La historia de la iglesia Asunción y su ayuda a los jóvenes y niños de la Primera Línea

A comienzos de marzo pasado, en las dependencias de la hoy calcinada Iglesia de la Asunción, un grupo de personas coordinó una amplia red de ayuda para la denominada “primera línea”, integrada por muchos jóvenes en situación de calle. El objetivo era sacarlos de la marginalidad a inicios de la pandemia, pero ese plan pudo ejecutarse solo tres días, pues sus organizadores debieron cumplir cuarentena obligatoria tras asistir al funeral del cura Mariano Puga. De esta forma, el recinto religioso ubicado en Vicuña Mackenna – el mismo que en 1977 albergó a la Unidad de Computación de la CNI- se convirtió en la única parroquia que abrió sus puertas a los más afectados por la represión policial a escasos metros de la zona cero.


Es la tarde del domingo 18 de octubre del 2020 y en las inmediaciones del epicentro de la protesta ciudadana, al igual que en gran parte del país, se conmemora un año del estallido social. La música de fondo son los acordes de diversas comparsas, estruendos de fuegos artificiales y cánticos a favor del Apruebo en la voz de más de 60 mil personas de todas las edades que se apostaron en la rebautizada Plaza de la Dignidad.

La manifestaciones comenzaron en forma pacífica, pese a que durante la tarde las barras de la Universidad de Chile y Colo Colo se habían enfrentado con sables y pistolas. Los días anteriores se había anunciado la presencia de más de 40 mil efectivos de Carabineros en todo el territorio nacional, pero la realidad es que en las cercanías de Plaza Italia, la presencia policial era casi nula e inexistente.

Ese espíritu festivo terminó cuando en el cruce de Vicuña Mackenna con Barón Pierre de Coubertin, a 350 metros del monumento al General Baquedano, el campanario de la iglesia de la Asunción comenzó a arder. En menos de dos horas, este hito patrimonial neogótico caía ante la mirada atónita y expectante de los manifestantes. La imagen recorría el mundo y los medios internacionales titulaban de caótica la jornada dominical de protestas. Más de nueve compañías del Cuerpo de Bomberos de Santiago batallaron para evitar la expansión del fuego de la torre religiosa, pero sus esfuerzos fueron en vano. De hecho, hasta la tarde del martes, las llamas en vigas y entretecho del recinto se reactivaron, alertando a los trabajadores de la parroquia que ayudaban en labores de limpieza de escombros.

Tras el incendio, el sacerdote jesuita Pablo Walker publicó en su cuenta de Twitter que “después de ser saqueados la primera vez, abrieron sus puertas para acoger a los jóvenes de la primera línea para que no quedaran atrapados en la calle, secretaría parroquial y párroco atendiendo…valió la pena! Valdrá siempre la pena tratarnos dignamente: algún día la dignidad vencerá”.

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La iglesia de la Asunción es una de las parroquias más antiguas de Santiago, con 144 años de historia, y durante la dictadura cívico militar chilena una de sus dependencias fue ocupada por la CNI como Centro de Computación. Según antecedentes del Arzobispado de Santiago -los que son respaldados por el Informe Valech- el lugar no habría sido utilizado como centro de detención y tortura.

Pese a este oscuro pasado, durante el mes de marzo, el espacio religioso se articuló como un centro de acogida para decenas de personas en situación de calle, transformándose así en la única iglesia que prestó este tipo de ayuda en la zona cero.

Organización Paz Fruto de la Justicia

Este punto de solidaridad fue coordinado por la organización Paz Fruto de la Justicia, grupo católico que se reúne en Plaza Dignidad para celebrar eucaristías y que organiza acciones sociales para los más desamparados. Fue el párroco de la iglesia de la Asunción, Pedro Naborna, quien tras reunirse con el sacerdote jesuita, Pablo Walker, quien prestó el lugar para transformar esta vandalizada parroquia en reparación en un centro de acogida para las personas víctimas de la represión policial.

Este alcanzó a funcionar solo tres días, ya que en medio de su funcionamiento se decretó la cuarentena en la comuna de Santiago y parte del equipo organizador debió aislarse tras haber asistido al funeral de Mariano Puga, donde dos personas resultaron positivas por covid-19.

“Estábamos ayudando pero llegó la cuestión del coronavirus y eso exigió que por prudencia no siguiéramos con eso. Se estaba incorporando vecinos del sector a conversar y escuchar a la gente (…) poníamos mesitas y compartíamos”, explica el padre Pedro Naborna, quien profundamente afectado afirmó que la Municipalidad de Santiago les cursó un parte por no retirar inmediatamente los escombros de la iglesia.

