La evidente mediocridad de Kast

Foto: Agencia Uno

Y es que la política es más que una jugada de medio minuto. Es saber aprovechar ese medio minuto para hacerlo eterno. Y Kast no puede, porque no tiene la rigurosidad intelectual para mirar la política como un todo. No tiene una mirada más allá; no es un rebelde, sino un funcionarillo de un relato, ideológico obviamente, que decidió salirse de una fila para repetirlo en otra no muy diferente.


                                            

El lunes en la noche se realizó el segundo debate presidencial televisivo. El escenario no era el mismo: el candidato de Chile Vamos ya no estaba siendo tan querido por las encuestas, porque había sufrido caídas comunicacionales por declaraciones suyas y de parientes. A esto se agregaba que José Antonio Kast, abanderado del Partido Republicano, había ido tomando fuerza, al menos en los medios de comunicación, por alejarse del piñerismo.

Otra diferencia fue el factor Marco Enríquez Ominami. Si bien tiene claro que no ganará, el rostro del PRO sabe de política, de tiempos y de sarcasmos. Si su candidatura hace unos días no se entendía, anoche hizo todo sentido. Atacó a quienes debía atacar y formó una invisible pero clara alianza con Yasna Provoste y Gabriel Boric.

Pero volvamos a José Antonio. Su regocijo no alcanzó la intensidad del primer debate. Al parecer, los números de la encuestología lo pusieron nervioso. Ya no era solo la piedra en el zapato, ni la voz disonante (aunque, sabemos, su relato no es sustancialmente diferente) en la derecha. Ahora debía tomar una responsabilidad, pero no pudo. Todo se le cayó. Su humor era más malo que de costumbre, y lo que pudo ser una oportunidad, no lo fue. Ya no era ese gustito prohibido de ciertos empresarios, porque debía erigirse como el líder del sector.

Y es que la política es más que una jugada de medio minuto. Es saber aprovechar ese medio minuto para hacerlo eterno. Y Kast no puede, porque no tiene la rigurosidad intelectual para mirar la política como un todo. No tiene una mirada más allá; no es un rebelde, sino un funcionarillo de un relato, ideológico obviamente, que decidió salirse de una fila para repetirlo en otra no muy diferente.

Su éxito en las encuestas (si es que les creemos a estas, claro) se debe exclusivamente al fracaso de Sichel y todo lo que representa. Hay una derecha que no está dispuesta a seguir votando pragmáticamente por alguien que no diga en voz alta lo que se repite en los pasillos. No quieren otro Piñera. Y el hermano de Miguel Kast es su opuesto al interior del sector.

Pero, como hemos visto, de eso no se puede vivir. Boric lo entendió muy bien. Si bien fue su gran capital político ser lo contrario a Jadue, supo que en otro escenario, su misión era diferente a la de las primarias. A kast no le da para eso. ¿Por qué? Porque no hay proyecto tras suyo. Lo que se quiere, en cambio, es detener cosas, profundizar lo que colapsó, pero vistiéndolo de una frescura inexistente.

¿Cómo serán las semanas que vienen para el candidato “republicano”? Todo parece indicar que se centrarán él y sus adeptos en exigirle un test de drogas al candidato del Frente Amplio. Eso fue lo que hizo en el debate cuando se sintió acorralado, y lo más lógico es que insista en ello. Es su carta. Su manera de tratar de inhabilitar a su principal adversario político. No sale de ahí, no hay más profundidad en su propuesta que instalar que el otro oculta algo. Y puede que le resulte por algún tiempo entre los suyos y quienes quieren secretamente pertenecer a su séquito, pero, como vale la pena repetir, esto será de poco alcance.

¿Es peligroso? Claro que lo es. Pero no tanto por sus habilidades como por el contexto político y social en el que vivimos. Hay un terreno fértil para que sus ideas sean levantadas por quienes quieren creerle a alguien que no pertenezca al llamado “octubrismo”; pero el éxito o el fracaso de ello depende de las capacidades o incapacidades de la izquierda o el progresismo para darle certezas a esa gente, no de la astucia del candidato del Partido Republicano, porque, más allá de una u otra pillería circunstancial, no la tiene. Solo funciona en oposición a algo. No tiene luz propia. Incluso es más mediocre que aquellos con quienes es comparado en el exterior. Y eso ya es decir mucho, tomando en cuenta la mediocridad de quienes han usado el nacionalismo como una fuente de adherentes.

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