La violencia contra las mujeres en la literatura latinoamericana

Estas tres novelas dejan entrever claramente la necesidad de un sistema articulado de poderes institucionales para que la violencia contra las mujeres y cuerpos feminizados perdure y se mantenga impune. Permiten visualizar las diferentes marcas de raza, clase, género, edad y territorio que posibilitan una mayor exposición y vulnerabilidad de estos cuerpos al ejercicio de la discriminación y violencia. Son literaturas que nos acercan a un concepto más amplio de violencia de género.


La violencia contra las mujeres es hoy una realidad mucho más visible que hace diez años. Se ha convertido en un tema de debate con amplio alcance mediático, instalándose  como una de las demandas sociales ineludible en la agenda política actual. En Latinoamérica, el movimiento feminista tiene un papel fundamental y persistente a través de la escenificación pública de una serie de demandas que involucran los derechos de las mujeres, entre ellos, el derecho a vivir libres de violencia.

En el lenguaje cotidiano, la violencia contra las mujeres es un término que puede abarcar una serie de significantes. Sobresalen el acoso sexual, la violación, el maltrato intrafamiliar y el femicidio. Son las imágenes más visibles de este flagelo que, sin embargo, son la punta de un iceberg sumamente complejo porque en la medida que vaya saliendo a la superficie, se devela cada una de sus partes, se  promueve una comprensión más abarcadora y significativa de este problema social.

En Latinoamérica, la literatura, sus narrativas, juegan un papel muy interesante en este último tiempo. La producción de novelas, crónicas, cuentos, están abordando las distintas formas de violencias que viven las mujeres en la región. Distinguimos matices acentuados en Colombia, México, Argentina, Perú y Chile.

“Hay viajes mágicos”, afirma la narradora de Morena en rojo para transportarnos a la historia de su protagonista: una periodista que recorre diversas localidades de México en un devenir que, de mágico, no tiene nada. Morena mira directamente el horror, y junto a ella, nosotras, sus lectoras. Esta novela escrita en 1994 por la mexicana Miryam Laurini, aborda la prostitución obligada de adolescentes y mujeres, la trata de personas, la pornografía infantil y el tráfico de órganos en su cruce con otras problemáticas, como la racialización de los cuerpos mexicanos, la corrupción policial y política, la extrema pobreza y el desamparo de zonas fronterizas o rurales de México.

Algo similar leemos en las páginas de “La inauguración”, novela del 2011 publicada  por la argentina María Inés Krimer, que nos relata la historia de una mujer secuestrada y prostituida por sus captores, obligada a permanecer en una casona rodeada por campos sembrados, álamos, vacas, alambrados, sierras. A través de su relato se va develando una compleja organización de trata de personas, donde están comprometidos, desde un grupo de campesinos, hasta la misma institución policial.

Un escenario no tan diferente, propone el chileno Diego Zúñiga en su novela “Racimo” de 2014. Su protagonista, Torres Leiva, un fotógrafo de periódico, se sumerge en la investigación de la seguidilla de asesinatos de mujeres y niñas acaecidos en Alto Hospicio,  Iquique. Una  zona descrita como atravesada por la marginalidad y el olvido, al enclavarse en la inmensidad de la pampa desértica del norte de Chile. Los acontecimientos de la novela se inspiran en los hechos reales ocurridos entre 1998 y 2000, no obstante, la novela no se apega fielmente al archivo policial. Porque “Racimo” postula una lectura alternativa al  crimen ejecutado por un psicópata, describiendo prostíbulos en la frontera norte como casonas repletas  de niñas que bailaban sujetas a un caño, con  miradas perdidas  en recuerdos de una infancia arrebatada. Uno de los personajes expresa: “Aquí hay un grupo de personas a las que el Estado, el Estado chileno y también el Estado peruano, tienen en absoluto abandono. Cientos de niños y niñas, cientos de padres y madres que no reciben ayuda para combatir a estas corporaciones que trabajan por la prostitución”.

Estas tres novelas dejan entrever claramente la necesidad de un sistema articulado de poderes institucionales para que la violencia contra las mujeres y cuerpos feminizados perdure y se mantenga impune. Permiten visualizar las diferentes marcas de raza, clase, género, edad y territorio que posibilitan una mayor exposición y vulnerabilidad de estos cuerpos al ejercicio de la discriminación y violencia. Son literaturas que nos acercan a un concepto más amplio de violencia de género.

La antropóloga Rita Laura Segato define la violencia de género como un ejercicio de daño y agresión hacia los cuerpos feminizados que no se puede entender aisladamente, sino que desde su anclaje a un sistema patriarcal, moderno, colonial y capitalista, que concibe lo femenino como objeto de posesión y lo masculino bajo la idea de dueñidad y dominación, es decir, algo mucho más complejo que la idea de desigualdad genérico-sexual.

Esto es muy simple de observar en el tratamiento de los medios de comunicación de los crímenes feminicidas. La mayoría de las personas se pregunta ¿quién la mató? ¿por qué la mató? ¿qué relación tenían la víctima y el victimario? Todas preguntas resueltas escuetamente por los medios, configurando una lupa miope que exculpa de responsabilidades mayores y permanentes. Es decir, un análisis de caso aislado que no articula otros factores implicados en esta violencia que es sistémica.

Estas novelas proponen elementos novedosos en sus tramas. Diversifican las variables de la relación entre género y violencia. Son obras que  promueven  nuevas formas de comprensión de la violencia contra las mujeres en un ejercicio que es tanto ético como epistemológico, y que se une a las corrientes artísticas y culturales, en diversos países que se están tomando los espacios públicos para denunciar y reflexionar acerca de ella.  

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