La llaga Concertacionista: “Chicagos boys” de la oligarquía tecnocrática

Nuestro neoliberalismo avanzado -de inéditos alcances regionales- no solo fue posible por unos albañiles o capataces seducidos por la mera metáfora del emprendimiento o las “identidades selfy”, sino a nombre de un elenco elitario que amparo técnicamente los pecados de 1981 y asumió racionalmente -más allá de una sumatoria de factores endógenos y exógenos- la imposibilidad de domesticar al mercado por la vía de las coberturas público/estatales, abrazando un ethos que impulsó la fuerza expansiva de los mercados millenniales. Y así, haciendo un salto cronológico, pero siempre bajo la misma temporalidad, la actual oposición ha mostrado su envilecida conexión hipnótica (cosas del poder) en los días de la “coronavida” blindando al 1% de la población.

Si algo ha terminado de dejar en evidencia el 18 de octubre, es que la trama transicional fue un ciclo “intensamente refundacional” que se sirvió de los desvaríos ludópatas del universo concertacionista (halcones de la desregulación y administradores cognitivos) para edificar un “presente gaseoso” centrado en un nuevo orden visual, que se ha consumado en el actual proceso derogante (18/0). Y a no olvidar: a poco andar, nuestra alicaída social democracia, lejos de cualquier horizonte rebelde, apeló a un “expediente de acuerdos” que buscaba opacar la irrupción de “discursos napoleónicos”, cuyos desbandes podían desestabilizar la arquitectura institucional heredada de la maquinaria guzmaniana. Esa fue la epopeya de una gobernabilidad normalizadora. 

Como bien sabemos en los años 90′ un sector hegemónico de la coalición del arco-iris, asumió un programa institucionalista para acelerar un conjunto de penetrantes des-regulaciones propias de una “refundación neoliberal” (¡Big bang¡) que fue consumada en plena democracia semi-representativa y que no guarda precedentes de acumulación tecno-financiera, respecto a las transformaciones socio-productivas implementadas bajo la modernización pinochetista.

Si bien las “condiciones de posibilidad” del  “Chile Millennial” se ubican en el “schok anti-fiscal”, no existe una estricta continuidad entre la des-regulación del aparato productivo, la tercerización de la economía -en tiempos de autoritarismo- y los procesos de “ruptura y re-estructuración” inaugurados bajo un “progresismo ludópata” -no menos viscoso- que fundó una nueva “vanguardia productiva” de insospechada acumulación rentista. Hoy en pleno momento destituyente las tesis del “continuismo gatopardista” (Móulian, 1997) o la “administración de un modelo” (Fazio, 1996) resultan analíticas necesarias, pero insuficientes para analizar una “dinámica explosiva” -recursiva y sobre/determinada- que debe ser interrogada en todas sus definiciones rítmicas. No se trata de un problema de magnitudes que sólo agote el problema en la expansiva privatización, sino en una inédita reconfiguración cultural, semiótica, estética y cognitiva que instauró el “régimen de veridicción” que la desregulación demandaba. Esto comprende continuidad y fractura en el orden de la liberalización.

En suma, el texto concertacionista se organizó bajo un juego de concavidades, inflexiones y apremios exacerbando un “principio prudencial” administrado por una clase de capataces simbólicos. Amén de la casuística, fue un buen recurso abrazar una gobernabilidad centrada en subjetividades dóciles, más aún cuando se trataba de templar las cogniciones indóciles y acotar las “voces litigantes”, obstinadas por nuevos espacios de democratización. Y es que en un lapso fugaz los actores incidentales del progresismo interpretaron las “tendencias de cambio” y se abrieron al vértigo de la “liberalización”, intensificando por omisión o adscripción, el quiebre entre política y vida cotidiana, erosionando las tradiciones cognitivas de la esfera pública, y consolidando una “épica del realismo”, cuestiones indispensable para sustentar un aluvión de ribetes fundacionales. De allí deriva un lugar común donde se suele afirmar eufemísticamente, y con entera ligereza, que la Concertación sólo administró pasiva o activamente -pero heredó sin más- el modelo económico-social legado por las reformas implementadas por los “Chicagos boys”. A estas alturas el uso del término “administración” resulta ocioso, vulgar y conceptualmente huero para entender el proceso de “desactivación refundante” (“Big ban”) que los agentes elitarios de la Concertación implementaron dando lugar a un “neo-liberalismo” que responde a otra geopolítica del capital.

