La política despolitizada

Foto: Agencia Uno

Tiene tanta actualidad este relato de política despolitizada, que hasta ese sucedáneo de candidato, llamado Sebastián Sichel, en una notable prueba de capacidad adaptativa, hizo suyo en su mente profunda el mantra gremialista. Su increíble flexibilidad política explica el “lapsus” que tuvo durante el debate presidencial del 22 de septiembre: “Nos olvidamos de gobernar cuando la política se politiza”.


La escena se puede ver en el documental “La Batalla de Chile”. Cientos de jóvenes derechistas, mayoritariamente alumnos de la PUC, marchan por la Alameda santiaguina en contra del gobierno de la Unidad Popular. Ondean lienzos y banderas con una enorme letra G. La G de Gremialismo.

El movimiento fundado por Jaime Guzmán, entre otras cosas, predicaba la separación total entre la actividad de los “organismos intermedios de la sociedad” y la política. Según esa visión, los gremios, la sociedad civil, debía mantenerse lejos de la contingencia partidista y la disputa del poder.

Entonces ¿qué hacían estos jovencitos supuestamente apolíticos, tomando posición activa en la disputa por el poder a mediados de 1973? Más allá de las vueltas retóricas que estos niñatos se pudieran dar, la realidad era (y es) mucho más simple. En la mirada gremialista, y por extensión, la de toda la derecha chilena, el asunto es que política es lo que hacen los otros, los adversarios. Su propia actividad, sus discursos, sus propuestas, no se perciben como política. Son “sentido común”, son “las verdaderas necesidades de la gente”, son “los problemas reales”.

Y claro, la fugaz imagen del documental de Patricio Guzmán trae a la memoria esos momentos en que el gremialismo ya cerraba filas en torno a la restauración conservadora que condujo al Golpe de Estado de 1973. Después del mismo, Jaime Guzmán y sus pupilos profundizaron este “doble pensar”, con mayor entusiasmo. Así, mientras los otros, los que ejercían la demonizada política” eran perseguidos y exterminados, ellos, los elegidos, se dedicaban tranquilamente a lo que más les gustaba y convenía: hacer política. ¡Pero cómo! ¿No se supone que durante la dictadura estaba prohibida la actividad política? Respuesta binaria: sí y no. Recuerden: política es lo que hacen los otros, los proscritos. El gremialismo, desde sus espacios privilegiados de la Secretaria Nacional de la Juventud, Cema Chile, Frente Juvenil de Unidad Nacional y aparatos de ese estilo, politiqueaba con alegría y descaro. Jaime Guzmán incluso, se dio el gusto de redactar una Constitución a su pinta. Todo muy apolítico…

El discurso se mantiene, con pocos matices, hasta nuestros días. Los jóvenes de las banderas con la enorme G, devenidos en coroneles del mundillo político actual, siguen sosteniendo el mismo discurso esquizoide. Tiene tanta actualidad este relato de política despolitizada, que hasta ese sucedáneo de candidato, llamado Sebastián Sichel, en una notable prueba de capacidad adaptativa, hizo suyo en su mente profunda el mantra gremialista. Su increíble flexibilidad política explica el “lapsus” que tuvo durante el debate presidencial del 22 de septiembre: “Nos olvidamos de gobernar cuando la política se politiza”. Es que este señor asimila muy bien la narrativa ajena, la hace propia y le brota con pureza desde su propia voz, mirando a la cámara, con aplomo y seguridad. Todo un profesional, un profesional de la No Política o algo así. En cualquier caso, la frase para el bronce no fue un error, no fue materia prima de memes. Fue, ni más ni menos, una enorme G de “gremialismo” que se asomó en sus (casi) divertidas palabras.

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