La interpretación oligárquica

Foto: Agencia Uno

Las fuerzas del orden, cuya vanguardia se expresa en el Partido Neoliberal constituido por las dos grandes coaliciones políticas (derecha-concertación), están apresuradas en asaltar el proceso constituyente y mantener la mayordomía –esa administración infinita de las puertas del infierno que, duró 30 años- sin transformar decisivamente la estructura de poder prevalente.


La interpretación oligárquica del 25 de Octubre dice así: el pueblo de Chile optó por la institucionalidad y la democracia y no por la violencia de la revuelta. Con el 25 de Octubre vendríamos a restituir, por fin, la “larga tradición democrática” y, con ello poner fin a este doloroso paréntesis iniciado el 11 de septiembre de 1973. Demás estará decir que el clivaje “democracia-violencia” constituye un dispositivo muy preciso orientado a separar la alianza de clases expresada desde el 18 de Octubre, entre capas medias endeudadas y clases populares abandonadas.

Sin embargo, el derrumbe de monumentos erigidos en honor a los colonos españoles conjuntamente con los de militares chilenos lo dice todo: los militares de la República portan consigo el sino de los colonos españoles. Así como estos últimos masacraron a los pueblos indígenas del otrora Reyno, los primeros lo consumaron, no una, sino mil veces contra los pobres –indios igualmente- de la República. La destitución de monumentos condensa el ritmo de la resistencia, frente a la movilización total propiciada por las fuerzas del orden. Una destitución que no solo derrumba a Pinochet, sino a los Pactos Oligárquicos que se yuxtaponen bajo su nombre.

Las fuerzas del orden, cuya vanguardia se expresa en el Partido Neoliberal constituido por las dos grandes coaliciones políticas (derecha-concertación), están apresuradas en asaltar el proceso constituyente y mantener la mayordomía –esa administración infinita de las puertas del infierno que, duró 30 años- sin transformar decisivamente la estructura de poder prevalente. El Partido Neoliberal ve una nueva oportunidad para recomponer su hegemonía destituida por el “partido octubrista”. Su diseño se orienta a suturar la relación entre democracia y neoliberalismo, tal como sucedió en 1988.

Sin embargo, las condiciones históricas son muy diferentes para restituir tamaño simulacro: a fines de los años 80 se había derrumbado el Muro de Berlín y el socialismo quedaba huérfano gracias a la “renovación” de las izquierdas europeas (y chilenas); EEUU devenía única potencia mundial y el neoliberalismo se erigía triunfante contra el “socialismo totalitario” consumando, por fin, el anhelado “fin de la historia”. Hoy día, no hay socialismo derrumbado, sino una miríada de revueltas populares de carácter anti-capitalista que envuelven a la totalidad del planeta; EEUU experimenta una crisis de hegemonía que se enfrenta a otras potencias que desafían su liderazgo y el neoliberalismo dejó atrás el aura triunfalista para exhibir la crudeza de su ruina[1]: aumento de la pobreza indigente, de las desigualdades, precarización de las capas medias y emergencia de una oligarquía militar-financiera (el 1% o menos de la población mundial) que se apropió de una “cantidad desproporcionada de riqueza financiera y productiva de la economía mundial”[2].

De esta forma, el neoliberalismo ha dejado expuestas dos de sus operaciones más decisivas: en primer lugar, horadación de cualquier forma de “soberanía popular” territorializada en un Estado-nación que se podía cristalizar en la forma de una “democracia” burguesa o moderna (liberal) y desmantelamiento sistemático –vía dictaduras y democracias- de todo el campo de lo “social” sobre la que descansaba la institucionalización del welfare universal[3]. Sin democracia ni Estado social, el mundo a más de 40 años de neoliberalismo resulta enteramente refractario a cualquier imaginario de “progreso”. De hecho, ni siquiera se apela a él, sino al “crecimiento”. Y ¿a quien le importa verdaderamente que haya más o menos “crecimiento” si gran parte de ello va directamente a los bolsillos del capital financiero, si toda dicha trama rearticula, ferozmente, la clásica  expropiación capital-trabajo?

Centrándonos en la situación chilena: 1988 arrastraba consigo todo el “miedo” que se perpetuó durante la transición para mantener los privilegios militares y financieros sin que el pueblo molestara. Hoy día el “miedo” no existe. La asonada popular ha salido a la calle con toda su potencia martiriológica al punto de destituir de facto a la misma institucionalidad que revocó de iuris el 25 de Octubre de 2020. Frente a la fórmula transitológica de “en la medida de lo posible”, la revuelta de octubre urdió el “con too sino paké”. Esta última constituye la revocación de la primera, la frase que pone punto final a   toda transitología.  

No hay miedo a los militares, tampoco a la policía (con quien existen enfrentamientos casi todos los días), tampoco a que los empresarios puedan “huir” con sus capitales a otros lares, ni menos a la denuncia machista ni al cura pedófilo que, al igual que todos los demás miembros de las diferentes instituciones, podía gozar de un silencio alojado en impunidad.  No hay miedo a nadie ni a nada. Porque el gesto destituyente del 18 de Octubre justamente mostró que tras el poder no había nada ni nadie esperando para nuestra salvación. Se hizo el duelo no de un objeto que estaba ahí y fue perdido, sino de uno que jamás estuvo: la promesa de la democracia cayó, junto a los miles de monumentos profanados, calles incendiadas y tiendas saqueadas.