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Los días previos al estallido social, Viviana Alfaro (43) logró anticiparse a los meses de protestas que venían por delante. Su única hija, estudiante del Liceo Nº1 Javiera Carrera, le explicó que junto a sus compañeras y otros miles de adolescentes de toda la capital, saltarían los torniquetes del Metro de Santiago en señal de repudio al alza en el transporte público. Bajo la consigna “Evadir / no pagar / otra forma de luchar”, encararían décadas de injusticias y precariedades; y claro, ella como madre no podía ser menos. Por lo mismo, tras “el despertar de Chile”, desde su balcón observaba la violencia policial en el Parque Bustamante hacia otras liceanas de la misma edad de su niña, bajaba a la calle y exigía a todo pulmón respeto y dignidad por las secundarias.

“Vi cosas bien feas y duras. Una vez logré defender a una niña, la abracé y le dije a Carabineros que era mi sobrina, que la soltaran y lo logré. En ese momento, una parte de mí se sintió superhéroe”, cuenta.

FOTO:MAURICIO MENDEZ/AGENCIAUNO

Esta psicopedagoga nacida en Talcahuano detalla que desde ese momento algo en ella cambió, pues notó y evidenció que cada vez más niños, niñas y adolescentes abandonados y desprotegidos llegaban a la zona cero a conformar la Primera Línea. Sabía que no podía ser indiferente a los horrores que evidenciaban sus ojos, así que día a día después de su jornada laboral, armaba sándwiches y termos con bebidas calientes para repartir entre los niños y adolescentes del lugar. Fue así como conoció a Nicole, una joven de pelo corto que la acompañó a conocer las avenidas aledañas a su hogar en la comuna de Providencia. Junto a ella, Viviana conoció la dureza de vivir en las calles. Se imaginaba lo peor, pero nunca pensó que su dolor sería tan profundo. El dolor de ese Chile desigual.

“Me emociona hablar porque muchos de mis niños desaparecieron (…) murieron por la represión. Entonces yo no pude parar por ellos. Algunos tenían 5 o 7 años, eran guaguas y andaban conmigo, a la colita, porque era la tía del delantal blanco”, relata.

Fue así como se ganó la confianza y el cariño de muchos niños y niñas que la conocen como la “tía Vivi”. Ellos se convirtieron en su gran vía de escape ante las atrocidades que sucedían en el país.

Se emociona  mientras recuerda y entre lágrimas comenta que los más pequeños le decían que junto a ella se sentían seguros. Tan fuerte fue el vínculo que los propios menores de edad la iban a buscar a la salida de su trabajo en una panadería. “Yo perdí mi trabajo de psicopedagoga, ellos me decían ´psicopedaloca´ porque los defendía. Salía a veces a las cinco de la mañana y ellos me acompañaban desde Pedro Valdivia a Parque Bustamante para que no me pasara nada”, dice.

Cada vez quería ayudar más, pero sus manos quedaban cortas entre tanta miseria. Por lo mismo, agradeció al cielo cuando conoció a Ana María de Villa Francia. Ella pertenecía a una coordinadora formada por el cura obrero Mariano Puga. Así fue como se conectó con Pablo Walker, quien las ayudó a vincularse con la iglesia de la Asunción. Desde allí buscarían refugio, tendrían un espacio para comer e incluso se les intentaría conseguir trabajo a los más adultos de la calle. “Más que alimento, acá tendrían apoyo espiritual, un lugar para conversar. Era tratar de darles esperanza de un futuro mejor”, dice.

El último encuentro en marzo convocó a más de 40 personas de cinco a 30 años de edad. Con orgullo confiesa que los niños contaban sus historias de calle y se escuchaban los unos a los otros. La actividad duraba desde las seis de la tarde a las diez de la noche.

La coordinadora Paz Fruto de la Justicia es una organización de laicos, sacerdotes, religiosas y  religiosos de distintas corrientes y movimientos católicos. Muchos de ellos no se sienten representados por la actual jerarquía eclesiástica y son críticos de su actuar ante la  crisis de los abusos. Buscan construir una iglesia comunitaria de base más horizontal inspirada por el rostro de los abusados, marginados y empobrecidos. 

Estos se reúnen afuera del teatro de la Universidad de Chile con el objetivo de  denunciar las injusticias existentes, promover la no violencia activa y hacer acciones sociales.

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Los trabajadores de la iglesia tienen miedo. En las últimas horas han constatado que gran cantidad de patrullas policiales merodea el sector para tratar de amedrentarlos. “Va a pasar algo, va a pasar algo” repite nervioso, en medio de la entrevista, uno de sus integrantes.

Actualmente, el Cuerpo de Bomberos de Santiago junto a Carabineros de Chile indagan las causas del incendio.

El padre Pedro Narbona, quien también es párroco de la quemada Iglesia de la Veracruz, tras ser atentada el 2019, escribió una carta donde dejó clara su postura “No tenemos rencor, solo pedimos que este dolor y sufrimiento nos sirva para madurar como país y derrotemos toda división, discriminación, segregación”.

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