La hiedra liberal: La nueva Pyme intelectual

La hiedra liberal: La nueva Pyme intelectual

La operación crítica consiste en la restitución potencial de una «segunda modernización» que a la luz del agotado modelo chicago-conservador (consenso de base) busca gestionar el sentido común de las élites. Un compendio de lugares comunes, tejidos y montajes discursivos de tono liberal, donde concurren Bellolio y Herrera, un periodista icónico en los intríngulis del poder, y un sociólogo que hace años escribió «El derrumbe del modelo», vendrían a instaurar una visualidad reflexiva en torno a Piñera: nuestro estadista siniestrado.

Es un lugar común afirmar que la desregulación implementada por los «halcones de Friedmann» (1976), fue el hito que activó la modernización postestatal. Con ello se consumaba el pasaje del mentado espacio nacional/desarrollista hacia una burocracia privada, inaugurando un “lenguaje managerial” («clusters»). Contra el diagrama de las representaciones cabe consignar la politización neoliberal que ha colonizado Estado y Mercado, y obviar el simplismo verbal de una desgastada dicotomía del sociologicismo  que no reconoce en el consumo, el acceso y el  disciplinamiento formas manageriales de politización neoliberal (como si tal vocabulario fuera «ciencia inescrutable»).

Cabe subrayar que la velocidad de nuestra modernización alteró la frecuencia de distinciones e individuaciones en los grupos medios masificados capturados por la agencia tecnocrática y un nuevo mercado comunicativo. Esto último tuvo como pivote (entre otros) una mutación de las clases modernas apegadas al mérito, la mesocracia y la reforma, hacia “grupos medios» de una enigmática inestabiliad normativa, ficcionada por distintos lenguajes y hegemonías típicas de una democracia cesarista. Tal representación, propia de un régimen de «acumulación flexible», es parte de una mutación cultural centrada en las distribuciones oligárquicas y sus configuraciones epistémicas. A pesar de los temibles sucesos acaecidos en los años 70′ existe un consenso insaciable en el «campo de la izquierdas» en torno al “terroir de Estado” –y sus efectos– que tiende a sublimar un vacío de espacios, lugares y trayectorias para/estatales, agonísticas o deliberativas.

Y es que las ciencias circunspectas (disciplinas sociales y formatos) no logran asimilar que la estatización del polo público y las políticas del significado estaban encadenadas a la instauración de la hegemonía neoliberal.Aludimos a un vector de dominación que antecede a las transformaciones estructurales de los años 70′ que jugó a favor de la superación del imaginario hacendal clásico -la hiedra oligárquica- que limitaba la liberalización de los mercados glonacales.

Tal empresa amerita un lectura intersicial del carácter inclusivo de la esfera pública (liberal-secular-agonística) en su heterogeneidad territorial dentro del régimen presidencialista, a saber: analizar “lo público” en tanto ámbito de disputas hermenéuticas y “formas de afiliación” que trasciende desde el mismo vector oligárquico las fronteras estatuidas por el soberano estatal bajoel clivaje chicago-conservador. Aquí aludimos a una sociabilidad inter-elitaria que se vino a perpetuar hasta bien avanzados los gobiernos de la transición y que por varios atajos hipotecó su ancestral solidaridad antropológica. Sin perjuicio de admitir la tendencia inclusiva del Estado chileno bajo la vieja república (1938-1973), es posible persistir en una argumentación alternativa para comprender la “veloz” penetración cultural y simbólica de la modernización autoritaria, atendiendo al déficit de la sociabilidad no estatal como un factor crucial que facilitó el “boom” neoliberal a comienzos de los años 80′. Y es que el celebrado “milagro chileno” (big bang) brilló como un «postmodernimo celebratorio» bajo la modernización concertacionista (1990-2010).

Ello nos permite evitar el análisis presuroso sobre la reconfiguración de los sectores medios bajo el arco inmutable de la oligarquización del régimen político, a saber, la mutación de un actor urbano originalmente “apiñado” en la burocracia estatal, en la empleomanía nacional-productivista, cuya relación se ha revelado mediante un vínculo clientelar o contractualista una vez que tuvo lugar el schok anti-fiscal. De un lado, como un subproducto de la expansión estatal y, de otro, como un grupo gobernado en sus representaciones por la «soberanía del capital» y los lenguajes manageriales que han dado lugar al Estado post-soberano. Ello sin agotar el argumento bajo el ajuste estructural implementado por los ‘Chicago Boys’. Todo lo anterior por la mano de una «oligarquía cortoplacista y modernizante» -¡pero no homogénea nos recuerda Hugo Herrera¡- que cediendo el espacio a otra épisteme activó sendos procesos  de masificación que, años más tarde, fueron prensados por sociólogos conspicuos afiliados a las «maquinas pensantes» de la transición chilena (SUR, FLACSO).

Aquí Eugenio Tironi en su célebre «Autoritarismo, modernización y marginalidad» (1990) instaló un epitafio al neoliberalismo escoltando un Chile elitario de la mano de un ciudadano crediticio denunciado por Móulian en el Chile Actual: ello activó unas cogniciones rebeldes que desde el 18/0 no pueden ser tildadas como anómicas para defender una intricada legitimidad del orden. Pero todo indica que esta vieja narración transicional de Tironi no ha desaparecido porque es reclamada en la intimidad del apartheid cognitivo y las pasiones que se deslizan por estos días. No cabe duda, el totémico Moulian dejó un espacio vacío. Sin perjuicio de las codificaciones de la post-dictadura entre campo político y sociología del consumo, por estos días han irrumpidos «laclausianos liberales» y «habermasianos de izquierda» (progresismo viscosos de una inusitada violencia hermenéutica) librados a confeccionar «pymes intelectuales» que informan a las élites sobre el estado de la «cuestión social» y que despuntan un común denominador en el gesto conservador de la «anomia» -inoculando al mundo popular del 18/0- para legitimar un orden que permita perpetuar distancias críticas, aristocracias cognitivas, ficciones y felaciones con el progresismo de derechas. 

