La lección moral: La izquierda y el espectral legado de Salvador Allende

Porque el partido octubrista es, en realidad, el espectro de Allende que nos marca con su intempestividad: aquella que desafía al presente para promover transformaciones y que, sobre todo, no se reduce ni a partidos ni a coaliciones, no obstante, éstas puedan acompañar al proceso (como lo ha pretendido Apruebo-Dignidad). La “lección moral” del partido octubrista trata de la intensidad de una revuelta popular que realizó el verdadero legado de Allende: abrir las grandes alamedas.


La mañana del 11 de septiembre de 1973 tendrá al presidente Allende en La Moneda. El ataque a la casa de gobierno se está consumando. Los Hawker Hunters bombardean el recinto y el presidente, gracias a Radio Magallanes, lanza un discurso, cuyas últimas palabras calarán hondo al futuro: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.” Allende resiste la traición inmolándose, abraza la potencia martiriológica sin quererla, abriendo un porvenir ahí mismo donde caen las bombas y el fascismo parece arrasarlo todo.

Pero el peso del momento nos impregna con la cuestión de la “lección moral”: es posible que seamos avasallados, que la República termine de perecer justo cuando pretendía despuntar, que el porvenir nos reclame en el mismo instante en que es aplastado. Pero es ahí cuando algo no puede ser derrotado: la “lección moral”. No habrá socialismo, no habrá reformas, ni gobierno popular en 1973, pero sí una “lección moral” que Allende lega al porvenir. Se trata de una potencia que reclama su redención, una intensidad que se estrella sobre el presente, asediándole como un verdadero espectro. La dictadura y la consecuente transición fueron tomadas por dicho espectro y todo su reinado podría leerse bajo la premura de conjurarlo.

Pero si la dictadura lo hizo instalando el terror militar y policial en conjunto con la episteme de Chicago, la transición articuló una verdadera “fábula” que decía así: “fuimos jóvenes e irresponsables pues debíamos cambiar el mundo y entonces los militares trajeron el golpe de Estado y todo pereció”. Conclusión: no pretendamos cambiar el mundo y actuemos en “la medida de lo posible”. Esta sería la “lección moral” concluida del sangriento silogismo. La “fábula” articuló discursivamente la transición articulando en ella el dispositivo de la “culpa” sobre cualquier posible transgresión a los marcos negociados. La “fábula” no es cualquier género literario, sino aquél que funciona como un dispositivo de “moralización” cuyo relato se inicia siempre con un conflicto entre animales para, en un momento conclusivo, dejar caer una lección propiamente moral. No es casualidad lo de los animales: la fábula cuenta el momento pre-político por el que los seres humanos aún no devienen como tal y solo lo harán a través de la culpa con el que concluye el conflicto.

La transición puede entenderse, por tanto, como un segundo momento de la conjura del espectro de la Unidad Popular cuya contención se realiza vía una “fábula”: la “lección moral” que Allende había legado al porvenir como un verdadero espectro que asediaba al presente (puesto que exhibía las posibilidades de un mundo que podía no regirse por el “fin de la historia” neoliberal) fue desviada hacia el propio Allende para culpar al gobierno popular de su falta de “gobernabilidad”: la “lección moral” legada por Allende, paradójicamente, habría sido no repetir a Allende. Y la historia transicional del Partido Socialista y los partidos de izquierda se juega en un intento por reparar la supuesta “culpa”. 

Así, la “lección moral” se invierte: de ser un espectro que podía abrir un porvenir, deviene un dispositivo de culpabilización que nos aferra al trauma del pasado y se orienta a docilizar a los cuerpos en la maquinaria de los vencedores que repetían una  y otra vez que la única fórmula de gobernabilidad era “en la medida de lo posible”. Y entonces, los partidos políticos que articularon la transición política que, en su momento habían sido parte del gobierno popular, operaron con mayor rudeza sobre dicho espectro generando la capacidad de hablar en nombre de Allende como una forma de conjurarlo o, si se quiere, articular el simulacro del cambio para que nada cambiara. Con ello, el Partido Socialista pudo privatizar los recursos naturales, ser parte de las negociaciones cupulares con la derecha, traer de regreso al reo Pinochet cuando éste se hallaba prisionero en Londres (Lagos-Insulza), y profundizar el régimen de verdad neoliberal impuesto por la Constitución de 1980. Gobernar “en la medida de lo posible”, hacer política “en la medida de lo posible”: porque ¿qué habría más allá de lo posible? El espectro de la Unidad Popular que el partido neoliberal debía conjurar.

Cuando hoy día el PS reivindica el nombre de Allende contra la alianza del Partido Comunista y el Frente Amplio (Apruebo-Dignidad), se juega el golpe de timón destinado a asegurar que ese espectro no termine de irrigar a su tienda, a pesar que ya la ha irrigado en gran parte. Un espectro que hoy se ha actualizado y ha irrumpido intempestivo en el instante en que el partido octubrista destituyó la transición disolviendo sus conjuros. Apruebo-Dignidad aparece frente a Unidad Constituyente –y en especial frente al PS- como la actualización del espectro de la Unidad Popular (lo cual no quiere decir que lo sean) y entonces, frente a tal amenaza, la cúpula neoliberal del Partido Socialista se ha apresurado a ejercer nuevas operaciones de conjuro vía los grandes medios de comunicación intentando restituir el dispositivo culpabilizante de la “lección moral”: “contra el “veto”, optamos por la democracia”, “contra el autoritarismo, optamos por Allende”.

Pero el 18 de Octubre de 2019 irrumpió otra lectura de la “lección moral”: lejos de la lectura culpabilizante de los 30 años de transición, se abre una lectura redentora de la imaginación popular. Una “lección moral” por la que el partido octubrista abre las “grandes alamedas” deja a todos los partidos oligárquicos paralizados, aferrándose desesperados a una fábula ya destituida. Porque el partido octubrista es, en realidad, el espectro de Allende que nos marca con su intempestividad: aquella que desafía al presente para promover transformaciones y que, sobre todo, no se reduce ni a partidos ni a coaliciones, no obstante, éstas puedan acompañar al proceso (como lo ha pretendido Apruebo-Dignidad). La “lección moral” del partido octubrista trata de la intensidad de una revuelta popular que realizó el verdadero legado de Allende: abrir las grandes alamedas.

Precisamente porque el partido octubrista devino una intensidad común (de todos y nadie a la vez) es, fundamentalmente, porque Allende no puede ser confiscado en la “propiedad” de alguien o algo en particular, sino que despunta radicalmente cosmopolita, más allá de toda frontera o mezquindad. Habrá sido en Santiago de Chile cuando, una vez, un joven cineasta egipcio exiliado en España me escribió un poema en árabe que le había regalado un poeta que habitaba en las calles de El Cairo. No importa cómo se llamaba el poeta –nunca lo supe-, ni el cineasta. Importa qué recitaba el poema: la historia de un presidente en un país muy lejano, que había dado su vida por su pueblo y que se llamaba Salvador Allende.

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