Lecciones de Agusto Blanquí. El honor de los liberales

Lecciones de Agusto Blanquí. El honor de los liberales

Hemos presenciado un desenfadado confinamiento elitario que olvida las lecciones de la destitución del 18/0 y que mancha nuestro ejemplo ejemplar en su afán infinito por la bula elitaria. En nuestro valle se activó un «liberalismo mestizo» que en su apareo se mantiene a la espera de una confluencia política cultivando la tiranía de lo simple, lo directo, lo obeso agumental en una trama transparente. Tal empresa ha reducido la propia teoría liberal un «raitil cognitivo», y no conforme con ello -en medio del despeñadero- prepara las condiciones para institucionalizar la circulación elitaria que reclama la segunda transición. Liberales de izquierdas y de derechas, e «intelectuales sumisos» buscan su gloria en medio de una epifanía bizarra.

Abramos un libro. El desacuerdo de Jacques Rancière (1996). Agenciémonos momentáneamente en sus páginas para explorar las paradojas de la política moderna. Aquí encontramos un caso paradigmático que quizá ilumine nuestro presente y sus extravíos. La secuencia reza así:

“En 1832 el revolucionario Aguste Blanqui era procesado. Al comparecer ante el presidente del tribunal, este le preguntó por su profesión: Blanqui respondió Proletario. Ante lo cual el Juez replicó de inmediato: esa no es una profesión. A lo cual Blanqui volvió a insistir: es la profesión de 30 millones de franceses que viven de su trabajo y que están privados de derechos políticos. Luego de transcurrido este episodio el Juez acepta que el escribano tome nota de esta nueva profesión”.

La enseñanza que hay en este episodio histórico nos permite escrutar la singularidad del discurso político contemporáneo. Una primera forma de explorar tal cuestión nos lleva a interrogar el decisionismo que hay tras la persistencia de Blanqui, a saber, quien se erige en nombre de la «humanidad toda», funde la universalidad en un particular. No se trata de un hiato que la representación pueda copar sin más, aquí las cosas van mucho más lejos. Pretender ser, la voz de los sin voz, involucra menos un derecho delegado que agotar la presencia de un tercero en una identidad plena. Por ello, tras la ontología de este enunciado, se olvida la representación y tiene lugar una secuencia más bien solipsista. De otro modo, ¿por qué habría Blanqui de arrogarse el derecho a establecer los designios de una multitud innombrada? ¿Acaso es posible una representación popular y fronteriza bajo la ficción del teatro liberal?

Por lo tanto, cuando este conflicto tiene lugar se estrellan dos totalidades, la del Juez de mármol que persiste en preservar un «régimen de repartos» y la de Blanqui, él subversivo revolucionario, que mediante su enunciado pretende establecer una nueva economía de las diferencias. La radicalidad del Blanquismo salta a la vista cuando asesta un golpe a las cogniciones del orden. En principio, ambas contestaciones se niegan recíprocamente; lo que Blanqui quiere inscribir es lo que el Juez se resiste a escuchar. Sin embargo, la ficción de estas recursividades consiste en olvidar que sin otredad (el otro de Blanqui, el otro del juez) no es posible este doble movimiento de la crítica. De un lado, desorganizar las versiones de lo existente fabricadas por el orden hegemónico y, de otro,  una crítica afirmativa-declamativa contra el orden visual.

La anécdota nos recuerda que la política es, también, un golpe a ciegas cuya impredicibilidad no puede ser reducida al cálculo -y menos ceder a la vocación prosaica de algunos liberales de nuestra plaza. La política, podemos agregar, se desenvuelve en medio de un «arrojo afirmativo» (se afirma, se sostiene, echando por la borda todo contexto normativo). La apelación a un universal es un acto político par excellence. Una retórica afirmativa debe, necesariamente, enajenarse de sus condiciones materiales de producción, debe padecer un extrañamiento temporal; ello significa que un particular se identifica con la totalidad cuando se adjudica la emancipación radical. De allí que este ejemplo ejemplar pueda ser concebido como una operación espectral de la política. Se afirma un nombre que una vez confrontado consagra una diferencia que desestabiliza el régimen de objetos y palabras. Sin embargo, y pese a la «potencia igualitaria» de Blanqui, no podemos evadir el destino final de esta diferencia. Pues sospechamos que en la insistencia de Blanqui entran en juego dos formas fundamentales para comprender la teoría política moderna, a saber, lo político como eclosión que desbarata y rearticula una economía de signos -representaciones y repartos simbólicos- y la política en su acepción normativa como el establecimiento de rutinas institucionales y policiales echando mano del propio lenguaje de Rancière.

Conviene poner de relieve aquello que entra en circulación, a saber, un «nombre» («proletariado») que logra ser inscrito al interior del cuerpo social, en tal inscripción se ejerce la violencia hermenéutica tanto desde la perspectiva de quien da el nombre como de quien está en la escucha (obligada) del mismo y debe soportar el peso de una crítica que desactiva la economía organizacional del orden. Sin embargo, décadas más tarde, pese a la penetrante inclusión disruptiva, la noción abandonará su contenido subversivo -la institución fordista y el obrero masa- y quedará domiciliada en la empleabilidad del Estado del bienestar. Sin perjuicio de las «teorías del éxodo» (Negri) la política, comprendida como politicidad, campos de fuerzas, flujo político no podría escapar al momento de su domesticación hegemónica.

