¿La peruanización de la política chilena? No.

Si los partidos políticos se alejan de los movimientos sociales entonces quedan ciegos frente a la realidad social. Pero si los movimientos sociales se alejan de los partidos políticos entonces se quedan cojos a la hora de hacer cambios. La primera situación deviene en una democracia oligárquica (donde la clase política escucha a los empresarios en vez de a la ciudadanía movilizada) pero la segunda deviene en caos (donde la movilización tumba gobiernos sin proponer ninguna alternativa). Chile antes de octubre de 2019 estaba en la primera; Perú todavía está en la segunda.   


Los paralelos políticos entre Perú y Chile

Hay cierta similitud entre la historia reciente de la política peruana y chilena. El alto grado de malestar del pueblo peruano tiene mucho que ver con la experiencia del gobierno supuestamente ‘reformista’ de Ollanta Humala (2011-2016) similar al nuevamayorismo chileno (2014-2018). Humala y Gana Perú prometieron hacer reformas estructurales, corrigiendo la neoliberalización de la centroizquierda bajo APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) tal como Bachelet y la Nueva Mayoría prometieron hacer reformas estructurales, corrigiendo la neoliberalización de la centroizquierda bajo la Concertación. Además, de la misma manera que Gana Perú traicionó a las movilizaciones sociales nombrando apristas como ministro de Hacienda Luis Miguel Castilla, el nuevamayorismo traicionó al movimiento estudiantil nombrando concertacionistas como ministro de Hacienda Rodrigo Valdés al gabinete. Después de nombrar ministros con las mismas prácticas políticas de negociaciones cupulares a espaldas de los movimientos sociales y además con una ideología neoliberal evidente, los resultados de estos gobiernos “reformistas” fueron los esperables – no hubo reformas profundas. Entonces el rechazo del electorado fue inevitable. 

Después de que la que la opción de centroizquierda defraudara al electorado hubo una inevitable derechización (en las presidenciales de 2016 en Perú ganó el economista neoliberal Pedro Pablo Kuczynski y en 2017 en Chile el empresario neoliberal Sebastián Piñera). Sin embargo, el Frente Amplio llegó tercero en estas elecciones– el frenteamplismo peruano sacó 18,8% con Verónika Mendoza y el frenteamplismo chileno sacó 20,3% con Beatriz Sánchez. Así emergió una nueva alternativa contra la centroizquierda neoliberalizada y la derecha dura, pero en los dos casos las bancadas parlamentarias frenteamplistas se dividieron no por ideología sino por personalismo e inmadurez socavando dicha alternativa. Entonces el malestar con la falta de reformas al modelo imperante no fue canalizado institucionalmente, sino que generó estallidos (2020 en Perú y 2019 en Chile) y el legado anti-neoliberal pasó a figuras de la izquierda más tradicional. En Perú Pedro Castillo lidera las encuestas presidenciales y en Chile es Daniel Jadue, lo que hace parecer que los dos países van juntos hacia un cambio al modelo.

Las diferencias entre la política peruana y la chilena

Tengo varias razones para discrepar de este paralelismo político. En resumen, creo que Chile está en una mucho mejor posición para entablar reformas estructurales al neoliberalismo que Perú. En Chile la implementación de las más importantes políticas públicas neoliberales – la privatización de los derechos sociales y la liberalización comercial de la matriz exportadora – ha sido más profunda que en cualquier otro país del mundo. Tanto la creación del modelo durante la dictadura cívico-militar, como su consolidación durante los años de la transición democrática bajo el alero de una constitución redactada explícitamente para protegerlo, fueron tan bulliciosas que generaron movilizaciones opositoras con mucha claridad ideológica. Entonces durante el estallido chileno las consignas contra ‘el modelo’ fueron transversales y la eliminación de la constitución de Guzmán es un foco de demandas que concita apoyo general. En contraste el estallido peruano fue ideológicamente ambiguo y no hubo ningún momento de consenso nacional como el plebiscito para la nueva constitución que ganó en Chile con un 78% de aprobación.

Chile no es un país polarizado. La última elección (plebiscitaria) develó que la inmensa mayoría quiere cambiar el modelo y que hay solo tres comunas que se oponen a esto, porque ahí vive la elite económica y política. En contraste, Perú sí es un país polarizado. La última elección (primera vuelta presidencial) develó divisiones entre gente rural y gente urbana; entre personas que viven en la costa y personas que viven en el interior; entre las comunidades del norte-oriente y las de centro-sur. Son elecciones de características muy distintas que no pueden compararse estrictamente hablando – las preguntas plebiscitarias solo presentaron dos opciones así que inevitablemente hay menor dispersión. Sin embargo, hay muchos plebiscitos que sí demuestran un electorado dividido y muchas elecciones presidenciales que demuestran menores grados de división.