Contra todo el sociologicismo dominante, la Coalición del arco iris hizo de la “liberalización” una “racionalidad política” cuando se propuso impulsar -por los hechos y las motivaciones- un “movimiento refundacional” para instaurar, cuál más, cuál menos, los axiomas de un pragmatismo no muy distante de algunas premisas hayekianas. Tal proceso se asemeja más a una verdadera fase de “fractura fundacional” que empíricamente abarca desde un inusitado parque automotriz, prioritario respecto al “sueño de la casa propia”, la privatización de la minería, hasta la producción de una insospechada masificación del capitalismo académico, desde los formatos televisivos y el orden de Matinales, hasta el campo de las inmobiliarias, sin desconocer un nuevo diseño de vialidad consumando una extensa cadena de bienes y servicios. Tal sucesión de enjambres dista de la parroquial tesis referida a la administración-agudización de un “modelo heredado”.

En la raíz de los cambios es necesario consignar una discreta sinopsis. Con ocasión de la crisis energética, Eduardo Frei privatizó Colbún, Edelnor, Edelaysen, que en su conjunto representaban a la fecha cerca del 40% de la generación eléctrica del país a la fecha y que aún estaba en manos del Estado. Por su parte la Empresa de Obras Sanitarias (EMOS) era una industria del Estado que cubría el área de la capital y alrededores. Sin embargo, EMOS fue privatizada en un acción que inició Frei y culminó Ricardo Lagos. Y dicho sea de paso, la empresa ESSAL que ha dado lugar a un doloroso problema de abastecimiento por estos años, forma parte del mismo proceso de desregulaciones que comenzó en 1999 cuando fue absorbida por Iberdrola. En suma, una verdadera “acumulación originaria” (metodología de la privatización) se desplegó a fines del Gobierno de Frei Ruiz-Tagle y, tal empresa, quedó sancionada bajo la gestión de Lagos Escobar (nuestro Menem) instaurando el diseño institucional, las prácticas políticas, el marco judicativo y las hiper industria cultural que tamaña refundación requería. No cabe duda de que bajo ambos gobiernos se edificó la nueva “hacienda neoliberal”. En un certero análisis Ricardo French-Davis (2002) ha sostenido que “Durante los años 90′ los gobiernos de la Concertación impulsaron reformas a la reformas, con el objetivo de introducirles pragmatismo”.

Todo el proceso de “liberalización” transcurría sin sobresaltos hasta que llegó el edípico 2011 y una generación de jóvenes inmunizados contra las “tecnologías del miedo” -epocalmente desfasados y dados a los pactos elitarios- que no padecieron ni habitaron los traumas de un tiempo aciago y que vinieron a interpelar sarcásticamente el legado modernizador de 1981 y sus “pecados capitales”, obviando -al menos por momentos- que el “Big Bang neoliberal” del mundo concertacionista (CAE, CNA, CNED) era la génesis de las demandas en cuestión. A diferencia de la revuelta plebeya del año 2006, el movimiento no venía a derogar la cognición del orden. Tal miopía explica -globalmente- la facilidad con que esa bancada estudiantil sentenció velozmente la caída del modelo, al menos por la vía de algún bett sellers, y luego aceptó ser parte de la Nueva Mayoría, a saber, imposibilitados de leer la institucionalidad liberalizante que cinceló la escena (post)transicional, y no necesariamente los álgidos años 70′, se sumaron a la causa del año 2014 bajo el sarcasmo del “colaboracionismo crítico”.

En efecto, nuestro neoliberalismo avanzado -de inéditos alcances regionales- no solo fue posible por unos albañiles o capataces seducidos por la mera metáfora del emprendimiento o las “identidades selfy”, sino a nombre de un elenco elitario que amparo técnicamente los pecados de 1981 y asumió racionalmente -más allá de una sumatoria de factores endógenos y exógenos- la imposibilidad de domesticar al mercado por la vía de las coberturas público/estatales, abrazando un ethos que impulsó la fuerza expansiva de los mercados millenniales. Y así, haciendo un salto cronológico, pero siempre bajo la misma temporalidad, la actual oposición ha mostrado su envilecida conexión hipnótica (cosas del poder) en los días de la “coronavida” blindando al 1% de la población.

Frente a la ausencia de cadáveres éticos, palabras morales o muertos inmaculados, solo resta un pasaje para nuestro progresismo travieso: 

“….es que yo maté a la vieja? Yo me maté a mí mismo y a la vieja la mató el diablo”.

Fiódor Dovstoiesky. 

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