La vieja y la nueva política

Si hablamos de vencedores, bien vale la pena preguntarse ¿quienes perdieron el domingo pasado? A mi juicio, la derrota electoral no solo involucra a quienes creyeron ilusamente en la opción del rechazo (crónica de una muerte anunciada), sino a quienes forman parte de la vieja política partidista: la de los acuerdos a espaldas de la ciudadanía, la de los privilegios, la de las cúpulas de poder que solo concentran decisiones en unos pocos (mayoritariamente hombres).


Mucho se escribirá a propósito de la aplastante victoria del Apruebo y la Convención Constitucional este domingo recién pasado, no solo porque se superaron hasta las más arriesgadas estimaciones numéricas, sino porque el plebiscito vino a confirmar la voluntad del pueblo por generar un profundo cambio en nuestra sociedad.

Lo que comenzó como un acto de desobediencia civil en octubre de 2019, donde cientos de estudiantes secundarios saltaron torniquetes del metro de Santiago, para manifestar su rabia frente el alza en el valor de los pasajes, concluyó un años después en una votación histórica en la que participaron más de siete millones y medio de personas (50,9%), representando el mayor porcentaje de participación desde el año 2012. Sin ánimo de ser reduccionista, y resguardando la importancia de los procesos sociales que se gatillaron desde el inicio del estallido social, la subversión del orden establecido en manos de un grupo de jóvenes, terminó permeando a toda la población hasta decantar en la vía institucional y democrática por excelencia: las urnas.

Desde otro ángulo, los resultados arrojados por el plebiscito constitucional son altamente significativos ya que representan una ruptura en las formas tradicionales de pensar la política en Chile.

Convengamos que durante todo el periodo post-dictatorial, fueron mayoritariamente los partidos políticos de centro-izquierda quienes administraron el modelo económico y político instaurado en Dictadura, y para ello, contaron con la anuencia de gran parte de la población, que durante 30 años esperó una alegría que nunca llegó.

Dicha lógica se fracturó en el plebiscito, ya que no fue la estructura partidaria la que permitió ganar en las urnas, sino la voluntad de todo un pueblo que se organizó para ello. Por cierto que los diversos comandos que se formaron bajo el alero de los partidos de izquierda jugaron un rol importante durante el periodo de campaña (Que Chile Decida, Apruebo Chile Digno y Chile Apruebo), sin embargo, fueron las diversas organizaciones de la sociedad civil:  vecinales, culturales, feministas, sindicales, entre otras, las que con su firme presencia en las calles, poblaciones, ferias libres y plazas públicas de todo el país, permitieron generar un vínculo con la ciudadanía para reforzar la necesidad de poner fin a la Constitución del 80´.

Recordemos que el sistema partidario atraviesa una importante crisis de representación. Claro ejemplo de ello, fue la masiva fuga de militantes que se produjo en el último trimestre del año 2019, a propósito del estallido social, que implicó un aumento de un 500% en relación al mismo periodo del año anterior, y que afectó principalmente a Revolución Democrática (717%), al Partido Comunista (665%), al Partido Socialista (559%) y al Partido Progresista (520%).

Si hablamos de vencedores, bien vale la pena preguntarse ¿quienes perdieron el domingo pasado? A mi juicio, la derrota electoral no solo involucra a quienes creyeron ilusamente en la opción del rechazo (crónica de una muerte anunciada), sino a quienes forman parte de la vieja política partidista: la de los acuerdos a espaldas de la ciudadanía, la de los privilegios, la de las cúpulas de poder que solo concentran decisiones en unos pocos (mayoritariamente hombres). Este conjunto de malas prácticas, sin duda dañaron gravemente la confianza de la ciudadanía y terminaron alejando a las personas de la política.

Respecto de lo que viene en adelante, es imprescindible relevar la participación de la sociedad civil para redactar la nueva constitución, de tal forma que se recojan todas las voces y visiones de país que nos representan como pueblo. En ese marco, la elección de las y los constituyentes será clave para asegurar la creación de un Estado que garantice nuestros derechos sociales, y que integre a nuestros pueblos originarios, a la diversidad sexual, a la discapacidad, entre tantos otros grupos marginados de la sociedad.

Para no desaparecer del mapa, los partidos políticos deberán ceder espacio a las nuevas fuerzas políticas. Particularmente me refiero al rol que deberán jugar los partidos tradicionales de izquierda (PPD, PS, PC y PRS) y el Frente Amplio, en la elección de las y los constituyentes, generando una apertura real hacia los territorios y las organizaciones de base, para promover y apoyar candidaturas de independientes que representen verdaderamente a la ciudadanía. Insistir en la lógica intra-partidos sería un acto de soberbia absurdo, si consideramos que cerca del 95% de quienes votaron por el Apruebo (CADEM) se identifican con la izquierda. Ojo, la izquierda, no precisamente con los partidos de izquierda.

Es por ello que ninguna tienda política tiene el derecho ni la moral suficiente para “capitalizar” los resultados del plebiscito constitucional. Por el contrario, si realmente quieren aportar a la construcción de un nuevo país, deberían ponerse al servicio de la ciudadanía para asegurar la mayoría de los escaños en la convención constitucional, de tal forma de poder contrarrestar la presión que ejercerá la derecha con la lógica de los 2/3.

En lo que respecta a las próximas elecciones presidenciales, resultará vital establecer alianzas que permitan levantar un candidato o candidata única, que mediante el diálogo y la creación de un nuevo proyecto país, logre aglutinar a las diferentes fuerzas de izquierda. Resucitar a viejos estandartes como José Miguel Insulza, Ricardo Lagos, Francisco Vidal o el recientemente disponible Heraldo Muñoz, queda fuera de toda lógica, si de lo que hablamos es de recuperar la confianza de la población y permitir que las nuevas generaciones renueven la política.

Resistirse al cambio podría parecer una opción, pero después de lo ocurrido el histórico domingo 25 de Octubre, hacerlo, sería ir en contra de la inmensa mayoría de Chile.

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