Y así, la nueva voz comparecerá ante la categoría. En el futuro, la toma de palabra formará parte de un campo normativo. Quiérase o no, y sin desconocer el imaginario de la resistencia que está en juego, dar el nombre es habilitar al proletariado como una institución en la división del trabajo. Esto nos hace pensar que el destino trágico de toda política moderna consiste en sus efectos de normalización hegemónica: cabría repensar entonces cuando el «escribano» toma nota de la nueva profesión. Justo ahí, cuando el nombre deviene categoría ya no es posible cuestionar el momento de fuerza que hace posible su función disruptiva. De allí que la anotación del escribano sea menos el reconocimiento de la diferencia que la reducción del conflicto a un campo de visibilidad. Con todo en la integración de un nombre se altera radicalmente una «comunidad de sentidos», aquí se desplegó la herejía de un nombre que vino a perturbar el orden en un sin fin de luchas sociales que están debidamente inscritos en el siglo XIX. Sin duda, reducir este evento a las tecnologías del reparto no significa que la sentencia de Blanqui se escabulla a un cúmulo de efectos  históricos.

Ahora bien, traslademos este ejemplo ejemplar a un estado de cosas más pueriles donde los discursos liberales y críticos que circulan en nuestra parroquia forman parte de un «envilecimiento cooperativo» de un progresismo que, lejos de todo compromiso intelectual por una «política del nombre», no avanza más allá de un «paquete de medidas» y circunvala en torno a las visualidades del orden. Y es que hemos presenciado un desenfadado confinamiento elitario que olvida las lecciones de la destitución del 18/0 y que mancha nuestro ejemplo ejemplar en su afán infinito por la bula elitaria. En nuestro valle se activó un «liberalismo mestizo» que en su apareo se mantiene a la espera de una confluencia política cultivando la tiranía de lo simple, lo directo, lo obeso agumental en una trama transparente. Tal empresa ha reducido la propia teoría liberal un «raitil cognitivo», y no conforme con ello -en medio del despeñadero- prepara las condiciones para institucionalizar la circulación elitaria que reclama la segunda transición. Liberales de izquierdas y de derechas, e «intelectuales sumisos» buscan su gloria en medio de una epifanía bizarra.

Este Cisma es la sedimentación de un nuevo «partido del orden» que simulando la distancia crítica frente a las elites abraza una concepción patricia de la «hegemonía» justo en los tiempos donde la cognición del orden ha sido desafiada por una multitud sin rostro de Octubre (2019). Tras la visualidad del orden confluyen periodistas, filósofos y lobbistas (el autoproclamado «Padrino de los medios» y el «gran Hugo Herrera»). Liberales de un progresismo viscoso y sociólogos que han hecho de la inflexión política (18/0) una «unidad de negocios» -un comercio cognitivo- donde buscan agenciar un «republicanismo crítico» que debe ser visado por la élites.  En suma, y que nos excuse Blanqui, aquí se trata de un supermercado de escrituras y épistemes que buscan descomprimir el extravío élitario. Todos en una cruzada ecológica que pretende restituir un clivaje democrático al interior de una concepción conservadora de la dominación. Ergo, nuestro progresismo cual funcionario, se esmera por disectar los vectores de la dominación. Por abrir espacios de «poder capilar» sin ninguna retórica política. Y es que no existen pasiones para enarbolar «significantes políticos», ni mucho menos repensar una «pecaminosa» teoría de la emancipación. Por su parte los liberales de derechas (UDI Millennial) están lejos de inscribir un nuevo vocabulario en plena derogación del Piñerismo.

 De allí la obsesión liberal por articular redes, mercados editoriales, medios de comunicación, liderazgos mediáticos, grupos de interés, distribución de paternidades intelectuales, investigación sociológica, que vendría a instaurar la nueva visualidad reflexiva en torno al post-Piñerismo. Lejos de toda conspiración, el cálculo político de esta «red de redes» pasa por cincelar una hermenéutica cuya «novedad» busca disputar espacios de reconocimiento dentro de la desigualdad cognitiva -y por qué no, gestionar un nicho de capitalismo académico. Si hay algo que han asimilado públicamente los «liberales compasivos» junto a los teóricos del derrumbe (sea gradual,  etápico, etc) es que la Universidad ya no es el espacio que articula el «orden del discurso».

En suma, los ideólogos liberales -y su cisma- están librados en una cruzada que busca restituir las certezas cognitivas en pleno despliegue de  antagonismos sociales que no pretende reponer el don de gracia en las elites. Aquí no hay un significante político que pretenda activar un campo de disputas luego de la disrupción del 18/0. Ni mucho menos repensar una teoría para el movimiento popular: ¡y para qué si son todos anómicos¡ Por fin liberales de distinto origen cultivan una «aristocracia cognitiva» en espera de un empresariado post-pinochetista que auspicie proyectos elitarios y justifique la escena ampliada del travestismo liberal.

Pd. Y que nos excuse Blanquí por convocarlo a un paisaje que abunda en orfandad y decadencia.

Sobre el Autor

Mauro Salazar J.

Centro de Estudios Laborales.

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