La muerte invisible

La muerte invisible

Que un familiar nos dijo por WhatsApp o por mail que la madre o el padre de tal persona falleció de coronavirus, que un amigo o amiga supo por ahí que había fallecido tal o cual persona. Los rumores cercan los cuerpos. Aterrorizan porque carecen de funerales. Como si se hubieran visto un día y otro día jamás hubieran vuelto al mundo. ¿Hubo funeral, hubo cuerpo, hubo discursos, habrá forma de rememorarles? Una muerte sin archivo y un mundo sin muertos es precisamente el momento en que la desaparición –esa vieja práctica de los mismos que gobernaron durante la dictadura- se actualiza en la nueva forma del régimen neoliberal prevalente.                        

                                                  

1.- La tendencia general en la arquitectura de los nuevos cementerios se inscribe al interior de una lógica que niega la existencia de la muerte. Desde las investigaciones de Phillipe Airès sabemos que la experiencia de la muerte tiene historicidad en la medida que se vive de maneras muy diferentes en cada época histórica.

En Chile, la diferencia arquitectónica entre cementerios resulta absolutamente reveladora: el Cementerio General fue sobre todo un monumento a la naciente República que hacía de la muerte un acontecimiento público. No solo los familiares, sino el pueblo despedía a quien fallecía en medio de las caravanas. Los políticos, artistas, ciudadanos en general iban a morir ahí. Tras el cerro, es cierto, pero en un régimen de visibilidad en que los monumentos marcaban el ritmo de la memoria. Su carácter público implicaba que cada familia erigía su mausoleo de manera singular, como la eternidad se cristalizara en los nombres de quienes descansan para siempre. El Cementerio General se articula en un campo de archivos donde cada monumento expresa el lugar que el fallecido ocupaba en el imaginario familiar y  ciudadano.

Pero los nuevos cementerios –cuya arquitectura Airès identifica con el momento posterior a los totalitarismos del siglo XX– devienen empresas privadas que acotan el sentido de la muerte y de su memoria a una tumba homogénea y reducida, exenta del monumentalismo con el que los cementerios públicos singularizaban a quien moría. Incluso, no llevan el nombre “cementerio” sino “parques” (como un parque para pasear o divertirse), inscribiendo así un primer viso de la nueva racionalidad que se impone: aquella orientada a negar la muerte, extirparla de cualquier régimen de visibilidad. Un “parque” (no un cementerio) privado que homogeniza las tumbas, reduce su tamaño expresa justamente el devenir de la racionalidad negadora, en la que, de manera silenciosa, pero no menos ominosa, la muerte comienza progresivamente a indiferenciarse de la desaparición. No se trata más de un “pueblo” (sujeto colectivo) que llora la muerte, sino de una “familia” (una institución privada), no es la sombra de una memoria común la que se inscribe en dicha despedida, sino la de una memoria acotada al restringido espacio de la individualidad personal.

Morir no será lo mismo que desaparecer: en el primer caso, el fallecimiento implica la presencia de un cuerpo al que se entierra y se recuerda en un ritual que marca la temporalidad histórica (en ese sentido, el morir deviene acontecimiento); en el segundo (el desaparecer), el fallecimiento implica un borramiento de sus huellas, en particular, de su cuerpo.

La lógica de la desaparición consiste en hacer que quien desaparece no muere, precisamente porque dicha lógica pone en acto el que aquél a quien hay que matar jamás debería haber existido y toda la estela de vida que aún permanezca (sus memorias, registros, familiares, amigos, militantes, etc.) deberá desaparecer completamente. La experiencia totalitaria durante el siglo XX ejerció la desaparición como tecnología de poder predilecta: en la historia reciente de Chile, fue la dictadura de Pinochet la que aplicó su lógica.

