Lecciones a 6 Meses de un desastre por elección y diseño

La gestión de la pandemia es política. Se eligió y diseñó una política de contagio. Una forma de hacer necropolítica donde se decide sobre quienes mueren y quienes viven en oposición a una política del cuidado, de salvar vidas. No es el virus el responsable de la incertidumbre, es su gestión. Su énfasis siempre fue mantener un férreo control desde la presidencia y su coalición gobernante junto a la CPC. La estrategia sanitaria apostó a la inmunidad de rebaño y que al infectarnos quedaríamos inmunes. Por ello se apuntó a tratar pacientes por sobre prevenir el contagio.

La pandemia del COVID-19 es un clásico desastre: no solo no es natural, es por diseño y elección. El virus, una partícula inerte que vive temporalmente en superficies y aerosoles, que necesita huéspedes para transportarse y reproducirse, no tiene intenciones y está listo para desaparecer o reproducirse peligrosamente dependiendo de la actividad humana.  Se reproduce con más facilidad en el hacinamiento, congestiones de personas en ciudades, el transporte público insuficiente, en los sitios que exclaman injusticia. Ataca donde hay los portadores de la vulnerabilidad, los y las que se alimentan mal, con enfermedades crónicas, los desamparados se contagian, enferman, y sucumben de modo desigual. El virus es exitoso mientras más desigual y violenta estructuralmente es una sociedad. Es un desastre lento que no solo afecta nuestro país.

La pandemia es un elemento más de una crisis política que se agudiza y visibiliza a partir del 18 de octubre. La pandemia ocurre en un momento de inflexión y reordenamiento del poder en Chile. Su aparición vino a develar para todos lo que ya veíamos emerger durante el estallido de la última primavera. La pandemia visibilizó no solo la desigualdad inherente al modelo neoliberal que las fuerzas del poder habían atesorado por décadas. No se radicalizan las posiciones, pero nuevas voces, las de los que sobran, las invisibles en el acuerdo de las elites, emergen con fuerza en los medios. Los partidos políticos, primero, durante al estallido, llegan tarde. Llega tarde también durante la pandemia el gobierno. Los temas elevados en las marchas durante la primavera se hacen carne en medidas económicas de emergencia y el modelo es fuertemente cuestionado no solo a nivel social, pero emerge también con fuerza en el mundo político. Es además la antesala de la crisis climática, anuncia esa crisis nuevamente y es parte también producto de nuestra torcida relación con la naturaleza a la cual consideramos puramente como un recurso a explotar.

La gestión de la pandemia es política. Se eligió y diseñó una política de contagio. Una forma de hacer necropolítica donde se decide sobre quienes mueren y quienes viven en oposición a una política del cuidado, de salvar vidas. No es el virus el responsable de la incertidumbre, es su gestión. Su énfasis siempre fue mantener un férreo control desde la presidencia y su coalición gobernante junto a la CPC. La estrategia sanitaria apostó a la inmunidad de rebaño y que al infectarnos quedaríamos inmunes. Por ello se apuntó a tratar pacientes por sobre prevenir el contagio. La pandemia se construyó como una enfermedad a tratar y se diseño una estrategia tecnocrática donde el punto más tecnológico y arriesgado de la estructura hospitalaria se reforzó. El diagnóstico de las autoridades y el mundo político y corporativo fue pensar la pandemia como una crisis un poco más grave y extendida que las enfermedades respiratorias típicas del invierno.  La tecnocracia y la demanda por soluciones tecnológicas se concentró en un ministro de salud de confianza en la red del poder. La pandemia no se construyó a base de la larga tradición de medicina social o de la salud publica que caracterizó a Chile a partir de las grandes reformas implementadas por Pedro Aguirre Cerda y que se consolidaron durante el gobierno del Dr. Salvador Allende. La privatización de la salud y la precarización del sistema público a partir de la dictadura y su abandono por parte de los gobiernos de la transición a pesar del crecimiento económico sostenido en las tres últimas décadas es evidente y visible.  

La gobernanza del desastre es improvisada. Se improvisa en el desconfinamiento. La estrategia de trazabilidad es azarosa y se transforma en la búsqueda de cifras que se ajusten a un buen indicador mientras el contagio comienza a expandirse. Es un modelo autoritario pero lleno de peleas de la política partidista, la corrupción. La estrategia sanitaria no fue diseñada para prevenir el contagio y con ello cortar la cadena de la enfermedad. Recientemente parece emerger una mayor atención al control del contagio a través de una estrategia de trazabilidad aún en proceso de planificación. Sin embargo, controlar las personas/población y no la pandemia pareciera prevalecer en las medidas de desconfinamiento. Sin embargo, existe una crisis de liderazgo y un nivel de improvisación que hace dudar de la capacidad de la autoridad de bajar desde una suerte de planicie altiplánica en la cual estamos localizados.

El centralismo en las decisiones explica la dificultad de enfrentar la pandemia de acuerdo con las necesidades de las regiones. Los parámetros generales, el diagnóstico, los recursos que se asignan, la evaluación, y el control, de lo que sucede en una región o municipalidad se queda en la capital. En paralelo, los recursos de regiones están capturadas por el gobierno central. Las zonas de extracción son, no por coincidencia, donde la pandemia tiene su mayor impacto. La minería, las plantaciones de bosque, la explotación del recurso marino, y los grandes puertos es donde la pandemia pareciera impactar más negativamente. La pandemia intensifica la existencia de zonas de sacrificio, así como crea otras que están en directa relación con ellas debido a la alta movilidad social.  

