La violenta magia del sur

Su rebelión –su muerte- nos contagia vida: rabia, indignación, afecto, revuelta, solidaridad, unidad. Por eso se quema la municipalidad de Panguipulli, porque si no hay justicia de parte de quien se declara garante de la misma: el Estado, el Gobierno, Carabineros; no queda más que el grito, el legítimo derecho a la protesta, el fuego. Éste es el momento en que los cuerpos recuerdan al poder, a la institución, al paco, al juez, al presidente, al rey, la dignidad de los cuerpos.


Escribo este texto desde el sur.

Un día en que la violencia del orden, la violencia soberana, estalla de forma mortal sobre Francisco Andrés Martínez Romero, malabarista y artesano.

Un día en que la memoria de la belleza y la resistencia artística, nos recuerda el suicidio de Violeta Parra. Que se pegó un tiro en la sien, hastiada de batallar contra un sistema de acción y producción cultural, condescendiente, elitista y castrador de las manifestaciones que no complacen la sensibilidad estética criolla y hegemónica, derivada de una comprensión –un tanto reducida y bastante peculiar- del régimen estético occidental.

El 5 de febrero ya era un día de dolor para la cultura y ahora lo es en factor exponencial.

El 5 de febrero de hoy, 2021, la violencia policial nos vuelve a recordar la fragilidad de un modo de estar en el mundo, de un modo de hacer uso de la vida, uso de los cuerpos, uso del tiempo, uso del espacio. Pero al mismo tiempo, el martirio de Francisco Martínez (a decir de Rodrigo Karmy), nos vuelve a recordar el derecho a decidir autodeterminadamente, un modo de estar en el mundo, un modo de hacer uso de la vida, uso de los cuerpos, uso del espacio.

Su rebelión –su muerte- nos contagia vida: rabia, indignación, afecto, revuelta, solidaridad, unidad. Por eso se quema la municipalidad de Panguipulli, porque si no hay justicia de parte de quien se declara garante de la misma: el Estado, el Gobierno, Carabineros; no queda más que el grito, el legítimo derecho a la protesta, el fuego. Éste es el momento en que los cuerpos recuerdan al poder, a la institución, al paco, al juez, al presidente, al rey, la dignidad de los cuerpos.

Se viene a la vida por decisiones que no son nuestras. Luego, una vez en la vida, es derecho de todos los cuerpos vivir con dignidad. Esto es lo que a lo largo de la historia, los distintos regímenes de poder han intentado suprimir, negar, en el mejor de los casos obliterar, con el argumento de la necesaria cuota de sacrificio, de algunas personas, de algunos cuerpos, de algunos tipos de seres, de algunos territorios, de algunos tipos de saberes, que no son útiles al sostenimiento del sistema de poder de turno. Son los cuerpos, territorios, tierras, que se consideran dispensables para el funcionamiento de la vida de los indispensables. Categorías que no están basadas más que en el arbitrio de un régimen de representación y control.

No está siendo fácil vivir en Chile en este último período, con mayor intensidad que en otros momentos. No sólo por el COVID. Posiblemente, nunca ha sido fácil vivir en Chile.

Luego, tampoco tiene que ser fácil vivir. Venir a la vida y vivir la vida, es venir a la muerte y vivir la muerte. La vida es con dolor y la idea de un mundo feliz, sin dolor, remite a la representación del paraíso de una revista religiosa o un cuadro moral, imágenes que no resultan precisamente alentadoras. La cuestión es que ese dolor -inevitable por nuestra condición de seres finitos y mortales- no debiera provenir de un poder arbitrario, coaccionado, mero ejercicio de una hegemonía dominante, que sacrifica a muchos, para el bienestar de algunos, sino de cuestiones ajenas a nuestra autodeterminación como individuos, como sociedad.

La impunidad de la violencia soberana, de la violencia desatada por el Estado y el Gobierno desde octubre de 2019, ha descolocado nuestros modos de percepción, de acción, de maneras de estar en el mundo y nos ha llenado de preguntas ¿Cómo se puede vivir en Chile en este momento?

La defensa que hace Francisco Martínez de su lugar-dignidad en el mundo, nos señala una posibilidad. Sumergidos en un régimen de vida-representación que busca uniformizar las prácticas de existencia, de producir un mundo, su emergencia y trágico final hacen visibles otras desestabilizaciones contenidas en su estar en el mundo.

Cuerpos circenses hay, en este presente, en gran cantidad de ciudades del país. Pocas personas, pertenecientes al ámbito de lo urbano, no han visto un malabarista en un semáforo. Esto no sucedía hace 30 años, es un fenómeno de expansión de este arte popular -más allá de la tradición de las familias circenses- desde mediados de los noventa, en adelante. Diversos cuerpos, cualquier cuerpo, que se entrene sistemáticamente en la práctica física, puede hoy hacer circo.

Como otras artes vinculadas a las prácticas populares, el circo contiene esa potencia democrática de poder ser hecho por cualquier cuerpo humano –o muchos cuerpos-, pues no sitúa la exclusividad de su hacer en la ciudad letrada de la escuela, del instituto, de la universidad, de cualquier forma neoliberal de la academia, sino, con la dignidad de los oficios tradicionales, con la rigurosidad de un profesional, es transmisible entre cuerpos y depende hoy, de un acto de autodeterminación: hacerlo. Por eso traspasa contextos, por eso quizás, es un tanto inaprehensible por la institución.

Todos estos cuerpos malabaristas de calle, de semáforo, nos recuerdan que la calle es un lugar de uso, no sólo de consumo y tránsito.

Todos los nómades que aún transitan la vida por el mundo, con sus prácticas nómades: artistas de circo, artistas de teatro callejero, performers, gitanos, vagabundos, locos, sarakatsanis, tuaregs, esquimales, nukaks, mongoles, ghiljis, feminismos trans, entre otros; nos recuerdan, en sus usos del espacio, de las carreteras, caminos y espacio público, que la noción de casa, de teatro, de museo, de cuerpo, de género, de territorio fijo, de nación, es una cuestión a poner entre preguntas. No HAY que tener una casa. Se puede vivir en tránsito, entre afectos restauradores situados en el devenir, sin casa fija, con el cielo, como techo, como horizonte. No HAY que actuar en un teatro, tampoco en una carpa de circo. No HAY que tener un género. Se puede trascender la categoría y la experiencia. Si el régimen de la ciudad es también representación, se puede actuar en él, accionar en él, desestabilizarlo, a él. La revuelta nos lo dejó claro. Posiblemente ni siquiera haya que tener una nación.

Usar la ciudad. Saltar el torniquete. Marchar. Bailar una coreografía con diez, con cien, con mil personas. Graffitear en sus murallas lo que nos está pasando. Travestir un monumento. Derrocar una estatua. Levantar las clavas-machete de juguete, contra la arbitrariedad del poder, son un acto de vida, de legítima manifestación de la protesta y de la existencia.

La tentación del desasosiego tienta nuestros cuerpos cuando sucede un día, como un 5 de febrero. Sin embargo, la violenta magia del sur, el eros colectivizado que ha encendido el fuego, en defensa de la vida digna, nos devuelve a la vida. Nos recuerda que no estamos solos. Que la tierra es para todos los seres y elementos. Vivos y no vivos. Y también para los muertos.

En memoria de Francisco Andrés Martínez Romero.

En memoria de V.P.

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  1. Gracias Ana por tus palabras, pones lo que muchxs sentimos con este nuevo hecho horroroso de esta institución podrida que debe acabar ya!

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