2.- Fue Michel Foucault quien identificó la fórmula con la que funciona la nueva racionalidad política emergida en la modernidad: “hacer vivir, dejar morir o negar la muerte”. La obsesión por la vida, por desarrollarla, promoverla, hacerla crecer funciona como el reverso catastrófico de un desmedro radical por la muerte a la que se le niega el derecho de visibilidad. Salvo por los genocidios que serán cada vez más frecuentes y donde la muerte se presentará siempre no solo de manera “justificada”, sino a partir de las lógicas de la “desaparición”, la muerte en el sentido de un acontecimiento que define la memoria de una colectividad o incluso de un pueblo será cada vez más escasa. La transfiguración del “cementerio” en “parque” marca la emergencia de la racionalidad biopolítica que “niega la muerte” y que, al reducir el campo de visibilidad de la muerte, la acercará cada vez más a la lógica de la desaparición.

Cuando en Chile, el gobierno de Piñera decidió inscribirse geopolíticamente en la estrategia de las instituciones supranacionales, Trump y Bolsonaro (aquí no hay “errores” sino “horrores”) para enfrentar la pandemia del coronavirus, inmediatamente se posicionó en dirección de resguardar la fuerza del capital global antes que la vida de su pueblo. Varias veces intentó movilizar a la población para volver a “la normalidad” pero el excedente virológico le jugó una y otra vez en contra. Desde el principio sacrificó a los trabajadores y decidió salvar los bancos y a LATAM antes que a reforzar al sistema público de salud o las estrategias generales que habría que seguir para contrarrestar el contagio del virus (Nueva Zelanda y otros países han logrado hacerlo). Hoy, en Chile la pandemia está completamente desatada, pero no sabemos cuántos muertos por COVID19 existen: no solo porque los datos han sido modificados, sino porque ha comenzado a operar una racionalidad orientada a “negar la muerte” que, mientras el 1% de la población acumula capital, el resto del mundo ha comenzado a acumular muertos.

Pero se trata de muertos invisibles. Que un familiar nos dijo por WhatsApp o por mail que la madre o el padre de tal persona falleció de coronavirus, que un amigo o amiga supo por ahí que había fallecido tal o cual persona. Los rumores cercan los cuerpos. Aterrorizan porque carecen de funerales. Como si se hubieran visto un día y otro día jamás hubieran vuelto al mundo. ¿Hubo funeral, hubo cuerpo, hubo discursos, habrá forma de rememorarles? Una muerte sin archivo y un mundo sin muertos es precisamente el momento en que la desaparición –esa vieja práctica de los mismos que gobernaron durante la dictadura- se actualiza en la nueva forma del régimen neoliberal prevalente. No necesitamos de servicios secretos que hagan desaparecer a la gente que queremos, basta con que lo haga el mismo sistema de salud diseñado para los que no merecen seguir viviendo, un sistema general que hace demasiado tiempo ha revelado ser “necroliberal” –para decirlo en palabras de Mbembe.

Que el gobierno no ha sido negligente, sino que tomó una decisión política desde el día 1 queda claro en que desde que el primer caso de coronavirus se conoció en Chile el ministro de salud se transformó en el profeta de la muerte, anunciando que serían tiempos “duros” y que “habrían muertos”. ¿Por qué se preparó el terreno? ¿Por qué se instaló un escenario mítico en el que parecíamos ser conducidos por un “destino” que nos conducía hacia el sacrificio generalizado y que ninguna fuerza humana podría gobernar? Precisamente porque desde el principio, la decisión fue defender al capital, tal como las instituciones financieras supranacionales y las potencias regionales más importantes para la oligarquía local (EEUU y Brasil), lo recomendaron. La defensa del capital tendrá miles de muertos invisibles. Pasarán como abstractas cifras y sus tumbas se ocultarán con la vana ilusión –la misma que funcionó en los militares durante la dictadura- de que la memoria no vendrá jamás a ajusticiar a los asesinos.

Sobre el Autor

Rodrigo Karmy Bolton

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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