La falta de transparencia y el hermetismo respecto a los datos y las cifras de la pandemia ha sido constante. Por otro lado, la real batalla de la pandemia por parte del gobierno ha sido el hacer los datos invisibles de modo de no alimentar una evaluación basada en la evidencia. Las cifras que se dan a conocer en los informes epidemiológicos y las vocerías funcionan, por ejemplo, para naturalizar y minimizar las muertes de personas. La mortalidad es continuamente distorsionada y se comunica de tal modo que se naturaliza y desvincula de responsabilidades al estado. De modo similar, los datos acerca del curso del contagio y los distintos índices respecto al desafío de la pandemia han sido diseñadas para ensalzar la imagen positiva del gobierno en vez de ofrecer herramientas para que las personas, las comunidades, y los distintos territorios pueden hacer una buena evaluación de riesgo para así salvar vidas.

La educación y la comunicación en crisis ha sido un permanente dolor de cabeza. La confusión, la falta de confianza, el paternalismo que culpabiliza a las personas y comunidades completas no ha fortalecido una alianza entre la ciudadanía y la autoridad. La credibilidad de un gobierno que ya venía con alto desgaste no se ha fortalecido, todo lo cual facilita la infodemia y la mala información que circula acerca del virus. El gobierno ha utilizado conceptos útiles desde el punto de vista de la salud pública como el concepto de brote y rebrote que no se justifica cuando la epidemia no está bajo control. Las comparaciones para hacer aparecer al país como teniendo mejores resultados cuando la evidencia apuntaba en una dirección distinta o. comparaciones espúreas donde se enfatiza el buen conteo de los fallecidos cuando cada semana se cita un número significativamente menor de los que fallecen, son otras de las significativas fallas en la comunicación que construyen una ilusoria mejoría de las circunstancias.

La emergencia de un cadre de expertos e investigadores que han cuestionado la estrategia del gobierno ha sido central en estos 6 meses. Redes de expertos e investigadores independientes, algunos centros de investigación y periodistas, sociedades científicas, y el Colegio Médico, entre otros, han hecho una labor encomiable para seguir la pista de la pandemia. Han forzado al gobierno a corregir ciertas prácticas. El conteo más preciso de los fallecidos es un logro del conjunto de actores que han seguido día a día el desarrollo de la pandemia. Muchos de estos expertos como @los40delaCarta han influenciado el curso de las acciones del gobierno y la disponibilidad de datos. Eso a pesar de una a veces hostil relación con las autoridades. En cierta medida, la idea de construir un discurso digno respecto a la pandemia es parte de ese esfuerzo. A pesar de que la evidencia es substancial respecto a la necesidad de cambiar el rumbo y comprometerse con un corte de la cadena de contagio, el gobierno mantiene la estrategia diseñada al principio y solo reconoce que no han fortalecido la trazabilidad. Para el presidente de Piñera a la pregunta de que hubiera hecho distinto respondió:

Si yo volviera atrás, hubiera agarrado a todas esas a personas que venían de países de riesgo -de Asia, Europa – y los habría mandado a hacer cuarentena a un regimiento para asegurarnos de que, en ese minuto, que eran muy pocos los casos, la velocidad de contagio hubiese sido menor.

El proceso constituyente que se abre con el plebiscito va a ocurrir mientras aún le hacemos frente a la pandemia. Todo ello requiere un compromiso para posibilitar un plebiscito saludable, significa generar confianzas, para que todos votemos sin miedo y sin arriesgar nuestras vidas. La pandemia genera una oportunidad para repensar el país que queremos construir, es el momento de evaluar que es lo que importa. ¿Qué es significativo para sostener la vida de las personas? ¿Es ético continuar pensando la salud, la vivienda, y la educación no como derechos inalienables?  ¿Es necesario priorizar el crecimiento por sobre la equidad? ¿Es más importante subdividir eternamente el espacio urbano de modo que los espacios comunes son cada vez mas escasos e inaccesibles? ¿Es posible pensar en nuevas formas de empoderamiento y gobernanza que priorizan lo local y territorial por sobre lo nacional? ¿De quién es dueño los elementos imprescindibles para la vida en sociedad? ¿Es posible pensar en nuevas relaciones familiares y comunitarias? ¿Cómo nos alimentamos? ¿Cuál es nuestra relación con la naturaleza, tiene la naturaleza derechos?

La pandemia abre un espacio para la conversación. Necesitamos reflexionar acerca de nuestra inexorable desigualdad, nuestra tremenda falta de mecanismos que nos den seguridad, dignidad, y capacidad de participar. Si no, la pandemia puede ser solo un paréntesis que intensifica aquello que nos llevo al desastre. Es una oportunidad para construir un país en el cual un virus no nos lleva a un desastre. Es el momento de comenzar a elegir y diseñar un país que protege a sus habitantes de las amenazas biológicas y de la enfermedad del mismo modo que construimos edificios capaces de soportar los terremotos que nos azotan con frecuencia. Las pandemias van a estar con nosotros, el desastre no tiene que estar aquí de nuevo.

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