Las cacerolas por el 10% que vuelven a encender a un Chile decidido

Las cacerolas por el 10% que vuelven a encender a un Chile decidido

El encomio es formidable. Y la tardanza lo hace insuficiente. Los manotazos de ahogado son evidentes y la reacción de los ciudadanos, por naturaleza, lleva a preguntarse por qué justo ahora viene el ofertazo, dónde estaba ese dinero, o -con más suspicacia- a quién están cuidando, a qué dios oculto en las alturas se protege con tanta fuerza como para sacar el tesoro del Estado, el día final, horas antes de una votación, para seducir a una audiencia que clama por su dinero acumulado. Da la sensación patética de que son capaces de todo con tal de que no les toquen la matriz de su sistema de AFP.

Se pasean con sus voces apuradas, sonrisas nerviosas y muecas simpáticas por los canales de televisión. Señores Corales encendiendo un show en busca de aplausos forzados. Se acaba el martes y el intento por convencer de su bondad entra en los hogares que terminan de tomar la once. Pero en los barrios las palabras generosas llegan tarde. Los beneficios del gobierno, explicados con ahínco por Briones, se apagan, literalmente, cor el sonido de cacerolas que se sacan por balcones de edificios sobrepoblados de Estación Central y Quinta Normal. La energía de un Estado presente, palabras abnegadas en la boca de Cristián Monckeberg, no es suficiente a estas alturas en una esquina de Santiago Centro, en Matta Sur, donde las bocinas de los escasos autos que merodean oscuras calles, sentencian el sentimiento popular sobre una ley que espera en el Congreso el destino que le den los detentores del poder. Una ley que que se balancea sobre un péndulo imaginario, tirada por defensores de un sistema por un lado, y por el clamor de los hogares por otro. 

Las ayudas del gobierno tienen una gran gracia, la rapidez, dice Briones. Hay que pensar en los abuelitos del futuro, no sólo en los necesitados del ahora, nos retan como si fuéramos los mayores aprovechadores, con fría racionalidad los secretarios de Estado. Por momentos, se sienten como aquellos captadores de crédito que no te dejan avanzar por la Alameda. El propio Presidente y su cadena nacional recuerda a la operadora de call center que no se cansa en repetir una y otra vez las virtudes de su oferta, aquella que debemos preferir en lugar de la competencia. Llame ahora, llame ya, proyecta La Moneda. Es curioso, pero hoy la política se siente como una operación de mercado.

El encomio es formidable. Y la tardanza lo hace insuficiente. Los manotazos de ahogado son evidentes y la reacción de los ciudadanos, por naturaleza, lleva a preguntarse por qué justo ahora viene el ofertazo, dónde estaba ese dinero, o -con más suspicacia- a quién están cuidando, a qué dios oculto en las alturas se protege con tanta fuerza como para sacar el tesoro del Estado, el día final, horas antes de una votación, para seducir a una audiencia que clama por su dinero acumulado. Da la sensación patética de que son capaces de todo con tal de que no les toquen la matriz de su sistema de AFP.

Mientras, aquel trabajador que no alcanza a ganar un sueldo de 500 mil pesos -como más de la mitad de la población de Chile, según el INE-, se ríe al contemplar al ministro tan bien vestido en el noticiero central, explicando las bondades de un bono que no le llegará, como tampoco le llegó el Ingreso Familiar de Emergencia por no ser su hogar tan pobre como el gobierno espera que sea. Y ahí está ahora, al medio, ni rico ni pobre, escuchando a señores decir cómo acceder al IFE que ahora le entrega una versión plus, en la que sí estaría considerado. Los ejecutivos de venta les sacan brillo también a sus ofertas de crédito, con nulo interés, sin prerequisitos. Lo mejor es endeudarse con nosotros. Lo mejor es lo que sea, pero por favor no toque los fondos de pensiones, que aunque le hemos dicho hasta el cansancio que le pertenecen, no le hará bien tenerlos ahora. El retiro de los fondos, entonces, lo presentan como un crimen. Nada sobre las comisiones irracionales, las inversiones a grupos empresariales, las utilidades ingentes, los sueldos millonarios a ejecutivos de lujo.

¡Cuándo se habían preocupado así por mi miserable plata de fin de mes! expresa incrédula la vieja con la olla en la mano, ajustando la mascarilla en el balcón, saludando al vecino que piensa en qué haría con un dinero que se siente como un acto de justicia, un arrebato a un modelo que se acostumbró a llevar su plata brillando a todos lados, al Banco de Chile, a Falabella, al BCI, a las empresas de Paulmann, menos a su mesa, esas mesas de ancianos que se acostumbraron a hacer rendir cien lucas para treinta días.

La Fundación Sol aclara que en Chile las pensiones son tan bajas que el retiro del diez por ciento impactaría en entre dos mil y veinte mil pesos menos en la futura pensión de personas que hoy tienen entre veinticinco y sesenta años. También nos advierten que con una baja en un punto de la rentabilidad de los fondos, nuestra pensión podría disminuir hasta en un veinte por ciento. Entonces, los salvavidas lanzados por el Gobierno a su sistema de AFP ya no tienen sentido alguno. Para el pueblo que sale con su cacerola y que devuelve a los aires de la ciudad la sensación de octubre pasado, el proyecto del diez por ciento ya no es sólo una acción de emergencia para rescatarlo del hambre de la pandemia; no es sólo una alternativa a la burocracia de las ayudas del Estado y sus ofertas de deudas y nuevos CAEs universitarios de último minuto. Es un acto de justicia, golpe de dignidad frente a un gobierno que se ha desplegado como si fueran los títeres de las administradoras que, como el negocio que son, no dejan de enviarnos correos y hacer publicidad en matinales y noticieros centrales. 

El caceroleo deja el ambiente caliente en el frío de la noche invernal. En el acto deja una advertencia. La ambición está declarada y la dicotomía es una sola: el diez por ciento y el impacto a un injusto modelo a destruir, o la negativa como triunfo de los abusadores y el poder que se niega a ceder.

Parece que otra vez está en juego el cambio del espíritu mercantil de la República de Chile.

Sobre el Autor

Richard Sandoval

Periodista y escritor.

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