La pataleta de Velasco y la moral de los tecnócratas

Foto: Agencia Uno

Los buenos son los políticos que siempre han llamado a los acuerdos y que hoy se enojan cuando 116 votos logran el mayor acuerdo que se recuerde en un proyecto de esta envergadura. Los buenos son los “economistas serios” -frase usada como mantra para contrastar a buenos y malos-, los que no votan escuchando la desafortunada voz de la calle; y los malos son los oportunistas que escuchando a la poco ilustrada chusma nos llevarán al despeñadero. Mejor no acusemos de moralistas cuando se hace a través de una lección de moral, digo yo.

Andrés Velasco, el ex ministro “liberal” de la Presidenta Bachelet, publicó una columna en El Mercurio tildando de “pataleta” la exigencia ciudadana del retiro del 10% de sus fondos de pensiones. Muy lejos de la realidad social marcada en estos días por el hambre, y la desesperación por no poder alimentar como corresponde a un hijo, el representante de la élite de los tecnócratas de la Concertación, el mismo que hace un par de años cobró veinte millones de pesos por sentarse a almorzar con los corruptos y condenados dueños de Penta, acusa en el diario del poder económico de Chile a las madres y padres sin proteínas que ofrecer a sus familias, de hacer una pataleta. 

La gravedad viene en varias partes. Velasco, el mismo que hace una década rechazaba algo tan básico como una AFP estatal diciendo que “no es una prioridad”, el mismo en permanente pugna con el exministro del Trabajo Osvaldo Andrade, hoy viene con una soltura de cuerpo asombrosa a tratar a la población chilena más vulnerable, a las capas medias trabajadoras, a los hombres y mujeres que sobreviven con sueldos de cuatrocientos mil pesos, de autores de una pataleta.

Por un lado, trata a la gente pobre de infantil, porque sabemos que son los niños fuera de control los que hacen una pataleta. Y por otro lado trata a esa población que no conoce, esa que jamás podrá juntarse con un par de empresarios para sacar una tajada de veinte millones de pesos a partir de su pura influencia, de irracionales, temperamentales, de simples destemplados incapaces de raciocinio y discernimiento. 

Pero la lógica de las palabras de Andrés Velasco, quien por cierto no duda en generar una dicotomía entre los populistas que dicen “escuchar la voz de la ciudadanía” -citando a Mario Desbordes y Joaquín Lavín-, y los pocos políticos responsables y corajudos como Pepe Auth, no se puede dimensionar sin calibrar su origen, historia y pertenencia. Surgido de la familia de la Fundación Expansiva, aquel dorado think tank integrado por notables economistas y profesionales anclados en una tecnocracia neoliberal que a la postre copó los más relevantes puestos del poder Ejecutivo en el primer gobierno de la Presidenta Bachelet -con destacadas figuras como Pilar Armanet, devenida en representante de los defensores del negocio en el mundo de la educación-; Velasco es un hombre de permanente roce elitista: formado en el The Grange School -cuya colegiatura anual actual es de casi trece millones de pesos- y en los más reputados centros de estudios de los Estados Unidos – Universidad de Yale, Universidad de Columbia, MIT, Harvard-. 

Desde tamaña posición de poder e influencia, con las personas vulneradas observadas con el permanente filtro de un paper, resulta fácil decretar la desesperación y las demandas políticas y ciudadanas en un contexto de crisis social como “una pataleta”. Y es ahí donde despierta también la indignación hacia su insensibilidad. Porque en esta declaración, Velasco ratifica las miradas y las fórmulas que terminaron por matar el proyecto político de la Concertación; y más aún, el de la lógica de los acuerdos, el de la armoniosa democracia del consumo con un volcán de miseria y desigualdad cultivándose en los márgenes.

Lo que Velasco nos dice es que al no seguir sus recetas, las de los técnicos y políticos profesionales, los responsables y moderados, lo que prima es el infantilismo ajeno a toda cuota de inteligencia. Es precisamente aquel punto el más agresivo de su postura: Velasco nos dice que el pueblo, el que pasa hambre y hace una pataleta, es una masa incapaz; incapaz de ponderar lo que le hace bien y lo que le hace mal; incapaz de proyectar su futuro; incapaz de obedecer a los políticos correctos y gobernantes corajudos y sensatos que quedan; incapaz de deliberar respecto a la política reservada para los economistas que miran la miseria de la comuna de El Bosque desde sus departamentos monumentales de Vitacura. 

Es curioso, pero Andrés Velasco, al acusar al país ignorante que hace pataletas de populista, añade que los lesivos populistas que por fin han llegado a Chile -un concepto inconsistente usado con porfía desde que tengo memoria para desdeñar un proyecto político- dividen, con actitud inquisidora, el debate entre los buenos y los malos. Pero sucede que, al leer su columna, titulada maleteramente “La pataleta”, lo único que entiendo es que hay un mundo de los buenos, donde por cierto él está incluido, junto a Pepe Auth, y el mundo de los malos, donde están los miserables que sin su pensamiento lógico hacen una pataleta para pedir su dinero, y los políticos que se dejan llevar por la voz fuerte de las redes sociales.

Los buenos son los políticos que siempre han llamado a los acuerdos y que hoy se enojan cuando 116 votos logran el mayor acuerdo que se recuerde en un proyecto de esta envergadura. Los buenos son los “economistas serios” -frase usada como mantra para contrastar a buenos y malos-, los que no votan escuchando la desafortunada voz de la calle; y los malos son los oportunistas que escuchando a la poco ilustrada chusma nos llevarán al despeñadero. Mejor no acusemos de moralistas cuando se hace a través de una lección de moral, digo yo.

Así, no sé si la pataleta es del pueblo que hizo las más ensordecedoras protestas con cacerolas desde sus confinados hogares, o más bien es la del propio Velasco y la tropa de exministros concertacionistas, conservadores jefes de centros de estudios, vetustos prohombres de derecha pinochetista, y editores de diarios empresariales que han hecho un desfile los últimos fines de semana acusando a compatriotas de imbéciles, populistas e irresponsables que rompen las lógicas del poder que les permitió tener en orden a este país que hoy grita por un kilo de arroz y un litro de aceite. 

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