La destructocracia: política y economía en tiempos de pandemia

Foto: Agencia Uno

Cuando, en el ominoso contexto de pandemia, el gobierno no le ha dado salida racional al conjunto de los trabajadores del país dejándoles en una posición “perder-perder” (o van a trabajar y se contagian o no van a trabajar y no reciben ingreso) o “muerte-muerte”, nuevamente actualiza la vocación destructiva de la máquina guzmaniana –la única que hoy puede ejercer- en la que exhibe toda la naturaleza necropolítica de la destructocracia en que vivimos.

Desde el golpe de Estado de 1973 Chile –y el mundo en general- devino destructocracia: la política y la economía institucionalizadas desde principios de los años 80, han terminado por destruir al país. Si el Estado de Chile se articuló como una “máquina guzmaniana” que asentó un ejercicio autoritario de la política y privatizador de la economía, ello implicó el establecimiento de la política como un muro de contención a las transformaciones exigidas y de una economía que no favoreció sino a menos del 1% de la población. La “máquina guzmaniana” se aceitó de manera eficaz no solo en dictadura, sino que se articuló preferentemente en “democracia” como el momento de su desmaterialización –neoliberalización- de la violencia golpista de 1973 que se profundiza en la Constitución de 1980 reformada entre 1988 y 1989 hasta el año 2005.

Las reformas “negociadas” (nunca puestas a referéndum popular) profundizaron la “máquina guzmaniana” cuyo punto final se articula en virtud de varios momentos de insurrección decisivos: 2006, 2011, 2018, 2019 y 2020 (a pesar de la pandemia). Mientras ese marco no cambie, mientras la política permanezca como un muro dispuesta contra la ciudadanía y la economía excluyente de las grandes mayorías, el talante insurreccional abierto continuará.

Las revueltas han destituido a la “máquina guzmaniana” y han puesto de relieve que el régimen prevalente era una destructocracia. El pueblo de Chile ha sido sometido a una destrucción masiva, puesto a la intemperie y a merced de los poderes político y económico unidos en la forma de tal “máquina” que le sustrajo por completo su vida ética (su eticidad, su ethos como forma de vida), formada por años de resistencia contra el Pacto Oligárquico de 1925 y luego contra el régimen de Pinochet y el nuevo Pacto Oligárquico de 1980.

Las revueltas que han asolado al país constituyen un esfuerzo consistente en la restitución de la vida ética y, por tanto, la apuesta por habitar un país más allá de la forma Estado. Un país sin un Estado al que se anude designa un lugar que carece de lugar en la cartografía oficial, pero que deviene una y otra vez de maneras abyectas, múltiples y acéfalos. Justamente, como bien descubrió el filósofo Al Farabi (La ciudad virtuosa), la verdad acontece en el pueblo transfigurada por la imaginación. En efecto, las revueltas traen un ritmo indescifrable desde los códigos estatales, pero traducibles en la intensidad en la que se juega la creación de nuevas formas de vida.

Que esas formas de vida no aparezcan bajo el léxico impuesto por la cognición del orden, no implica, sin embargo, que dichas formas de vida no existan o no deban que ser consideradas. Justamente, la advertencia farabiana cobra toda pertinencia pues ella subraya que el lenguaje popular –donde se anuda la figura del Profeta y no la del Filósofo- implica un salto hermenéutico decisivo respecto del lenguaje supuestamente “racional” que, en Chile, juega bajo el Partido Oligárquico. Las revueltas destituyeron la destructocracia chilena y la desnudaron como tal removiendo por completo la simbología del poder por la decisiva simbología popular: no más “Plaza Baquedano” sino “Plaza Dignidad”, a pesar que, en pleno pánico pandémico y exhibiendo su estrategia de “reconquista”, el Presidente se haya sacado una turística foto en dicho lugar.

Pero dicha foto es importante precisamente porque fue una estrategia “fallida”: la foto del Presidente lo expone a él en soledad, sin el pueblo al que supuestamente gobierna. La separación radical entre el pueblo y el poder deviene una escena enteramente evidente en dicha foto. Sin embargo, en vez de “reconquistar” la simbología del poder, ella profundiza lo fallido o, si se quiere expone a la luz del día cómo la “máquina guzmaniana” de la cual Piñera es el último representante está en quiebra.

Cuando, en el ominoso contexto de pandemia, el gobierno no le ha dado salida racional al conjunto de los trabajadores del país dejándoles en una posición “perder-perder” (o van a trabajar y se contagian o no van a trabajar y no reciben ingreso) o “muerte-muerte”, nuevamente actualiza la vocación destructiva de la máquina guzmaniana –la única que hoy puede ejercer- en la que exhibe toda la naturaleza necropolítica de la destructocracia en que vivimos.

La única alternativa que surge es que, a través de las diferentes formas de sublevación que siguen manifestándose y que, sin duda, después de la pandemia seguirán expresándose, la revuelta. No porque ella proponga una “solución viable” como reclaman los apresurados, sino porque ella deviene la anarquía de un comienzo y, por ello, la monstruosidad ínsita a toda imaginación popular que deviene extraña al mundo en el que irrumpe.  En este sentido, la revuelta pone en juego otra forma de habitar el mundo que destituye enteramente el régimen destructocrático en el que se nos fuerza a (sobre) vivir. La forma de vida inmanente a la revuelta es irreductible a la “máquina guzmaniana”, su fuera de sí, borde decisivo; única potencia capaz de ofrecernos vida.

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