La olvidada historia del campamento Salvador Allende en Viña del Mar

Glorias Navales es un estigmatizado sector de la ciudad jardín cuyo nombre actual difiere en absoluto del original. Con protagonismo de militantes del MIR, comunistas y socialistas, el devenir de este asentamiento estuvo marcado por los acontecimientos políticos de la época. Aquí mostramos archivos históricos y relatos de sus fundadores, quienes dan cuenta de la relación con el Presidente Salvador Allende, junto a las alegrías y añoranzas de una época que los tuvo acogidos por la Unidad Popular, y asolados por el terror y miseria de la dictadura.

Fotos: Cedidas por Guillermo Correa

-“Ya, Blanquita, nos vamos”-, le dijo Octavio Ortega.

La madrugada del ocho de febrero de 1971 hubo una peregrinación de decenas de familias provenientes de diversos sectores de los cerros de Viña del Mar: la mayoría desde Achupallas y Miraflores, como el caso de Blanca Palma Brito (78). Para ese verano viñamarino, Blanca, de 27 años, ya tenía seis hijos cuando su compañero Octavio le ofreció un terreno para que al fin pudieran tener su casita. Era la promesa de un futuro mejor.

-¿Y pa’ dónde nos vamos?-, le respondió Blanca, aún incrédula.

El destino era el sector norte de Viña del Mar, camino a Concón, un escampado parte del fundo Santa Clara, propiedad del empresario maderero Dionisio Hernández, emplazado entre Gómez Carreño y Reñaca Alto.

Cuatro días después, Blanca y su familia dejaron el arriendo en el cerro Miraflores y se fueron a vivir a la naciente toma: “Llegamos a vivir a una ramada. Para el invierno colocábamos tarritos con brasas por todas partes para darnos calor”, recuerda Blanca.

 Ya en el campamento tuvo a su séptimo hijo.

El vertiginoso crecimiento del campamento requería de organizaciones y responsabilidades concretas. Levantaron una directiva general, relacionada con los partidos políticos que apoyaban a los pobladores. Junto a esta, habían delegados para los diversos comités: de salud; encargados de alimentación, quienes tenían la responsabilidad de conseguir las provisiones y levantar las  ollas comunes; y el comité de vigilancia, para organizar rondas en las noches: “Teníamos que resguardar que nadie de afuera viniera a hacer daño. La mayoría de las mujeres estábamos solas y había mucho niño”, explica Blanca.

Adaptaron seis “pegaso aulas” como escuela en el centro del entonces campamento. Las Pegaso eran un modelo de microbuses de gran tamaño. Faltaba asegurar el agua potable, la luz eléctrica y conseguir materiales para levantar las mediaguas e incipientes casas.

Los Tupamaros de Viña del Mar

 “Todo esto lo fuimos logrando con nuestras acciones directas, porque nos tomábamos todas las semanas el Camino Internacional o la Rotonda con barricadas”, cuenta Octavio.

Él venía del sector Nueva Aurora, al otro extremo de la ciudad. Entre las protestas y el logro definitivo de sus demandas, se las ingeniaron de diversas formas para lo que iban necesitando. Frente al terreno estaba la población Expresos Viña (de micro buseros) y la cañería que les proveía agua partía en Gómez Carreño y pasaba por la toma.

La luz eléctrica también implicó mucho esfuerzo, ya que desde Chilectra les dijeron que les extenderían tendido eléctrico a cambio de que los pobladores colocaran los postes. “En la madrugada nos dividimos: unos iban a la quebrada a buscar árboles y otros cavaban los hoyos donde iban a ser colocados los postes. Para llevar los postes le cortábamos el paso a los camiones y los dejábamos pasar con la condición de que nos llevaran los troncos”, comenta Octavio.

Para conseguir materiales y levantar sus mediaguas hicieron movilizaciones hacia la Municipalidad y se apoderaron las maderas alojadas en una bodega de la Corporación de Mejoramiento Urbano Municipal.

Octavio Peña recuerda que la gente de Reñaca  los habían apodado “los tupamaros”, en alusión al movimiento revolucionario uruguayo.

Georgina Ortega Palma (57), hija de Blanca,  recuerda que mientras las mujeres hacían guardia, muchos de los hombres en las noches ingresaban a las barracas para robar las maderas que en la misma madrugada ocupaban para construir: “Entonces así se aseguraban que, en caso de que carabineros o los dueños de las barracas vinieran, no pudieran ver nada porque ya toda la madera se había ocupado”, recuerda  Georgina en plena avenida Mar de Chile, en el centro de la toma.

A un mes de instalados, las casi 90 familias formaron una asamblea en la que debían bautizar el nuevo cobijo, asunto resuelto tan pronto como fue puesto en discusión. Cuenta Octavio Peña: “Se propuso ponerle el nombre del compañero y todos apoyaron. Cuando el pasó por aquí, cuando vino a inaugurar un terminal de buses, dijo que no estaba muy de acuerdo que le pusieran el nombre de él al campamento, pero ya estaba hecho no más”.

A pesar de la afinidad ideológica, las necesidades de la comunidad, encausadas por sus pobladores militantes del Partido Socialista y  Partido Comunista y -mayoritariamente del MIR-, siguieron con las medidas de presión propias de la época.

Dos veces viajaron a Santiago, la primera fueron devueltos en Quilicura, y a la segunda, a principios de 1972, llegaron al mismo Palacio de La Moneda. Allí les dijeron que el habitual protocolo era solicitar audiencias, pero ese argumento no iba a satisfacer a 150 pobladores que habían viajado tres horas.