Por ejemplo, el plebiscito por la paz en Colombia en 2016 que se perdió 50,21% versus 49,79% y el plebiscito para salir de la Unión Europa en el Reino Unido en el mismo año que se ganó 51,89% versus 48,11%. En comparación el plebiscito por la nueva constitución en Chile se ganó por paliza (78,28% versus 21,72%) – o sea son 57 puntos de diferencia versus los 0,42 puntos en Colombia y los 3,75 puntos en el Reino Unido.

Claramente la situación chilena habla de un electorado inusualmente unido. En contraste el electorado peruano está inusualmente dividido. En las presidenciales antepasadas (las de 2016) se presentaron 10 candidatos y las dos primeras mayorías explicaron 60,9% del voto. Pero en las presidenciales de ahora se presentaron 18 candidatos y las dos primeras mayorías solo explicaron 32,4% de la votación. Entonces la comparación entre la política chilena y peruana es un error – son países que están pasando por procesos muy dispares.

Los orígenes estructurales de la polarización política en el Perú

La polarización peruana – que no tiene ningún símil con Chile – tiene raíces en dos idiosincrasias de la política peruana, una histórica y otra coyuntural. La primera tiene que ver con su transición democrática. El gobierno de las fuerzas armadas peruanas (1968-1980) no violó masivamente los derechos humanos, sino que fue durante el proceso de transición a la democracia que irrumpió una guerra civil donde se asesinaron a decenas de miles de civiles. Entonces, en contraste con la Comisión de Verdad y Reconciliación en Chile que abarcó la época de su dictadura cívico militar, la Comisión de Verdad y Reconciliación en Perú tuvo que cubrir el período de su transición (1980-2000). En otro contraste con la comisión chilena, que ahondó en los miles de asesinatos a manos de las FFAA, la comisión peruana constató que grupos armados terroristas habían asesinado a 31 mil civiles y las FFAA 20 mil más. Así, mientras en Chile los muertos son de un solo lado, en Perú hay responsabilidad compartida que explica la mayor polarización. 

Mientras que en Chile los defensores del modelo viven en tres comunas, en Perú están en diversas zonas. Muchos sufrieron la brutal violencia del terrorismo supuestamente izquierdista de la secta ‘Sendero Luminoso’ que tenía un culto a la persona de Abimael Guzmán (‘presidente Gonzalo’) parodiando al maoísmo con una guerrilla campesina que quería tomar las ciudades. Las víctimas de esta guerrilla son la base del fujimorismo; apoyan la derecha dura ‘por haber acabado con el terrorismo’ que no es un invento histérico como en Chile sino un fenómeno real que cobró muchas vidas. Pero hay otra experiencia diametralmente opuesta pero igualmente real – la de los que sufrieron por el brutal contraataque de las FFAA que terminaron asesinando a campesinos inocentes para sembrar miedo en la población sospechada de ser simpatizantes de sendero. La división campo-ciudad pesa políticamente y el campo peruano tiene 20,7% de la población; más de doble la proporción chilena de solo 10,1%. Así, Perú está estructuralmente polarizado, con un campesinado radicalizado desconectado totalmente de lo urbano.

La coyuntura polarizada y el estallido ambiguo en el Perú

Más allá de la polarización estructural peruana en esta elección hay un elemento adicional de la coyuntura porque la figura de Keiko Fujimori trae de vuelta las heridas de la época de la mal llamada ‘Pacificación Nacional’ (1980-2000). En las elecciones presidenciales pasadas (2016) Keiko Fujimori casi alcanzó la presidencia. Ella sacó la primera mayoría con 39,86% en primera vuelta, pero perdió contra la segunda mayoría del ya mencionado neoliberal Kuczynski (PPK) quién solo sacó 21% en primera vuelta pero que, en segunda vuelta, recibió el apoyo de la izquierda. Así se bloqueó el ascenso de Keiko quién había prometido liberar a su padre Alberto Fujimori, encarcelado por la masiva violación de derechos humanos después de haber dado un autogolpe y gobernado como un virtual dictador en los noventa. Bajo el argumento de ‘mejor un neoliberal que un fascista’ PPK ganó las presidenciales de 2016 con un margen de solo 41.000 votos (50,1% votos versus 49,9%). La reciente inestabilidad política de Perú data de ese momento.

