La saliva de Piñera: Sobre la desesperación del “pegamento” en la política chilena

“La ideología interpela a los individuos en cuanto sujetos.”

 Louis Althusser

La saliva de Piñera funciona como la imagen de una hegemonía agotada que ni siquiera la saliva –ese recurso primario del chileno- puede enmendar. No hay retorno, no hay vuelta atrás, el triunfo de Piñera para su segundo período fue finalmente su fracaso. Pero con él, terminó todo un orden que mantenía pegados las palabras a las cosas, donde el término gobernabilidad designaba tranquilidad de los poderosos, donde la democracia era simplemente el momento del “fin de la historia” y donde la justicia solo podía consolarse con ser “en la medida de lo posible”.


1.- El presidente Piñera –ese muerto caminando por La Moneda- siempre nos provee de imágenes arruinadas. La foto en soledad tomada en Plaza Dignidad el año pasado o la reciente escena en la que el mandatario fue a votar y, complicado con la cantidad de papeletas, terminó pegando el voto con la saliva y no con el sticker que ofrecía el SERVEL. Como la escena en Plaza Dignidad, también, el uso de la saliva como último recurso destinado a pegar lo que no pegaba de otra forma, condensa la magnitud de la transmutación sobrevenida: los viejos dispositivos, prácticas y discursos, simplemente ya no pegan. Ni siquiera con saliva; último recurso en tiempos de COVID19 en los que nada pega, pero todo contagia: a mayor pegoteo, mayor proliferación de contagio, a mayor intento hegemónico mayor contestación de la protesta. Así, la saliva de Piñera funciona como la imagen de una hegemonía agotada que ni siquiera la saliva –ese recurso primario del chileno- puede enmendar. No hay retorno, no hay vuelta atrás, el triunfo de Piñera para su segundo período fue finalmente su fracaso. Pero con él, terminó todo un orden que mantenía pegados las palabras a las cosas, donde el término gobernabilidad designaba tranquilidad de los poderosos, donde la democracia era simplemente el momento del “fin de la historia” y donde la justicia solo podía consolarse con ser “en la medida de lo posible”. Todo estaba pegado o, como decían los transitólogos en su jerga habitual, estaba “consolidado” y Chile se erigía como “modelo”.

Piñera ganó la elección en 2017 pensando que aún podía vivir en ese mundo, aunque sabiendo que requería de un plus técnico, de una cuota de enmiendas que catalizaran enteramente las fuerzas del capital. A eso Piñera le llamó “segunda transición”. Pero la historia sonreía hacia otros lados y desde el año 2011 la irrupción del movimiento estudiantil implicó una abertura crucial con que se había articulado la transición política. Desde ese momento hasta la desgarbada ida a votar por parte de un presidente complicado con las papeletas –¡quería gobernar y no sabe gestionar las papeletas!- que las termina pegando con saliva, se juega el proceso de radical destitución de la hegemonía neoliberal y su ideología. Esta última no puede restituirse ni siquiera con la saliva del presidente.

2.- Si el problema reside en la imposibilidad de sutura por parte del poder, es decir, en la destitución radical de su hegemonía, también los partidos políticos de la ex Concertación que hoy han adoptado un nombre del que nadie recuerda (Unidad Constituyente) expresaron durante la tarde del día siguiente a las elecciones del 14 y 15 de Mayo del 2021, el abismo que terminó por bajar varias candidaturas sin siquiera haber ido a primarias. No pudieron mantenerse en pie, no pudieron siquiera ir a primarias –por las razones que fueran, por el veto de da lo mismo quien. Y, al igual que Piñera, terminaron mirando hacia el Congreso Nacional (Provoste) para aferrarse e impedir que la historia los terminara por absorber. Como si se reeditara el affaire Piñera del 15 de Noviembre ahora en las facciones progresistas, cuando el Congreso Nacional proveyó del salvataje necesario al agrietado Presidente. Incluso el Partido Socialista estuvo a punto de abandonar la corrupta historia de los últimos 30 años y abrazar la posibilidad de un nuevo gobierno popular.

