La soberbia del discurso: Del “estamos preparados” al “todos son sospechosos (mientras no se compruebe lo contrario)”

El discurso del gobierno se enmarca en un contexto de confinamiento en que el principal y prácticamente único vínculo que tiene la ciudadanía con el mundo exterior es a través de los medios de comunicación, donde el mensaje se refuerza con el impacto que tienen las imágenes y apelando a las emociones y no a la racionalidad: Mañalich con mascarilla y utilizando como recursos términos claves como “Coronavirus” y “Cuidémonos entre todos”.

Desde que se confirmó el primer contagio por Coronavirus en Chile el 3 de marzo hasta el anuncio de la cuarentena total para la Región Metropolitana el 13 de mayo, el discurso del gobierno pasó de un apresurado triunfalismo a un relato con lenguaje belicista, ocupando conceptos como “la batalla de Santiago” como una forma de instalar la idea de que se está en medio de una guerra, en vez de verlo como un asunto sanitario y de salud pública. Esto trae a la memoria el “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie”, frase que Sebastián Piñera comenzó a decir a solo días del inicio del estallido social de octubre.

Más adelante, cuando el aumento de casos positivos dejó en evidencia el mal manejo de la crisis, la autoridad le endosó la responsabilidad a la ciudadanía por el alza de los contagiados, al punto de señalar que todos son sospechosos de infectar “hasta que se demuestre lo contrario”.

Desde el primer momento, al gobierno y en particular al ministro de Salud, Jaime Mañalich, se les criticó por tener un discurso que pecaba de soberbio. Un relato además ambiguo, que no daba señales claras de las medidas que la ciudadanía debía adoptar. Un discurso triunfalista en que se aseguraba que  la situación estaba bajo control, a pesar de los cuestionamientos desde el mundo científico que acusaba que las medidas de contención eran tomadas sin contar con toda la información. Se acusó a las autoridades por no compartir la información o entregar solo lo que el ministro consideraba oportuno, algo que fue criticado y puesto en conocimiento por los alcaldes desde el comienzo de la emergencia sanitaria.

Con llamados como el de la subsecretaria Paula Daza de ir a “tomar un café”, el anuncio de Piñera, sobre el “plan retorno seguro”, o la iniciativa del alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, de abrir el Apumanque mientras los casos de infectados iban en aumento, eran claras muestras de que la autoridad no estaba escuchando a los expertos en la materia y, por el contrario, estaba priorizando lo económico por sobre la salud de las personas.

Esto último quedó de manifiesto y de forma explícita en las palabras de José Manuel Silva, director de Inversiones de LarrainVial Asset Management: “No podemos seguir parando la economía y por lo tanto tenemos que tomar riesgos, y esos riesgos significan que va a morir gente”.

La acusación de que el gobierno no estaba entregando toda la información sobre los contagiados vino desde el mismo sector académico que trabajaba junto al Minsal. El 30 de abril, días después de que Piñera anunciara el “plan retorno seguro”, el Instituto Milenio Fundamentos de los Datos congelaba su participación en la Mesa de Datos del Covid-19 acusando la “ausencia” de información, dejando de manifiesto que el relajamiento de las medidas de confinamiento era una decisión tomada sin consultar al mundo científico.

“La falta, hasta ahora, de información abierta de datos de salud que permitan hacer el trabajo comprometido, ha hecho que el IMFD decida congelar su participación en la Mesa de Datos, al menos hasta que dicha iniciativa cuente con la información requerida para que la ciencia pueda realizar su labor”, decía a través de una publicación en su sitio web este Instituto que, por lo demás, es albergado por la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica.

La misma declaración del IMFD indicaba lo que ya varios veían en el actuar de las autoridades: que la emergencia sanitaria se estaba manejando según los costos o beneficios políticos que podría dejar la crisis del Covid-19, más que como una problemática de salud pública.

“Pareciera ser que la repercusión política que podría generar el hacer ciertos procesos auditables por la ciudadanía, se antepone al objetivo fundamental de enfrentar la pandemia con las mejores herramientas de las que disponemos, llevándonos a tener a científicos, expertos y la ciudadanía sin poder contar con datos importantes. Y esto es un problema que va más allá de la autoridad sanitaria, creemos que está arraigado en nuestra falta de cultura de datos abiertos”, señalaba.

Algo similar publicaba a comienzos de abril El Mostrador, donde fuentes al interior del Minsal cuestionaban a Mañalich por no compartir los datos y lo acusaban de estar ocultando deliberadamente la información.

“El ministro elige lo que se publica y lo que no, y ese ha sido un problema muy grave desde el principio de la pandemia, porque mucha gente quiere saber los datos actuales, y qué datos se pueden necesitar, por ejemplo, para efectos del modelamiento matemático. Y en ese sentido hay elementos que se están ocultando deliberadamente”, decía una fuente.

Otra muestra de la poca claridad y desconfianza de cómo se estaba manejando la información fue la “sui géneris” interpretación de datos que hizo Mañalich, donde incluía a los muertos como recuperados porque “ya no eran fuente de contagio”. Declaraciones que tuvieron alcance internacional, debido a lo poco serio de sus palabras, viniendo precisamente de quien se supone es la máxima autoridad en salud del país.

El 13 de mayo el peso de la evidencia pulverizó el discurso triunfalista de la administración de Piñera y dejó en evidencia lo que el mundo científico venía advirtiendo. Ese día se anunció cuarentena total para la Región Metropolitana tras conocerse el mayor alza de número de contagios: 2.660 infectados en 24 horas, es decir, un aumento del 60% de los contagios en un solo día.