Desde 2016 el Ejecutivo no ha podido gobernar porque el fujimorismo decidió negarle la sal y el agua desde el Congreso que terminó destituyéndole al presidente, el innocuo centrista Martín Vizcarra quién asumió después una vez renunciado PPK por corrupción. Reemplazar el presidente de la república Vizcarra con el presidente del Congreso, Manuel Merino fue una movida muy impopular gatillando el estallido peruano. Se generó tanto rechazo por la irresponsabilidad del partido fujimorista Fuerza Popular (FP) que ganó 56% de los escaños en las elecciones parlamentarias de 2016 y usó su enorme mayoría para bloquear todo el trabajo gubernamental. Cuando Vizcarra respondió llamando a elecciones anticipadas el cansancio generalizado con la actitud destructiva del fujimorismo hizo que FP bajara a solo 12% de los escaños (cuarta mayoría). Luego insistieron en desestabilizar, negociando con Acción Popular (el partido con la primera mayoría – 19% de los escaños) para poner su líder Merino como presidente para sacar a Vizcarra, lo que finalmente hizo que el país estallara. 

Pero el estallido peruano fue una reacción de toda la sociedad, incluyendo la derecha, contra la inestabilidad generada por FP, lo que explica cómo Keiko tiene un índice de rechazo (electores que dicen que nunca votarían por ella) de 50%. En contraste Castillo no tiene prontuario ni por corrupción ni irresponsabilidad política. Lo han tratado de vincular con Sendero Luminoso (o más bien con MOVADEF – Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales – su brazo civil). Pero esto es ‘terruquear’ – un neologismo peruano recién acuñado que significa inventar acusaciones de terrorismo contra opositores políticos. En contraste, Keiko es la hija de Alberto Fujimori y entonces su conexión con la violación de ddhh no es ningún invento. El vínculo entre Keiko y el sangriento fujimorismo tradicional es mucho más estrecho que el vinculo entre Castillo y la izquierda terrorista así que Castillo lidera las encuestas. Pero no hay un consenso de cambio de modelo detrás de él como sí existe en Chile con los constituyentes. ¿Peruanización de política chilena? No.

Conclusiones ¿lecciones de Perú para Chile?

A pesar de estas diferencias entre la política peruana y la chilena algunos termocéfalos locales han celebrado el ‘ejemplo peruano’ porque su estallido logró sacar a un presidente violador de derechos humanos y frenar la impunidad de la corrupción. Hasta expresan envidia por la debilidad de los partidos políticos en Perú como si el partido fuera una institución que habría que superar para lograr transformaciones. Estos mismos termocéfalos desprecian el estallido chileno, que tomó un cauce institucional a través del plebiscito constituyente y la Convención Constitucional. Argumentan que sin el acuerdo negociado por los partidos que nos dio el plebiscito, el estallido podría haber sacado a Piñera. Es difícil imaginar 5 senadores de Chile Vamos votando para sacar al presidente (lo que sería necesario para alcanzar el umbral de dos tercios necesario para dicha destitución). Pero, incluso si hubiesen logrado sacar a Piñera eso no dice nada sobre quién lo habría reemplazado ni cómo habría sido la política posterior. ¿Qué nos indica el ‘ejemplo peruano’ sobre esto?

En Perú la ausencia de partidos consolidados negociando un acuerdo transversal ayudó las movilizaciones a sacar al presidente. Pero de ninguna forma ayudó a acercar al país a un cambio de modelo. Para reemplazar políticas públicas neoliberales con leyes sociales los partidos son necesarios tanto para proveer equipos técnicos como para aglutinar mayorías legislativas. Ninguna de estas cosas ha estado presente en Perú hasta ahora y entonces el modelo queda intacto, aunque bajo nuevos jefes. Si los partidos políticos se alejan de los movimientos sociales entonces quedan ciegos frente a la realidad social. Pero si los movimientos sociales se alejan de los partidos políticos entonces se quedan cojos a la hora de hacer cambios. La primera situación deviene en una democracia oligárquica (donde la clase política escucha a los empresarios en vez de a la ciudadanía movilizada) pero la segunda deviene en caos (donde la movilización tumba gobiernos sin proponer ninguna alternativa). Chile antes de octubre de 2019 estaba en la primera; Perú todavía está en la segunda.   

Quizá la lección más interesante de la coyuntura peruana es el acercamiento entre Pedro Castillo – primera mayoría en las presidenciales – y Verónika Mendoza – sexta mayoría – cara a la segunda vuelta. El acuerdo que acaban de firmar no es meramente electoral, sino un acercamiento entre la izquierda más tradicional y popular con lo que fue el frenteamplismo peruano. Los dos se complementan muy bien. A Castillo – quien tiene arraigo campesino – le faltan cuadros técnicos y un plan de gobierno factible, mientras que a Mendoza – quien tiene entre sus seguidores los mejores intelectuales peruanos de izquierda – le falta una conexión con lo popular. Para hacer un futuro gobierno que implementa reformas anti-neoliberales se necesita este tipo de unidad – bancadas legislativas con proyectos concretos basados en asesoría de técnicos, pero con perspectiva de izquierda y desde lo popular. Más que denostar a los partidos y a la vía institucional hay que recapturar los partidos y la institucionalidad del secuestro empresarial. ¡Ojalá que se pueda lograr tanto en Perú como en Chile!

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