La triste locura de Villouta

Haber pensado distinto a su entonces amiga, me llevó a ser objeto de su odio sin razón alguna. Por gente conocida supe que en su programa, tiempo más tarde, citó una columna mía sobre Roxana Miranda, cuando la entrevistó en un muy buen programa que lideró y que se llamó el Interruptor (no lo digo con sarcasmo, era un buen programa). En esa ocasión, una vez más no argumentó por qué no le gustaba esa columna, ya que yo era su enemigo por haber tocado a uno de los suyos, cuando tampoco había sido un tema personal contra la triunfadora de Viña, sino de concepciones, de maneras de ver ciertas cuestiones.

Viendo una polémica twittera que involucra al comunicador José Miguel Villouta y a la comediante Natalia Valdebenito, debido a la supuesta traición de parte de ella hacia él, no pude no recordar la vez en que fui objeto de la rabia de Villouta por escribir, hace años, una columna en la que criticaba la forma en que Valdebenito desplegaba su discurso. ¿Argumentó algo que refutaba lo que yo afirmaba en mi texto? No. Hizo algo más fácil y más propio de un niño malcriado que de quien anda por la vida dando clases de razonamiento intelectual: publicó mis datos laborales, suponiendo mi cargo en la empresa en la que trabajaba, para así invalidar mi opinión.

En el mismo lugar en que publicó la información, le pedí que fundamentara lo que había hecho. No obtuve respuesta, por lo que tuve que adivinar que se debía a su amistad con la comediante, lo que me llevó a descubrir que no era un asunto de ideas, sino de complicidades; no se trataba sobre la emancipación o no de la mujer y la forma en que se enarbola ese discurso, sino de algo más personal, que tenía que ver más con él que con su pensamiento, con su visión de la gente y las relaciones humanas, que con un ideario político que se sostuviera consistentemente.

Haber pensado distinto a su entonces amiga, me llevó a ser objeto de su odio sin razón alguna. Por gente conocida supe que en su programa, tiempo más tarde, citó una columna mía sobre Roxana Miranda, cuando la entrevistó en un muy buen programa que lideró y que se llamó el Interruptor (no lo digo con sarcasmo, era un buen programa). En esa ocasión, una vez más no argumentó por qué no le gustaba esa columna, ya que yo era su enemigo por haber tocado a uno de los suyos, cuando tampoco había sido un tema personal contra la triunfadora de Viña, sino de concepciones, de maneras de ver ciertas cuestiones.

Su rabia contra Valdebenito, al parecer, es lo mismo. No hay sustento claro que fundamente su sentimiento. Porque eso es, un sentimiento ya que ella habría entrevistado a gente que estaba en desacuerdo con sus ideas.

¿Dónde se ha visto que un intelectual descarte a personas por dar espacio a otras que no piensan como él? Es dramático. Y no es nada muy extraño en el ambiente actual, porque hay ciertas causas que hoy en día no quieren enfrentarse, sino negarse, “cancelarse”, para invisibilizar la controversia, la desarticulación de los postulados del otro y la posibilidad de que los propios sean desarticulados. La misma Valdebenito y muchos otros han caído en eso.

Pero volvamos a Villouta. Él, a propósito de lo anterior, comenzó algo así como una misión que tiene como propósito bloquear a quienes no comulguen con lo que piensa o que estén cercanos a eso. Es como predicar solo, como no querer verse contaminado por las opiniones divergentes, y así, discúlpenme, no funciona el desarrollo del pensamiento, menos cuando lo que se quiere liderar es un movimiento emancipatorio.

Tal vez al personaje en cuestión le dijeron por mucho tiempo que era inteligente. A lo mejor sus aciertos en el pasado lo convirtieron en un nostálgico de lo que fue, cayendo así en un mar de autocomplacencia del que no puede salir. Es triste por él y por quienes creen que la batalla ideológica se reduce a identidades y a que estas no sean dañadas ni puestas sobre la mesa para ser desmenuzadas. Y en el caso particular de José Miguel ya parece un tema patológico.

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