La radicalidad democrática del Presidente Allende

Allende trascendía el pensamiento de su época: Chile no era la URSS ni tampoco Cuba. Mientras la revolución cubana empujaba a las juventudes latinoamericanas a adoptar la lucha armada para transformar las estructuras oligárquicas, Allende insistía en sustituir el capitalismo por el socialismo, sin violencia, mediante el ejercicio pleno de las libertades y el respeto a los derechos humanos.

La Unidad Popular y la figura de Allende jamás serán olvidadas. Se han instalado en nuestra memoria colectiva. Los asesinatos, el exilio y el neoliberalismo no podrán borrar de la historia que durante mil días el pueblo de Chile se liberó de las garras de la clase dominante, de aquellos que por siglos habían usufructuado de la riqueza y el poder. Ese periodo de felicidad se lo debemos a Salvador Allende.

Allende se propuso transformar profundamente las estructuras oligárquicas; pero, al mismo tiempo, su “vía chilena al socialismo” valoraba la historia de las luchas sociales, iniciada por Luis Emilio Recabarren, así como la especificidad del desarrollo institucional del país. Coincidía con la visión de Rosa Luxemburgo quien, en su crítica a la revolución rusa, señaló que el socialismo no puede establecerse por decreto y que,

“El sistema social socialista sólo deberá ser, y sólo puede ser, un producto histórico, surgido de sus propias experiencias, como resultado del desarrollo de la historia viva.” (La Revolución Rusa).

Esa concepción se hace evidente en el Pleno Nacional del Partido Socialista el 18 de marzo de 1972. En momentos que los socialistas endurecen sus posturas, el Presidente Allende rechaza categóricamente la visión leninista sobre el Estado:

 “No está en la quiebra violenta del aparato estatal el camino que la revolución chilena tiene por delante. El camino que el pueblo chileno ha abierto, a lo largo de varias generaciones de lucha, le lleva en estos momentos a aprovechar las condiciones creadas por nuestra historia para reemplazar el vigente régimen institucional, de fundamento capitalista, por otro distinto, que se adecue a la nueva realidad social de Chile.”

Allende no tenía duda alguna que el socialismo obligaba a respetar las libertades de reunión, asociación información y prensa. Sus convicciones recogían la misma preocupación que tuvo Rosa Luxemburgo en su crítica a Lenin, cuando los bolcheviques disuelven la Asamblea Constituyente y suprimen a los partidos rivales:

“La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por muy numerosos que sean, no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para aquel que piensa de manera diferente” (también en su libro la Revolución Rusa).

Las convicciones de Allende se muestran en plenitud durante el gobierno de la Unidad Popular: se multiplican los medios de comunicación, desde la extrema derecha has la extrema izquierda. Sobre esto no hay duda alguna.

Recuerdo con emoción, como si fuera hoy, que un día de octubre de 1971 fui invitado por el Presidente Allende a un almuerzo, al finalizar un seminario académico sobre “la transición al socialismo en Chile”.

El diario Puro Chile, había entregado el “Huevo de Oro” de la semana (algo así como el premio limón) a nuestros destacados invitados internacionales. Yo le manifesté al Presidente mi molestia y él me dijo, con tranquilidad: “Roberto, varias veces yo también he sido “premiado” con el “Huevo de Oro”. Así es la democracia y nunca tenemos que olvidar que la vía chilena al socialismo se caracteriza por impulsar transformaciones, pero en la más irrestricta libertad de prensa. En ello nuestro país debe ser un ejemplo.”

La vía chilena al socialismo entendía la democracia no sólo en el marco de las libertades tradicionales, sino se propuso potenciar la más completa participación ciudadana en los asuntos públicos; es decir, impulsó la democracia con formas directas de intervención de los obreros, campesinos y sectores medios.

Así las cosas, los trabajadores participan directamente en la administración de las empresas estatales y se multiplican los sindicatos; los campesinos se organizan para acceder a la propiedad de las tierras abandonadas y afectas a la Reforma Agraria; los estudiantes deciden sobre el destino de sus universidades, en plebiscitos; mujeres y hombres en los barrios discuten en juntas de vecinos, para defender sus derechos comunales y asegurar el abastecimiento de los alimentos. Los cordones industriales y comandos comunales fueron su expresión más desarrollada.

Ese era el socialismo que Allende quería para Chile. Transformar la sociedad, con un nuevo rol del Estado en la economía; pero, al mismo tiempo, con las más amplias libertades y participación de la ciudadanía.

Allende trascendía el pensamiento de su época: Chile no era la URSS ni tampoco Cuba. Mientras la revolución cubana empujaba a las juventudes latinoamericanas a adoptar la lucha armada para transformar las estructuras oligárquicas, Allende insistía en sustituir el capitalismo por el socialismo, sin violencia, mediante el ejercicio pleno de las libertades y el respeto a los derechos humanos.

Pero, no hay que confundirse. La Unidad Popular se propuso transformar radicalmente el país. No sólo administrar el capitalismo existente. Y, las transformaciones fueron de una profundidad inédita.

Allende comprometió a toda la clase política, incluida la derecha, en la nacionalización de las minas de cobre en manos de empresas norteamericanas, mediante una ley en el Parlamento. Al mismo tiempo, profundizó la reforma agraria, con las mismas leyes que había aprobado su predecesor Frei Montalva. Y, enfrentó a los monopolios, estableciendo el área de propiedad social, con la estatización de empresas, según elPacto de Garantías, acordado con la Democracia Cristiana en el Parlamento

Los errores propios, pero sobre todo la resistencia implacable de los dominadores, nacionales y extranjeros, impidieron que se materializaran los anhelos de Allende y del pueblo de Chile.

El 11 de septiembre de 1973 se clausuró un ciclo de largas décadas de lucha del movimiento popular en que la clase obrera, los campesinos, los intelectuales y la gente humilde de nuestro país fueron derrotados. Los intereses internacionales y nacionales no aceptaron retroceder en el control absoluto del poder, comprometiendo a los militares en la sucia tarea de restaurar la injusticia.

A pesar de la derrota de la Unidad Popular, resulta incuestionable que Salvador Allende alcanzó a demostrar que socialismo y democracia son posibles. Ello engrandece su figura, no sólo en Chile sino en el mundo entero.

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