La oligarquía contra las cuerdas y el proyecto de la izquierda en el proceso constituyente

Foto: Agencia Uno

La inclusión del pueblo a la política implica la articulación de los proyectos de la izquierda con el proyecto político popular que ha emergido de las calles, movilizaciones y movimientos sociales: el desmonte del neoliberalismo y la radicalización democrática. En ese sentido, el arrinconamiento de la oligarquía y sus representantes constituye sin duda una oportunidad.


Un fantasma recorre el proceso constituyente, pero a diferencia de otros fantasmas que recorrían vastos territorios entregando una buena nueva, se trata de un fantasma mucho más escuálido y de pobre augurio: el fantasma de la transición. Luego de la aplastante victoria del Apruebo y la Convención Constitucional, rápidamente ha circulado en voz de distintos dirigentes políticos del arco “opositor”, la posibilidad de transformar ese 80% de aprobación en un pacto electoral unitario, rebinominalizando la política en el gran coro noventero del “todos contra la derecha”.

Los resultados del plebiscito fueron inéditos en muchos niveles, pero quizás uno de los más importantes, tiene que ver con lo que estos pusieron en evidencia. Lo que el plebiscito nos mostró fue la conexión concreta entre la Constitución y la realidad material de los grupos sociales en Chile: la Constitución del 80, no solo era la Constitución que daba forma a la sociedad neoliberal, sino que era ante todo la Constitución de los ricos.

Contra toda la campaña orquestada desde la derecha, lo que se demostró es que la ciudadanía tenía absolutamente claro que la Constitución sí se relaciona de manera directa con su vida cotidiana y sus intereses más inmediatos. Para la ciudadanía en general, la constitución ha sido un muro infranqueable a la hora de demandar una preocupación mayor por parte del Estado en la provisión de derechos. En la práctica, ha constituido el pilar de la irresponsabilidad estatal con la sociedad. El Estado no participa de manera relevante en la provisión de servicios públicos porque ese texto y el modo como fue hegemónicamente interpretado, dejaba claro que no era su responsabilidad hacerlo. La Constitución era el acta de abandono de los sectores populares a su suerte, que es lo mismo que a la suerte del mercado.

Por el lado de los ricos, de la oligarquía, la Constitución vigente era vista como el instrumento de resguardo de la posición elitaria, un dique capaz de contener los diversos caudales de demandas que eventualmente alterarían el régimen de mercado y el régimen de acumulación de riqueza, o sea, su posición de privilegio (y la reproducción de esa posición).

Desde esa mirada, hoy, tras el plebiscito, la oligarquía se encuentra políticamente arrinconada. Ante la impotencia del poder del dinero para imponer posiciones en una elección en la que no se disputaban cargos-personas, sino que nociones de sociedad (hay que consignar que el Rechazo concentró casi el 90% del gasto electoral), por primera vez en la historia del país, estamos frente a la posibilidad de que el proyecto constitucional de la oligarquía sea derrotado.

Lo que se juega en el proceso constituyente abierto es la forma que vamos a darle a la sociedad chilena y lo que dejó en claro el plebiscito, con su contundente rechazo a la constitución actual, es que la mayoría del pueblo no quiere el tipo de sociedad que la constitución del 80 genera. Es decir, no quiere más neoliberalismo. Sí quiere más democracia, más derechos sociales, más igualdad, todo lo que ha sido el contenido sustantivo de las distintas movilizaciones que, desde hace al menos una década, fueron sentando las condiciones para la revuelta que se inicia el 18 de octubre del año pasado. Estamos frente a la posibilidad real de cambiar las bases estructurales de la sociedad actual.

A partir de esta posición “contra las cuerdas” en la que el plebiscito dejó a la oligarquía y sus representantes políticos, diversos líderes de la “oposición” han planteado la necesidad de articular la unidad opositora de cara al proceso constituyente y las elecciones de convencionales.

Sin embargo, la así llamada oposición en realidad no es tal cosa. Respecto de la cuestión central que mencionaba anteriormente (la defensa del proyecto político neoliberal y el régimen constitucional oligárquico que genera), las diferencias en su interior son sustantivas. Como sabemos por la historia y también por la experiencia política, el arco político neoliberal no se acaba donde se acaba ChileVamos, sino que, absorbiendo prácticamente a todo el centro, alcanza a parte importante del progresismo concertacionista.

La unidad de la oposición, entonces, sólo puede sostenerse en base a la reducción del debate únicamente a lo que se está de acuerdo, para dejar fuera aquello en lo que se discrepa. Esa es precisamente la lógica de los consensos, o, dicho de otra forma, la lógica de la transición.

Hay que entender que esta última no es solo un período histórico, sino que principalmente una lógica política. El disenso en esta lógica es mal visto y por tanto solo se conversa en los márgenes de un consenso a priori en torno al proyecto político. Y en la práctica, este a priori, no es otra cosa que los intereses de los que poseen los poderes fácticos; en este caso, la oligarquía neoliberal.

Para quienes defendemos la posibilidad de construir una alternativa antineoliberal, construir allí una unidad de proyecto es equivalente a llevar de las riendas a un elefante para dejarlo en medio de la cristalería e intentar que nada se rompa: la lógica de la transición, es la lógica del statu quo. La unidad de toda la oposición lleva inevitablemente a esto. En la práctica, se trata de levantar la alfombra, poner bajo ella los disensos fundamentales y avanzar como si no existieran.

Pero la descripción anterior es propia del Chile Oligárquico, del Chile que se empezó a terminar el 18 de octubre del año pasado. En el contexto actual, y con mayor razón tras el plebiscito, no hay espacio para la rebinominalización de la política y la subordinación del disenso a los consensos elitarios y neoliberales. Bien puede hacerse, incluso puede beneficiar electoralmente a quienes levanten esta estrategia y pretendan sacar a la década de los 90 de los libros de historia para traerla a nuestros días, pero no es más que una bomba de tiempo social.

La inclusión del pueblo a la política implica la articulación de los proyectos de la izquierda con el proyecto político popular que ha emergido de las calles, movilizaciones y movimientos sociales: el desmonte del neoliberalismo y la radicalización democrática. En ese sentido, el arrinconamiento de la oligarquía y sus representantes constituye sin duda una oportunidad.

Los tiempos que corren exigen enfrentar la coyuntura constituyente con un polo político que articule una propuesta anti oligárquica y posneoliberal que empalme con el sentido profundo de la revuelta y recoja, además, el carácter popular de este proceso. Forzar hoy una unidad de la oposición, negociar con los representantes del proyecto neoliberal, en la derecha o en el progresismo, es, no solo un sinsentido estratégico, sino que el desaprovechamiento de una oportunidad histórica inédita.

Esta alianza debe articular a los partidos políticos que han enfrentado sistemáticamente al neoliberalismo y han abogado por abrir la democracia (al menos FA y UPC), dejando la puerta abierta a quienes habiendo sido parte del período transicional sean capaces de quebrar sus vínculos con esa lógica política y sumarse al proceso de cambio.

Una alianza así no solo tiene potencial electoral y capacidad de gobierno, sino que además, en la medida que se articule adecuadamente con el mundo social organizado, es capaz de recoger y de expresar el proyecto político que emergió tras las movilizaciones, y que dejó claro en las últimas elecciones la necesidad de una Constitución que deje de ser una condena a la vida precaria, para ser un texto abierto a la posibilidad de vivir una vida digna. Hacer de este proceso una nueva transición, es hacernos protagonistas de la repetición de la historia, y ya sabemos que la segunda vez no ocurre más que como comedia o como farsa.

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