Ladrones de libros: Historias de reconocidos personajes que no perdieron oportunidad de robar para leer

En Chile hubo escritores, bibliotecarios y coleccionistas a los que se les acusó de llevarse ejemplares de bibliotecas ajenas para satisfacer sus ilimitadas ansias de lectura. Actualmente ese ladrón culto, romántico y ocasional está extinto.


José Toribio Medina, el conocido y respetado intelectual chileno, recopiló cientos de documentos y libros, tradujo otro tanto más sobre historia, recorrió las bibliotecas más importantes del mundo y coleccionó miles de volúmenes. Gracias a ese metódico trabajo al que le dedicó su vida entera, es considerado uno de los grandes eruditos del continente.

Su legado, conformado principalmente por material relacionado con la historia colonial de América Latina, se encuentra conservado en la sala Medina de la Biblioteca Nacional. En ese elegante espacio del segundo piso del edificio se instaló también su retrato donde aparece serio, con su barba y bigote característico y premunido del abrigo que, según dice un mito, fue su cómplice en su no confesada cleptomanía bibliotecaria.

Por años ha circulado por la figura de José Toribio Medina la leyenda de que no se resistía ante libro o documento que deseara con ansias y que aprovechaba cualquier descuido de un poco advertido bibliotecario para introducirlo rápidamente en los bolsillos internos de su gran abrigo. Jamás se confirmó el rumor, aunque tampoco nadie puede asegurar que el amor por los libros no haya hecho que Medina no cayera alguna vez en la tentación.

José Toribio Medina.

El investigador Rafael Sagredo aclara que no tiene ninguna prueba de que Medina sustrajera libros, ningún documento o testimonio que permita decirlo con certeza. “Otra cosa es lo que dicen, cuentan, pero entre los que se han ocupado de estudiar seriamente a Medina no conozco a nadie que afirme algo como eso”, dice el también docente, quien señala que en la Sala Medina hay textos de diferentes procedencias, muchos adquiridos por él mismo, otros que se los mandaron y muchos dedicados por sus autores. “Incluso si hubiera alguno con algún sello de otra biblioteca, ni eso autoriza a afirmar que fue sustraído, pues pudo llegar ahí por diferentes causas”, agrega el autor de “J.T. Medina y su biblioteca americana en el siglo XXI. Prácticas de un erudito”.

A pesar de ello, el profesor Sagredo cuenta que en una ocasión Medina relató una anécdota que supuestamente le pasó a un amigo suyo, pero que se le atribuye al mismo bibliófilo. En 1915 dijo que tenía un amigo muy íntimo en Buenos Aires cuyo amor por los libros “confundía con la cleptomanía…”. El caso es que su amigo solicitó autorización para visitar la biblioteca de los Franciscanos de Córdova, pero solo le concedieron el permiso con la condición de que un lego lo acompañara y no le quitara los ojos de encima. “El asunto es que el amigo encontró en los anaqueles hasta cinco ejemplares del primer impreso rioplatense, las Laudationes de 1766”, relata Sagredo. Para obtener un ejemplar para sí, fingió un desmayo, cayó al suelo y mientras el lego corría disparado a dar aviso, tranquilamente tomó los cinco ejemplares y los colocó en los bolsillos especiales que tenía en su sobretodo para tal objeto. Medina relató que ese amigo le regaló un ejemplar al general Bartolomé Mitre y que, a su vez, se lo regaló a él. Así explicaba la presencia de ese material robado en su propio patrimonio.

Alfonso Escudero

De tener la costumbre de hacerse de libros ajenos también se le acusó al sacerdote agustino, crítico literario y bibliófilo Alfonso Escudero, hombre culto que se hizo de una biblioteca de cerca de 28 mil volúmenes. Un librero ya fallecido contó en una ocasión que el cura siempre andaba con libros en la mano y que los ponía encima de la presa que quería graciosamente sustraer y cuando se despedía, simplemente se la llevaba o la introducía en los bolsillos de su larga sotana, que llamaba “mi bolsita marsupial”. Muchos lo dejaban pasar porque el cura era simpático y gran conversador. En artículos publicados a su muerte, cronistas recordaron la vez que entró al Il Bosco, centro de la bohemia santiaguina y tuvo que tolerar algunas burlas de los parroquianos a su hábito. Se alzó un hombre altísimo que gritó que “Al que moleste a este cura que es mi amigo le saco el mierda aquí mismo”. Era Francisco Coloane, Premio Nacional de Literatura y autor de “El último grumete de la Baquedano”.

Estos dos eruditos chilenos nunca confirmaron las acciones que les atribuyen, pero otros escritores sí hicieron un mea culpa por no poder resistirse ante un libro que deseaban y no podían comprar. Uno de ellos fue Roberto Bolaño, el fallecido autor de “Detectives salvajes”, quien en una entrevista televisada con Christian Warnken, confesó: “para mí era una necesidad. Yo era muy tímido y veía cómo mis amigos robaban libros y que sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía y entonces me decidí a entrar al gremio de los ladrones”, dijo y relató que en un principio le fue bien y después tuve dos o tres caídas y dejé de hacerlo porque me ponía muy nervioso”, señaló.

