estaban bajo su cargo sin mayores explicaciones y sin preguntarles nada, es reconocida tanto por detenidos como por los propios compañeros de Klug, que en más de una oportunidad sindicaron que el rol que el agente tenía al interior del Regimiento era similar al de un celador. Klug tenía tantos prisioneros como quisiera para descargar su ira, incluso, según se recoge en los documentos de prensa, el teniente visitaba constantemente la cárcel buscando prisioneros para trasladar al recinto militar donde el destino de varios de ellos fue el asesinato y la desaparición.

Con todo, entre fuga y fuga, Klug logró evitar su condena por seis años debido a múltiples negligencias en el sistema judicial chileno. Sin ir más lejos, y a pesar de haberse acreditado su participación como cómplice en el caso de la desaparición forzada de Luis Cornejo, por el cual fue requerido y se logró su primera extradición desde Italia, Walter Klug fue dejado en libertad en noviembre del 2020 luego que el ministro para causas de DDHH en Concepción, Carlos Aldana, desechara los cargos en su contra.

Casi como si se tratara de un mal chiste o una retorcida jugarreta del azar, el abogado de derechos humanos, Nelson Caucoto, lamentó, en dicha instancia, la decisión del tribunal, sugiriendo, casi en forma premonitoria, en conversación Radio Bío Bío, que era inexplicable que Klug caminara libre, y que, debido a sus antecedentes, podría intentar fugarse de nuevo al extranjero, situación que se materializó el 8 de junio de este año, luego que se informara que el exuniformado huyó nuevamente con rumbo a Argentina.

La serie de hechos fortuitos que han permitido la recurrente captura de uno de los servidores más sádicos al servicio de la dictadura hoy convergen en torno a un solo propósito: que Klug por fin pague con cárcel los crímenes del Episodio Endesa, los cuales debía estar saldando desde la condena dictada en 2014.

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