La operación crítica consiste en la restitución potencial de una «segunda modernización» que a la luz del agotado modelo chicago-conservador (consenso de base) busca gestionar el sentido común de las élites. Un compendio de lugares comunes, tejidos y montajes discursivos de tono liberal, donde concurren Bellolio y Herrera, un periodista icónico en los intríngulis del poder, y un sociólogo que hace años escribió «El derrumbe del modelo», vendrían a instaurar una visualidad reflexiva en torno a Piñera: nuestro estadista siniestrado. Lejos de toda conspiración, la racionalidad política pasa por cincelar una hermenéutica cuya potencia busca disputar espacios de reconocimiento dentro de la desigualdad cognitiva -y por qué no, gestionar un nicho de mercado académico. Todo ello gira, al decir de mi colega Carlos Ramírez, en torno al brillo aurático monárquico donde la elite agraria o nacional-productivista ha sido la estructura-estructurante de la matriz social.

Lo anterior es otra forma de cincelar performativamente las complicidades entre modernización, dictadura, y un patrón agrario-elital vertebrador de las ficciones  republicanas que han sido derogadas en tiempos pandémicos. De tal suerte, el paso de una cultura demandante de Estado (zona de confluencia y litigios con Mario Góngora) mediado por el sistema crediticio se verá facilitado por la débil constitución del tinglado público/deliberativo con anterioridad a los traumas de 1973. Aquí, lejos de agotar la discusión afirmando de manera tautológica que en los combustibles años 70′ colapsó un “programa de ciudadanía” y la armazón jurídica de la soberanía estatal, se busca instaurar otro régimen visual no excento de «simulacros estéticos». Salvo honrosas excepciones, esta perspectiva indicial hasta el momento no ha sido suficientemente explorada por los formatos de la especialización disciplinaria. Esta narrativa especular que, polemizando sobre una genealogía de las elites y sus despites actuales, construye una textualidad  para liberales desde una «supuesta distancia» con corporaciones y grupos de interés, so pena que estos últimos buscan ser impugnados.

Y es que el Estado oligárquico-desarrollista (1938-1970), a pesar de sus «chispazos  inclusivos», dista mucho de constituir un agente modernizador que habría irradiado de  modernidad al campo socio-cultural. La carencia de una «secularización mestiza» es una de las claves analíticas para explicar la reconversión del tejido social (especial importancia adquieren los sectores medios) mediante pautas mercantiles de representación, e integración simbólica que contribuyeron en la instauración geográfica de los consumos. Lo anterior, permitiría comprender la aluvional reconversión que se traduce en el «simplismo verbal» que ubica el problema en el desplazamiento que va desde “principio de estatalidad” a la subsidiaridad constitutiva del discurso modernizador (que en su variante más publicitada comprende la reconfiguración del cliente paraestatal al “ciudadano líquido” de la episteme crediticia de raíz elitaria).

Lo anterior nos lleva a identificar a nuestra fallida modernidad (1973) como un proyecto frustrado de sociedad civil (déficit de industrialización y falta de «ciudadanía liberal») y nos obliga a revisar las bases sociohistóricas que contribuyeron a la instauración del bullado “milagro chileno” (1981). Ello también supone una evaluación crítica –que bien podría constituir otra hipótesis– de aquellos “enfoques” que subrayan la emergencia de “actores de clases” o “históricos” depositarios naturales de la modernización democrática encarnada por el Estado e implementada a través de  políticas de inclusión (universal) y reforma universitaria. Se trata de una perspectiva que busca explorar el rápido enrolamiento de nuestra “sociedad civil” (deficitaria si se trata de exhibir sociabilidad pública “no estatal”) a las prácticas de consumo en tanto experiencia cultural y teatralización de estatus en el contexto de una creciente mediatización de la vida social. Ello implicaría persistir en otro tipo de genealogía oligárquica, donde nuestro análisis pueda interrogar la inflación del relato público-estatal y sus consecuencias sociales, culturales y políticas.

Con todo en el marco de una ciudadanía politizada que trasladó la soberanía del Estado al campo del capital financiero, cuyos modos de afiliación quedan desplazados por unas prácticas “afectivas”, que no migran hacia “lo político” en el sentido de cultivar un espacio de acuerdos y disensos -en el ethos moderno. Todo fue agravado por la modernización sin modernidad que tuvo lugar en los años 80′ y que está en la base de la desafección de nuevos grupos medios socializados en los “mecanismos de mercado” instruidos indirectamente por los ‘Chicago boys’ pero que, en ningún caso, representan un campo de certezas científicas inmutables que fue el mantra que la izquierda abrazó sin mayores miramientos. En suma, el neoliberalismo no puede ser el mero medium de una neutralidad que separa lo social de lo político sin posibilidades de intervención. Y para qué abundar más….se trató de una agenda cuya trazabilidad devino en una «racionalidad política» apoyada por los agente de la Concertación.

Sobre el Autor

Mauro Salazar J.

Centro de Estudios Laborales.

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