Pero el avance le podría haber costado la vida a su candidata: inmediatamente se encendieron las alarmas y la denuncia de “veto” por parte del Frente Amplio y el Partido Comunista la ubicaron en la posición de víctima denunciando la “deshonestidad”. No importa aquí qué fue lo que ocurrió. Mas, resulta absolutamente relevante atender cómo la denuncia de “deshonestidad” y la posterior reivindicación de un “feminismo” o, en último término, del nombre de Allende que solo parecía estar ubicado en una coalición, y en una candidata –no en otros, ni en movimientos- se complementaba con los dichos de Elizalde y Escalona reivindicando al “Partido de Salvador Allende” en contra del Partido Comunista.

Todo el escándalo urdido desde la prensa oligárquica (El Mercurio, La Tercera), destinado a pegar lo que ya no se puede pegar, a cohesionar a una coalición y a un partido, frente a un enemigo externo (el FA-PC) puede leerse como la patética versión “progresista” de la “saliva” de Piñera: a mayor manierismo en su denuncia contra el “otro” externo, mas profundiza su naufragio. Las palabras no pegan: ni el significante “feminismo”, ni “Allende”, venidos de un lugar de enunciación siniestrado, logran producir algún efecto sugestivo, alguna mínima forma de hegemonía. Las palabras no se adhieren a las cosas que designan, es decir, los partidos que las enuncian se vuelven incapaces de construir orden y hegemonía. A mayor acusación de “patriarcado”, “deshonestidad” o de pronunciar el “nombre de Allende en vano” – al modo de blasfemia- de parte de Apruebo Dignidad, mayor se hunden en el fango del que no pueden salir. Unidad Constituyente pega para pegar lo que no se puede pegar: “pega” a la izquierda para “pegar” (cohesionar) lo que “no se puede pegar” (el quiebre hegemónico) porque entre otras cosas, su electorado multiforme que por algunos años votó Concertación hoy se ha desplazado (por desencanto y recambio generacional) y en gran parte está votando –si es que está votando- por las izquierdas. Y entonces “Unidad Constituyente” deviene la verdadera “lechuga hidropónica” (Juan Pablo Luna dixit).

3.- Todo se ha despegado. La “saliva” de Piñera o la acusación de “deshonestidad” por parte Narváez no hace más que agudizar la imposibilidad de hegemonía y de restituir la subjetividad transicional. El hecho de que las elecciones del 14 y 15 de Mayo fueron decisivas no solo por la estrepitosa derrota de la oligarquía hacendal y su mayordomía transicional, sino por el triunfo que, codo a codo, lucha tras lucha, ganó el partido octubrista; un partido sin pretensiones hegemónicas ni liderazgos pastorales, exento de vanguardia y sin embargo radical en la intensidad de su imaginación popular. El partido octubrista tiene un carácter expresivo antes que representativo; se interpone en cada práctica o discurso emitidos por cualquiera de las dos facciones del partido neoliberal: sean sus oligarcas o sus mayordomos. Justamente el partido neoliberal quedó destituido, porque el poder y el capital, la democracia y el mercado acusan recibo de una disyunción radical que ninguna “saliva” orientada a acusar a otros para cohesionar la interna puede volver a suturar. Esa disyunción es el partido octubrista.

Por cierto, que haya sido destituido no significa que no pueda volver a “pegarse” bajo otras formas. De hecho, podríamos decir, la operación “hablar en nombre de Allende” levantada por el Partido Socialista y reproducida abiertamente por los medios de comunicación oligárquicos no han tenido sino esa función: preparar el terreno para un nuevo pacto oligárquico y articular lazos capaces de posibilitar “acuerdos” cupulares: Politzer, Harboe, Fernández o Chahín, entre otros, no han llegado a la Convención Constitucional para otra cosa. Si bien, asistimos al momento de un desmantelamiento generalizado del neoliberalismo, a su destitución estructural, ello se fragua en la “calle” como un lugar de desconexión radical con los “acuerdos” cupulares de la oligarquía. La subjetividad neoliberal que había propiciado al “emprendedor” como forma de subjetivación prevalente está en tensión interna con otras posibilidades de subjetivarse. No solo en Chile, sino en la irrupción global de revueltas que proliferan por todo el planeta, lo que está en juego es el devenir otros modos de ser-el-mundo, otras formas-de-vida. Es precisamente esto lo que ni los hacendados ni los mayordomos han querido saber. Y no porque tengan mala voluntad (puede ser que la tengan, pero ese no es el punto), sino porque su posición de poder se los impide.

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  1. Cómo siempre una columna que nos lleva a reflexionar e impecablemente escrita.Mis felicitaciones Rodrigo 👏👏👏

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