No se trata de miedo al “futuro” como a la desaparición de todo presente. Si no hay “futuro” significa que no habrá más historia ni, por tanto, “modernidad”: habría modernización sin modernidad ¿no es eso lo que indica la quema del Metro de Santiago, justamente? La revuelta no vislumbra “futuro”, no tiene “programa” ni “proyecto” porque no tiene verdaderamente tiempo para tamaña insensatez: ella abraza al presente. Aferrar el presente es su único juego: un presente extático y no cronológico, en el que se condensa todo el pasado que ha permanecido clandestino a las botas de la historia junto a los muertos que fueron olvidados y que vuelven a visitarnos para cantar sus canciones, recitar sus poemas y besar sus luchas bajo el sol de un nuevo tiempo.

En vez de volver a cerrarse, la grieta se abre cada día. El desgarro se profundiza y la imaginación popular atraviesa –trastorna- las mismas instituciones que otrora le negaron el paso. Hoy contemplamos “las ruinas del neoliberalismo” que exponen sus efectos más devastadores porque los largos 30 años devinieron una silenciosa arma de destrucción masiva.

Pero hay una disputa: el 25 de octubre. Esta fecha, operando como la cifra histórica que marca el fin institucional de un régimen, quiere hacer como si fuera parte del denodado esfuerzo de los “demócratas” que habrían unido sus fuerzas para lograr un “acuerdo” por “el bien del país”.

En esa descarada afirmación se juega todo: el derrumbe de los monumentos implica, a su vez, el derrumbe del discurso pastoral como ese gran monumento con el que la oligarquía podía gobernar: los empresarios que “daban trabajo”, los políticos que actuaban por “el bien de Chile”, los militares para “salvar la patria” o la Iglesia para el “reino de Dios”: se trata de toda una matriz pastoral que ha sido radicalmente destituida.

La lógica sacrificial que ésta lleva consigo, en la que los mismos opresores se visten del papel de víctimas oprimidas por el fin superior que debían alcanzar, ha sido impugnada. La potencia martiriológica de los vencidos, de los que han perdido todas las batallas y por eso saben que pueden luchar, ha destituido a la lógica sacrificial de los vencedores que han ganado todo y que hoy quieren mantener y profundizar su posición. El martirio no es el sacrificio, en tanto “testigo” (el término “mártir” en griego designa “testigo”) es aquél capaz de ver lo que el relato dominante jamás pudo ver[4]. “No lo vieron venir” –dijeron al unísono. Y aún no saben de la ráfaga que les agitó.

Pensar que el 25 de octubre es la fecha en que ha triunfado el “pastor” es tan iluso como pensar que es la lo que la destruido para siempre. Un pastorado destituido, pero no muerto; y una potencia destituyente que, a veces, puede no asumir la forma de la revuelta, pero que no deja de volver a ella.

De hecho, la potencia destituyente puede prescindir de la revuelta y tener lugar en espacios muy diversos, pero siempre vuelve inoperante la máquina desde la que irrumpe[5]. Esto significa que habrá expresiones múltiples de la potencia destituyente que no dejará de irrumpir en nuestro presente. Sea en la forma de la revuelta octubrista o de pequeños gestos capaces de hacer que la matriz pastoral prevalente no deje de implosionar.  

Se trata de una guerra total. En todos los espacios en todos los cuerpos. Por eso ha sido el feminismo el ritmo (más que el “movimiento”) que ha profanado el orden de las cosas exponiendo: “el violador eres tú”. Desde el colono español que violaba a las “indias”, el “macho” que abusa sexualmente de niñas o esposas, el cura que abusa de niños, el militar que viola a su pueblo o el empresario que explota a sus trabajadores: “el violador eres tu” es la consigna cuya intempestividad destituye a la “larga violencia” de los más de 500 años de historia que se juegan en este interregno[6].  

El Partido Neoliberal –forma última de la tecnología pastoral chilena- intenta hoy capitalizar el triunfo popular del 25 de Octubre como si fuera su propio triunfo. Pero la revuelta se ha mantenido, ha extendido su intensidad más allá del acuerdo del 15 de Noviembre, de la Pandemia y del Plebiscito del 25 de Octubre. Y, en efecto, La revuelta abogó por una Nueva Constitución no porque viera en ella solo el legado de Pinochet, sino porque ella cristalizaba uno de los nudos constitutivos del capitalismo neoliberal chileno. Y es contra esa forma de capitalismo–no solo en Chile, sino a nivel global- que se dirigen todos los esfuerzos de destitución.

                                                                                                                    


[1] Wendy Brown In the ruins of neoliberalism. The rise of antidemocratic politics in the west.  Ed. Columbia University Press. 2019.

[2] Andrés Solimano. Elites económicas, crisis y el capitalismo del siglo XXI. La alternativa de la democracia económica. Ed. Fondo de Cultura Económica. 2014. p. 54.  

[3] Wendy Brown El pueblo sin atributos Ed. MalPaso, México, 2016.

[4] Rodrigo Karmy Intifada. Una topología de la imaginación popular. Ed. Metales Pesados, Santiago de Chile, 2020.

[5] Giorgio Agamben L ´uso dei corpi Ed. Neri Pozza, Vicenza, 2014.

[6] Guadalupe Santa Cruz Lo que vibra por las superficies. Ed. Sangría, Santiago de Chile, 2014.

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