La moda intelectual masculina de escribir sobre Izkia

A algunas mujeres no nos extraña el liderazgo de Izkia, porque no nos basamos en su género para relevar sus acciones, ni aludimos a sus orígenes de clase para destacar sus logros, ni mucho menos cuestionamos sus características físicas con relación a su puesto laboral. Del mismo modo, tampoco nos llama la atención la mirada que un grupo de intelectuales hombres ha puesto sobre ella, con el objetivo de descifrar la incógnita que les provoca la presencia de una mujer ejerciendo una posición de poder.


Desde el inicio de la pandemia, el Colegio Médico (Colmed) en conjunto con su presidenta Izkia Siches han cobrado un rol protagónico en el esfuerzo por estandarizar las medidas contra el covid-19. De hecho, en las últimas décadas, nunca el Colegio Médico había tenido una función tan preponderante en la defensa de una lógica sanitaria que permita minimizar contagios y decesos.

Esto se debe en gran parte a un gobierno que no ha sido capaz de incorporar las recomendaciones de los/as expertos/as en salud pública para el manejo de esta pandemia, respondiendo más a una lógica de capital que privilegia el funcionamiento de la economía, que a la protección social de las personas.

En este contexto, Izkia Siches ha sido una de las voces relevantes en la visibilización de las contradicciones del gobierno de Sebastián Piñera, en términos de la mezquindad de recursos puestos al servicio de las personas para afrontar las cuarentenas, sobre la falta de coherencia en las restricciones a la movilidad y de los intereses que se cruzan cuando se deben tomar decisiones que afectan a la población.

Frente a este escenario a muchos les ha llamado la atención cómo Izkia Siches ha logrado articular un discurso que incomoda a la élite política y económica. Algunas de las columnas publicadas durante la semana, incluso hacen referencia a nociones de raza y clase para configurar a una sujeta que les resulta excepcional a la norma, aludiendo a ciertas características físicas y étnicas que a todas luces dan cuenta de la reproducción de categorías de racialización.

Digo esto, porque la gran mayoría sabemos y experimentamos las asimetrías de poder que nos atraviesan y discriminan en los diversos ámbitos de la vida, ya sea por ser mujeres, por ser pobres, indígenas, lesbianas, o lo que sea que no se apegue al canon de hombre, heterosexual, de clase alta, occidental u occidentalizado (Walsh, 2010). No obstante, distinto es aceptar dicha normalización y convertirla en una exotización para todas quienes superen estos márgenes impuestos.

Por lo anterior es que a algunas mujeres no nos extraña el liderazgo de Izkia, porque no nos basamos en su género para relevar sus acciones, ni aludimos a sus orígenes de clase para destacar sus logros, ni mucho menos cuestionamos sus características físicas con relación a su puesto laboral. Del mismo modo, tampoco nos llama la atención la mirada que un grupo de intelectuales hombres ha puesto sobre ella, con el objetivo de descifrar la incógnita que les provoca la presencia de una mujer ejerciendo una posición de poder.

Un ejemplo de esta expresión del androcentrismo académico es que durante toda la semana se han escrito opiniones en torno a la figura de la presidenta del Colmed. Carlos Peña tratándola de infantil, Rodrigo Karmy defendiéndola de Carlos Peña, Daniel Matamala destacando su rol y explicándonos sobre la discriminación de género que sufren las mujeres.

Es en este punto cuando se vislumbra una racionalidad masculina que cree estar siendo progresivo y respetuoso de la diversidad, sin embargo, lo que se reproduce es otra forma de hegemonía patriarcal que pretende relevar al otra/o traduciendo sus discriminaciones, sin preguntar ni considerar la experiencia de las sujetas que las sufren. Tal cual lo ha venido haciendo la academia tradicional con todos los grupos considerados como subalternos (Tuhiwai, 1999).

En principio uno de los desafíos en esta materia sería dejar de establecer parámetros de excepcionalidad en los roles que cumplen las mujeres. Asimismo, sería conveniente que dejen de escandalizarse o de representar como exótico cada vez que una mujer habla con propiedad sobre lo que sabe y experimenta.

Esto, pues es altamente cuestionable que la élite intelectual de este país siga profundizando las diferencias y la discriminación, por medio de análisis que denotan un total desconocimiento de qué significa aplicar perspectiva de género en sus interpretaciones, entendiendo además que no son ellos los llamados a explicarnos ni a traducirnos los liderazgos llevados a cabo por distintas mujeres.

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2 comentarios
  1. Extraordinaria Sandra. Nos tenemos que acostumbrar, al liderazgo de las mujeres.
    Esta claro donde nos a llevado el liderazgo, de nosotros los hombres. Por los resultados estamos muy cerca de que Dios se vuelva ateo.
    También hai que desentenderse del paternalismo de sesudos intelectuales. Que se equivocan igual que cualquier mortal y no se hacen cargo, de sus análisis herroneos.

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