 -Nos quedamos armando escándalo en la Plaza de la Constitución, estábamos con lienzos y todo eso y Allende se asomó a la ventana y de ahí nos hicieron pasar y estuvimos como 10 minutos con él, en el Salón Toesca todos los pobladores-, recuerda Octavio.

Allí buscaron un acuerdo en el que pudieran conseguir que les construyeran sus casas, consultorios y una escuela que reemplazara a los bólidos que hacían de aulas. Allende los dejó con el ministro de vivienda Orlando Cantuarias y Peña ve, a la luz de los años, una atípica reunión: “incluso algunas pobladoras estaban casi sentadas arriba del escritorio del ministro y planteamos todas nuestras necesidades y nos dejaron metidos en proyectos de viviendas para el campamento”.

Si bien tenían una organización clara, la escasez  -en medio de la guerra económica de la derecha- los golpeó fuerte.  Salían a pedir a los sectores aledaños y recibieron constantes apoyos de la iglesia y estudiantes de la Universidad de Chile y Católica de Valparaíso. Ellos llegaban con alimentos, medicamentos, materiales de construcción y manos disponibles.

-Eran muchos los estudiantes que venían, llegaban en micros con pan y piezas de queso que daban a cada familia”-recuerda Blanca.

 Golpe de Estado: Terror y hambre

 Apenas iniciado el golpe, la directiva y las comisiones de la población Salvador Allende confiscaron mercaderías con el fin de alimentar a quienes estaban dispuestos a resistir:

-Ahí nos quedamos esperando que llegara el material para defendernos, pero eso nunca pasó-,  cuenta Octavio.

Sin capacidad de defenderse, la población vivía sus últimas horas con el nombre y la esencia con la que se erigió.

Había en el ambiente un terror justificado por el pasado “tanquetazo” del 29 de junio y con las noticias que llegaban de Santiago. La intervención militar fue pronta, al punto de que al tercer día posterior al golpe de Estado, renombraron la población como Glorias Navales, nombre que se mantiene hasta hoy.

Los primeros años de la dictadura fueron crueles, recuerdan el hambre, pero también los allanamientos de los militares. Todos los hombres adultos, en su mayoría padres, vieron como a sus hijos se los llevaban a la cancha y eran golpeados; otros nunca volvieron. Llegaron los militares con el motivo de que había armas, pero la verdadera razón era el asedio, un castigo por el nombre de la población.

El miedo y el terror infundido afectó a los niños y mujeres, quienes se abalanzaban encima de sus padres y compañeros buscando en muchas ocasiones impedir que esa fuese la última vez que los vieran.

– Como mi papá era militante comunista, los milicos entraban a nuestra casa y daban vuelta todo: camas, mesas, todo. A nosotros los niños nos tiraban al suelo y varias veces nos golpearon. Eso lo vivimos todos los niños con padres militantes y no hay niño que no lo recuerde. Daba miedo llegar a la noche – comenta Georgina.

Octavio, temía por su vida y pasó a la clandestinidad. Era militante comunista, “un revolucionario” como decía su compañera Blanca, y tiempo después partió a Argentina. Aun así, pudo hacer visitas inesperadas a su familia, en plena madrugada.

-Nos traía ropita de Argentina y comida. ¿Tú sabís qué es comer pan con chancho, pan con mantequilla? ¡Nosotros no conocíamos eso- recuerda Georgina, que tenía 13 años.

Esas añoradas y ocasionales visitas de Octavio tenían como costo la represión de los militares, ya que de alguna forma se enteraron de su presencia.

-Cuando mi mamá decía que no sabía dónde estaba nos rompían las camas, los colchones. A los niños nos pegaban en las costillas y nos botaban al suelo. Todo eso a una mujer con siete hijos, sola-, cuenta Georgina.

Otro de los problemas que empezaron a sufrir fue la incertidumbre de cómo hacer para alimentar a las familias que crecían, dado que la dictadura rompió con la cadena solidaria que abastecía a buena parte del entonces campamento.

-Muchas fuimos madres jóvenes, vivíamos en comedores solidarios, pedíamos y buscábamos que familias extranjeras apadrinaran a nuestros niños para que nos dieran comida. Si en el gobierno de Allende sufrimos por la escasez, con la dictadura el hambre fue espantosa-, dice Georgina.

Georgina fue madre a los 17 años. Cuenta que el fin de la dictadura encontró empleo. “Significó que ya no nos iban a golpear más”, dice.

Hoy trabaja como asesora del hogar y su esposo, al igual que ella, gana el sueldo mínimo.

-Ahora estoy preocupada. Estamos mal, vivimos endeudados, vivimos de las tarjetas para comer. Lo que ganamos no nos alcanza. Siempre está el miedo de volver al hambre de la dictadura. Las tarjetas que ocupo son para comer, me endeudo con las tiendas para comprar comida, por eso queremos un cambio, queremos luchar, somos chilenos y merecemos vivir mejor-, confiesa.

*Para esta crónica fueron facilitados dos documentos: Una entrevista entre militantes históricos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria realizada por Guillermo Correa Camiroaga a Octavio Peña, quien vivió y participó activamente campamento Salvador Allende. Durante la dictadura, Peña dirigente de la Organización de Defensa de los Derechos Poblacionales ODEPO.  El otro documento, brindado por Simón Marín, es un trabajo de investigación de estudiantes de la escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, entre cuyos autores está su hermano David. Durante dictadura este último informe fue guardado eliminando sus nombres, con el fin de resguardar la seguridad de los estudiantes.

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