En vez de admitir que iniciativas como la “nueva normalidad” o la apertura apresurada del comercio influyó en el alza de infectados, el gobierno negó, sin entregar datos, que hubiera una correlación entre el relajamiento de las medidas de confinamiento con el alza de infectados. En su apoyo salió el representante de la Organización Mundial de la Salud en Chile, Fernando Leanes, quien sostuvo la tesis del subsecretario de Redes Asistenciales, Arturo Zúñiga.

“Coincido con Zúñiga, no sé si eso fue. No he visto un estudio, quizá lo haya, de que eso haya producido un relajamiento, pero, a mí me parece que no. A mí me parece que no era el mensaje, y que más bien tiene que ver con una cosa que habíamos dicho hace tres semanas, con bastante antelación a lo que ocurrió, y es que el virus empieza a circular en áreas en donde las personas no estaban haciendo la cuarentena”, dijo el representante de la OMS.

Lo que llama la atención de las palabras de Leanes es que no se sustentan en ningún dato duro ni informe, sino que están apoyadas en creencias y apreciaciones personales. Incluso deja la puerta abierta sobre la posibilidad de que haya un estudio que refute sus dichos. Un discurso a lo menos curioso, viniendo de una autoridad que representa a la OMS, de la cual se esperaría una mirada científica y menos política.

“Hay que atreverse a llamarles la atención a los clientes para que cumplan con las normas” o “en esto hay que ser serio”, fueron algunas de las declaraciones del alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, luego que diera marcha atrás sobre su decisión de abrir el  Apumanque.

Leanes y Lavín le transfieren a la ciudadanía la responsabilidad por el alza de contagio, en vez de admitir que la autoridad política hizo oídos sordos a las advertencias del mundo científico de las consecuencias que traería el relajar las medidas de confinamiento.

“Hay una táctica del gobierno de echarle la culpa a las personas. Hay un libreto de culpar a la población en vez de que autoridades lo asuman”, dijo Cristóbal Cuadrado, doctor en Salud Pública en entrevista con Radio Futuro.

Las palabras de Cuadrado parecían vaticinar la declaración de Mañalich en el informe diario del domingo 17 de mayo, donde en vez de asumir responsabilidades, termina por situar a toda la población como sospechosos de contagio: “Cualquier persona que yo veo que se encuentra conmigo es positiva para coronavirus mientras no se compruebe lo contario”, dijo Mañalich, utilizando y torciendo a su medida la presunción de inocencia.

Siendo un profesional de la salud, se esperaría que las palabras de Mañalich estuvieran respaldadas con información científica y comprobable, sin embargo su discurso apela a la emocionalidad, la buena voluntad y a figuras del mundo religioso como el Padre Hurtado. “Hasta que duela como decía un santo nuestro, hasta que duela, para que esta cuarentena sea lo más breve posible”, dijo el secretario de Estado.

¿Cómo se respeta la cuarentena si se está obligado a salir a trabajar porque “no se puede parar la economía” como decía Silva de LarrainVial Asset Management?

El discurso del gobierno se enmarca en un contexto de confinamiento en que el principal y prácticamente único vínculo que tiene la ciudadanía con el mundo exterior es a través de los medios de comunicación, donde el mensaje se refuerza con el impacto que tienen las imágenes y apelando a las emociones y no a la racionalidad: Mañalich con mascarilla y utilizando como recursos términos claves como “Coronavirus” y “Cuidémonos entre todos”.

“Nuestras sociedades contemporáneas observan un alejamiento de las grafías y del lenguaje escrito, que está siendo sustituido cada vez más por el empleo de las imágenes, de tal suerte que las razones pierden importancia frente a la reiterada apelación a las emociones”, decía hace algunos años la doctora y socióloga mexicana Jacqueline Peschard, tomando reflexiones del politólogo italiano Giovanni Sartori.

Dichas herramientas son propias de la teoría de la  “retórica de la imagen” del filósofo y semiólogo francés, Roland Barthes, en donde el mensaje bruto de la imagen no es nada sin el propósito consciente del emisor para crear una reacción concreta en el receptor, herramientas propias de la publicidad y la persuasión.

“Hasta Orwell estaría asombrado. Vivimos la ficción de que el mercado es maravilloso porque nos dicen que está compuesto por consumidores informados que adoptan decisiones racionales. Pero basta con poner la televisión y ver los anuncios: ¿buscan informar al consumidor y que tome decisiones racionales? ¿O buscan engañar? Pensemos, por ejemplo, en los anuncios de autos. ¿Ofrecen datos sobre sus características? ¿Presentan informes realizados por entidades independientes? Porque eso sí que generaría consumidores informados capaces de tomar decisiones racionales. En cambio, lo que vemos es un auto volando, pilotado por un actor famoso”, decía hace dos años el lingüista y filósofo Noam Chomsky.

“La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos. Si no confías en nadie, por qué tienes que confiar en los hechos. Si nadie hace nada por mí, por qué he de creer en nadie”, agregaba el profesor del  Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Cómo la ciudadanía puede confiar en un ministro que exige respetar el distanciamiento social si él mismo no conoce la realidad de sus gobernados. “Hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía”, reconoció hace un par de días.

¿Cómo la ciudadanía puede confiar en autoridades que exigen respetar las medidas de confinamiento si en la práctica ellos no las cumplen?

“Si alguien no las cumple no es porque no sepa, es porque definitivamente no quiere cumplirlas”, decía el ministro de Salud, semanas después de que Piñera se tomara una foto en la Plaza de la Dignidad, mientras la ciudadanía se quedaba en casa respetando el distanciamiento social. /

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