Ladrones cultos

Sergio Parra, propietario de la librería Metales pesados cree que la figura del lector impenitente que roba y “se lleva su presa con lágrimas de emoción para leer en la plaza más cercana” ya es un ejemplar en extinción. “Con Internet ahora hay más acceso a los libros y se cuenta con más bibliotecas públicas y con iniciativas como Bibliometro. En la década de los 80, por ejemplo, los buenos títulos eran caros porque se traían pocos ejemplares”, señala este librero que confiesa que en esos años también perteneció al gremio de los ladrones.

Parra rememora la ansiedad que le provocaba ver libros que deseaba leer a precios inalcanzables en la vitrina de una conocida librería de Providencia. “Pagar por uno de ellos, significaba quedarse sin presupuesto para terminar el mes”, aclara a la vez que explica que en “en dictadura, leer era lo único que me daba paz”. Por lo mismo, en más de una ocasión se tentó y se llevó un título sin pagar.

Ese pasado hizo que el conocido librero fuese comprensivo con los que entraron a su local para hacerse de un libro sin pasar por caja, especialmente si se trataba de un “buen ladrón”. Así, define al que “sabe qué elegir”. No se trata del mechero que roba el texto escolar o la novela de moda para revender, sino “el que mira su libro, lo cambia de lugar, estudia cómo sustraerlo sin que lo pillen y lo lee emocionado”, dice entre broma y broma y puntualiza que es como robar en un museo. “Un ladrón profesional sabe qué obra llevarse”.

Aunque insiste que ese ratero culto ya está extinto, Parra tiene la convicción de que casi de todos los grandes lectores han sucumbido ante en una biblioteca ajena. “Dicen que Neruda alguna vez se tentó tanto con libros como con caracolas”, señala y también relata que conoce el mito de Medina y su abrigo con bolsillos. “¿Un coleccionista y lector como él trabajando en una biblioteca? ¡Eso es como dejar al gato cuidando la carnicería! Yo rechazaría un trabajo así porque es demasiada la tentación. Me gustan muchos los manuscritos y seguramente se me caería uno a los bolsillos”, confiesa riendo.

Por último, rememora la vez que se encontraba en una conferencia en un centro cultural “muy elegante” de Madrid. “Desde donde estaba sentado divisé una biografía de un autor que me gustaba mucho. Yo tenía todos sus libros y no sabía que existía su biografía. No me aguanté y me la traje a Chile. Si me hubieran pillado hubiese pasado una vergüenza atroz, pero no pude resistirme”, dice el librero.

Tentación impresa

Ana María Rivano, hija y continuadora de la librería de segunda mano del famoso dramaturgo, escritor y librero Luis Rivano, también cree que el perfil del lector apasionado que se niega a renunciar a su libro deseado por falta de dinero y se lo roba, ya quedó en el pasado. “Se trataba de personas que amaban los libros y se dejaban llevar por un impulso. Por lo mismo, no los llamaría ladrones”, dice comprensiva. Distinto es el caso, aclara, del que roba para vender sin siquiera abrir el título que se llevan. “Esos van a las cadenas”, asegura. “Por la naturaleza de esta librería, no vienen para acá. ¿Quién se va a robar un libro de Dostoievski, Nietzsche o del chileno Manuel Rojas?”, se pregunta, pero aun así recuerda algunas anécdotas. “Un cliente habitual trató de llevarse un libro que no vendíamos porque estaba firmado por un famoso personaje histórico. Compró otro y puso la boleta en el que quería apropiarse pensando que no nos habíamos dado cuenta. Le dije que no se estaba llevando el correcto y casi se muere de la vergüenza”.

En otra ocasión, un cliente que pretendía llevarse varios títulos sin pagar recibió un discreto papelito por parte de un empleado de la librería que decía “por favor, deje los libros que se está llevando en su lugar”. “Me acuerdo que se puso rojo y dejó los libros donde los había encontrado”, dice Ana María, quien recuerda también que al enfrentar a uno “que me robaba demasiado”, tuvo por respuesta: “Qué tanto, si son libros no más”. “Es que algunos usan como excusa que el libro es cultura y, por lo tanto, no se puede negar”, opina la librera que también cuenta que su padre nunca se preocupó demasiado de los robos y que ante un lector ansioso de leer un título sin el dinero necesario, “simplemente se lo regalaba”.

Para confirmar que el ladrón amante de la lectura ya es parte del pasado, Ana María Rivano cuenta la anécdota que le pasó después de participar en una edición de la Feria del Libro Usado. Junto a su hermana llenaron una camioneta de títulos para llevarlos a casa. “Había entre ellos, ejemplares de la Editorial Aguilar, que son caros y muchas primeras ediciones”, asegura. Como estaban muy cansadas después de esa agitada jornada, dejaron el vehículo estacionado en la calle.  “En la mañana siguiente, me di cuenta que habían abierto la camioneta pero lo único que robaron fue la yegua para transportarlos. Eran ladrones no cultos”, ríe.  

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