La peligrosa inestabilidad mental de Piñera

Detengámonos en Sebastián Piñera. El caso ahí es más patológico que en su propia coalición. El presidente necesita constantemente ser reafirmado por los demás, y pide a gritos que sus pequeñas victorias sean celebradas por todos, por los suyos y también por quienes están en la vereda contraria.  


Este gobierno, aunque lo haga todo el tiempo, no sabe perder y le tiene terror a la frustración. No le gusta pasar por esta porque, al igual que quien lo preside, le tiene terror a la derrota, a no ser aplaudido, y a que no se le reafirme su éxito.

¿Por qué sucede esto? Simple, porque realmente nunca han perdido. Los fracasos electorales por mucho tiempo no fueron más que su triunfo ideológico. Por más que la Concertación haya ganado una tras otras las elecciones, lo cierto es que estaba administrando el éxito de otros.

Pero detengámonos en Sebastián Piñera. El caso ahí es más patológico que en su propia coalición. El presidente necesita constantemente ser reafirmado por los demás, y pide a gritos que sus pequeñas victorias sean celebradas por todos, por los suyos y también por quienes están en la vereda contraria.

Es cosa de ver la reacción de La Moneda ante artículos internacionales que cuestionaban por qué el éxito de la vacuna no había ido de la mano de una disminución importante de los casos de Covid, sino que, por el contrario, estamos entrando en pleno a la esperada “segunda ola”. Ante esto, personas respetables y con sentido político como el ministro Enrique Paris, entraron en pánico y comenzaron a atacar a los medios en cuestión. El titular de Salud se sentía atacado por textos que solo recalcaban lo evidente, empapándose de ese ethos tan propio de quienes prefieren ganar no logrando nada realmente consistente, que perder en los portales internacionales.

Casos como este tienen que llevar a preguntarnos qué es lo que votamos en las elecciones presidenciales de aquí al futuro. Es sumamente relevante saber cuál debe ser el perfil de un político, o políticos, que puedan realmente afrontar la constante frustración que trae consigo la acción política y sus consecuencias. Piñera no es uno de esos, aunque muchas veces sepa apostar y lograr cuestiones puntuales.

Y es que los eternos ganadores, por más que hablen de la vida y las características de esta constantemente, no conocen realmente cómo se aborda esta. Porque nadie lo sabe. Pero al menos hay quienes saben lidiar con esa incertidumbre en el terreno de lo público. Y quien nos gobierna nunca, aparte de ciertos escándalos noventeros de los que salió inmediatamente, nunca ha querido con esas incertezas o al menos saber por qué aparecen en el devenir diario.

Por lo señalado, el problema es más profundo que una crítica contingente a un hecho u otro; acá estamos frente a una administración que contempla el estado emocional del presidente antes que la República o la democracia.

Muchos podrán argumentar que se debe al clásico y exacerbado presidencialismo de la estructura política de Chile desde el siglo XIX, que claramente debe tener algo de responsabilidad en cómo se conducen las estrategias verticalmente; sin embargo, esta estructura ha procurado, bien o mal, el cuidado de algo superior que es el régimen democrático. En este caso en particular, en cambio, solo estamos asistiendo a tristes espectáculos televisivos que pretenden evitar que el jefe de Estado conozca la frustración. Y eso es sumamente peligroso.

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