Lo que han llegado a ser: en Chile la policía lanza niños al lecho del río

Tendrá cara para dormir tranquilo el General Rozas. Cómo soportará su humanidad tanto desprecio por sus compatriotas, aquellos a los que canta cuidar, los protegidos por su bandera. Hoy el espíritu del país está un poco más menoscabado. El cauce del río volvió a ser azotado por la verdad ineludible: décadas después de la guerra contra Chile, un joven de dieciséis que se manifiesta es castigado con el riesgo de la muerte; porque a eso te lanzan al Mapocho.


Tirado sobre el agua turbia. Como un peso muerto. En pleno río Mapocho. Ultrajado al extremo, en todos los sentidos. Un joven moribundo esperando ser arrastrado por el agua, lanzado al torrente que atraviesa el centro de Chile por un carabinero de la fuerza especial. Un policía. Un crimen con todas las letras: uno, dos videos lo confirman. No se cayó, lo lanzaron.

El Estado de Chile, instalado cada viernes desde hace un año en la Plaza de la Dignidad, lo arrojó a las aguas del Mapocho. Como en la dictadura, cuando los chilenos vieron pasar cadáveres como normalidad. Pero pasó en democracia, o en esto que creemos democracia, y el hombre lo hizo con la cobardía que permite el anonimato momentáneo del verde militar. Lo tomó por atrás, lo arrojó con alevosía, con la confianza salvaje de la impunidad, la que se ha hecho fuerte desde que el General Rozas la prometió como un padrino mafioso a sus súbditos delincuentes.

Pasó en Chile, el primer viernes del mes en que una votación buscará aplacar la furia de un pueblo atropellado de tantas formas, ninguna tan brutal como un lanzamiento al río Mapocho, la peor de las maneras de tratar de acabar con alguien en el Chile central. Te voy a tirar al río Mapocho. Y lo tiró.

Cuesta imaginar que Carabineros llegue más bajo. Ha dejado a una mujer sin vista, gusto, olfato. A un veinteañero le quitó los ojos. A cientos les ha roto sus miradas. A un cabro lo mataron por ser mapuche. Lo acusaron de ladrón. Robaron platas como las más ruines criaturas. Y hoy la institución tira a un adolescente de dieciséis años, que por milagro está recuperándose en la clínica, a las aguas del Mapocho.

Tendrá cara para dormir tranquilo el General Rozas. Cómo soportará su humanidad tanto desprecio por sus compatriotas, aquellos a los que canta cuidar, los protegidos por su bandera. Hoy el espíritu del país está un poco más menoscabado. El cauce del río volvió a ser azotado por la verdad ineludible: décadas después de la guerra contra Chile, un joven de dieciséis que se manifiesta es castigado con el riesgo de la muerte; porque a eso te lanzan al Mapocho. No hay otro mensaje que morir. Un policía en Chile tiene la costumbre de castigarte hasta morir. Y esta es la foto más grosera. 

No se cayó. Lo tiraron. Y no contentos con ello; la cultura policial chilena, la formación de nuestros carabineros, la doctrina del General Rozas prosiguió con un piquete que continuó reprimiendo sin jamás prestar auxilio a un moribundo. Habrá, me pregunto, acto más ruin que no prestar ayuda a quién puede morir. Un cuerpo tirado que debe esperar morir, ahogado quizás, porque la doctrina de un cuerpo de generales lo indica. Acá nada es casual. No es la primera vez: abajo, entregado a la fuerza de un caudal, un cuerpo de dieciséis años, fracturado, boca abajo, expuesto a una muerte por inmersión. Y arriba; los heridos dan lo mismo, las víctimas no se consternan. La orden es seguir reprimiendo; más bombas, más gases, más agua. El ataque jamás termina. Como jamás terminó cuando en la misma plaza Italia las ambulancias apenas ayudaron a manifestantes de ojos horadados. Ahí está tu protocolo.

La imagen es desoladora, parece sacada de otro país. Pero es este mismo que ahora pisamos. No un infierno de alguna lejanía expiatoria. No es Venezuela ni el planeta Marte. Un cabro chico fracturado múltiple, con la mochila pegada a la espalda, de Puente Alto al río Mapocho, con un futuro lleno de incertezas, mientras se prepara otra fiesta de la democracia; aquella fiesta pactada hace poco menos de un año, en secreto y de madrugada. Es la democracia que ha olvidado a los presos de la revuelta, aquellos que comienzan a ser condenados, en Santiago y en Concepción, aquella democracia que vive con cientos de manifestantes en cárceles y centros del Sename, hasta hoy. 

Pero ¿Hasta cuándo debemos seguir siendo testigos de los crímenes policiales? ¿Hasta cuando soportar declaraciones que de oficiales que califiquen empujar a un niño al lecho del río Mapocho como accidente? Los mismos oficiales que apenas conocieron el intento de homicidio afirmaron que “Carabineros jamás arrojó a esta persona al río”, con toda soberbia y seguridad ¿Qué sería de los chilenos si no existieran los videos? Lo cierto es que la putrefacción de la institución hace impostergable una refundación, partiendo hoy por la salida de su cabeza, el General Rozas, a quien por lo menos debe mover la vergüenza de saber que su rama policial, la de amigos en el camino y protectores de niñas inocentes, otra vez sale al mundo como lo que han llegado a ser: en Chile la policía lanza a niños al lecho del río.

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