La Fiesta

La tarea propiamente “constituyente” se inició ayer cuando la revuelta derogó la Constitución de Pinochet en un plebiscito e impuso sus términos a la oligarquía militar-financiera que, siendo el 1%, ha gobernado al 99% del país desde 1973 por la fuerza. La revuelta ha desnudado la contextura de clase de la actual coyuntura. Una clase media cada vez más precarizada por las políticas impuestas por la clase financiera (rentista) yace aliada y entremezclada con la clase popular.


Los análisis del poder parecen medianamente tranquilos con la jornada plebiscitaria del reciente 25 de Octubre. Desde su punto de vista, por fin, la institucionalidad habría “canalizado” la asonada popular. El “participativismo”, discurso entusiasta pero poco crítico, parece satisfecho. Sin embargo, habría que atender un hecho: que dicha “canalización” en realidad implicó una transfiguración total de la misma institucionalidad que supuestamente “canaliza”, que esa institucionalidad entró a un estado de “fiesta” que la revuelta llenó de vida. 

Así, podríamos ver el asunto al revés: para el plebiscito del 25 de Octubre, la asonada popular alcanzó un salto cualitativo que terminó devorando a las instituciones, llevándolas hacia su propia transformación. Estas últimas debieron trastornarse, abrir un lugar que no tenía lugar originalmente que permitiera discutir los fundamentos de su propio ordenamiento: la filosofía es a los seres humanos lo que una revuelta a las instituciones políticas: cuando irrumpen todo se pone en cuestión. La revuelta devino una intensidad pocas veces alcanzadas devorando a la vetusta institucionalidad y utilizándola a su favor para “constituir” e “iniciar” la tercera fase de su camino constitucional e histórico.

La primera fue la asonada popular del 18 de Octubre del 2019 donde los estudiantes secundarios y movimientos feministas se articularon como ejes rítmicos de la multitud; la segunda el momento del asalto parlamentario del 15 de Noviembre de ese mismo año que diseñó los contornos generales del periplo institucional prevalente; la tercera, el momento del plebiscito del 25 de Octubre en que la revuelta ratifica institucionalmente la derogación total de la Constitución vigente.

Así, hemos comenzado la cuarta fase “propiamente constituyente” que espera a la elección de Abril del próximo año para la elección de los integrantes de la Convención Constitucional. Esta cuarta fase será, quizás, muy ardua pues la imaginación popular deberá entrar resueltamente a apropiarse de la trampa institucional para no dejar la redacción de la Nueva Constitución a la misma oligarquía de siempre.

El pueblo entra como una experiencia, ahora, para imaginar un lugar, habitar un mundo que puede cristalizarse en una Nueva Constitución. Como se sabe; en esta cuarta etapa, será clave impedir que la oligarquía mantenga el núcleo de una racionalidad neoliberal constitucionalizada. Y, para ello, será necesario insertar “derechos sociales”, pero sobre todo garantizar que los bienes habrán de ser dispuestos al uso común resguardándolos de la apropiación privada.

La tarea propiamente “constituyente” se inició ayer cuando la revuelta derogó la Constitución de Pinochet en un plebiscito e impuso sus términos a la oligarquía militar-financiera que, siendo el 1%, ha gobernado al 99% del país desde 1973 por la fuerza. La revuelta ha desnudado la contextura de clase de la actual coyuntura. Una clase media cada vez más precarizada por las políticas impuestas por la clase financiera (rentista) yace aliada y entremezclada con la clase popular.

Por años tuvo la compensación crediticia inoculada por el régimen neoliberal, hasta que el “basta” comenzó a multiplicarse por todas las superficies.

El plebiscito del domingo 25 de Octubre se da en este año 2020, a 50 años de la elección de Allende como Presidente de la República. El triunfo de 1970 reverbera en el triunfo de 2020; pero este triunfo en realidad es una suerte de efecto tardío del de 1988 cuando, por efecto de los movimientos populares, se acordó un plebiscito en el que Pinochet le traspasó la banda presidencial a Aylwin. Para 1988 se trató de intercambio de cuerpos físicos, para 2020 de cuerpos institucionales que estarán en una batalla sin cuartel, en una disputa radical que deberá mantener al pueblo en las calles e impedir que el proceso sea nuevamente confiscado: un cuerpo encarnado (Pinochet) ante un cuerpo sensible (pueblo).

Con el triunfo popular del día domingo, se hace inteligible qué fue la dictadura de Pinochet: el asalto del capital financiero global contra las posibilidades que habían abierto las luchas del siglo XX y el retroceso de estas últimas por el avance sangriento del primero. El golpe de Estado de 1973 fue el “big bang” de la globalización (Thayer). Así, Chile es solo un fragmento del planeta, una pulsación singular de la multiplicidad mundial que ha destituido a un “modelo” que supuestamente era “exitoso”, que “funcionaba bien” y que pretendía devenir Finlandia siendo el supuesto “oasis” respecto del continente. La caída del “modelo” chileno implica, a su vez, la imposibilidad de articular un nuevo “modelo” de gobernabilidad bajo la forma neoliberal. Y eso tendrá efectos políticos muy decisivos, al menos, para América Latina.

Solo la experiencia popular puede trastornar la institucionalidad. Ella es hostil a la institucionalidad. Si el acuerdo del 15 de Noviembre ni siquiera trae consigo el término “Asamblea Constituyente” pues la sustituyó por la más ordenada “Convención Constitucional” es porque esta última no está planteada como entidad soberana, sino aferrada aún a un peligroso quórum de 2/3 con el que la oligarquía militar-financiera puede ganar.

Porque, más allá de la institucionalidad, la intensidad popular es la única que puede doblegar e ir más allá, tocar nudos problemáticos y afectos complejos de una Nueva Constitución desneoliberalizada que se mantenga abierta a los nuevos “usos de los cuerpos”: no se trata de redactar una Constitución que prefigure qué es lo que se puede o no imaginar, sino de un texto que nos abra a una imaginación radical, más allá de sí mismo. Un texto que ya no sea texto, sino vida.

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