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Opinión

La destitución del mundo. Una glosa a la Viena de Robert Musil

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Robert Musil desarrolla en su célebre e inacabada «novela filosófica» El hombre sin atributos (Der Mann ohne Eigenschaften, 1935/1942) recupera la idea nietzscheana que nos enseña que el pasaje amatorio es la «imposibilidad de la síntesis» y la llegada de un tiempo –según Musil- donde fue Nietzsche quien se encontró con una Viena que experimentó la crisis colosal del «sujeto antropológico» y que sólo era dable pensar en «posibilidades».

Nietzsche comprendió que los griegos supieron mantenerse en la superficie y por ello fueron profundos. Porque precisamente la superficie es, desde el punto de vista de la subjetividad, el ámbito de la “máscara” sin rostro, la máscara que no alberga tras de sí una verdad última que la justifique. Tal relación, entre “«máscara” y ‘palabra’, o bien, el lenguaje como máscara provisoria que organiza el caos y el sinsentido, encuentra en la «cultura del ensayo» su expresión más contemporánea. No fue casual, nos dice Pierre Bourdieu, que la Viena finisecular –la Monarquía dual de los Habsburgo que cayó como un castillo de naipes en 1919- supo de figuras como Robert Musil, Karl Kraus (el implacable editor de Die Fackiel), Wittgenstein y los ‘juegos de lenguaje’ en su obra tardía, von Hayek, Sigmund Freud y el «sujeto polimorfo», Karl Popper y La sociedad abierta y la composición atonal de Schonberg –entre otros.

No podemos obviar que aquel mosaico supranacional vienés congregó a húngaros, checos, eslovenos, eslovacos, rumanos, croatas, polacos, ucranianos, judíos, con predominio de la lengua alemana y representó una «tragedia idiomática» que, merced a un rico pero infranqueable multiculturalismo, fue retratado como la «anarquía dual» donde la dispersión lingüística tornó inviable la unicidad identitaria de Austria. La proliferación de dialectos estimuló un ‘devenir cambiante’ que dio lugar a una ‘incertidumbre gnoseológica’ donde la tradición fue interrogada cuando el pasado orgánico colgaba de las cornisas. Y es que toda ciudad que desata el pensamiento -pero abraza sus nexos orgánicos- también destruye la esperanza legando una gangrena para la modernidad; en medio de la creatividad de Musil se desplegaba un opaco eco existencial.  

Fue así como la capital del imperio austro-húngaro, con su dantesco collage de culturas, fue el “laboratorio experimental” donde encontró eco la reflexión nietzscheana,y la razón fue desenmascarada (el «mito del lógos») como una narrativa más; como un deseo más de conocimiento. Contra el canon de cientificidad de la filosofía, Nietzsche inaugura una empresa que, al decir de muchos, ayudó a pensar en posibilidades sin consumarlas -en «hipótesis no disciplinadas»-, abriendo un campo marcado por el diferir inmerso de la «voluntad de poder» que trastocó los celos epistémicos de la filosofía hegeliana. Mónica Cragnolini ha reparado en grandes y extrañas amistades abriendo una variante de la «philia» aristotélica que consolidaba la salud de la ‘polis’, y que pusimos de relieve. La filósofa argentina nos recuerda que para Nietzsche el buen amigo ha de ser el lecho duro y no una «cama mullida». La amistad se configura como espacio de encuentro-desencuentro, de tensión y lucha. De esta manera, la amistad se torna un espacio de privilegio para comprender la moderna constitución de la subjetividad donde el «fondo árkhico» ha desparecido. Aquí la extrañeza se mezcla con la fuerza unitiva del amor. Pero esto pone en entredicho la constitución del «sujeto trascendental» y toda «filosofía de la historia» sucumbe ante esta arremetida.

Con Nietzsche, y en particular desde la crítica a la «metafísica monoteísta» nos encontramos con un «sujeto estallado», «escindido» o «débil» donde la destrucción-deconstrucción sometió a diversas escatologías a un purgatorio que abrió el «espacio de lo intempestivo». Si admitimos la lectura de Cragnolini, en cuanto a la disgregación como una densidad interpretativa, no podemos acceder a una «temporalidad unificante» en el marco de un «continumm». Pero es la necesidad de un mundo logizable aquello que hace presión en torno a la categoría ‘sujeto’. Sin embargo, el «martillo nietzscheano» que nos empuja a la post-metafísica, sin renunciar al acontecer histórico, comprende otras inflexiones, a saber, la experiencia amistosa que hace dialogar la extrañeza de la otredad mezclada con la fuerza unitiva del amor arroja una nueva pista de lectura que al menos debe quedar consignada. Quizás la figura amatoria es la imposibilidad de la síntesis como aquel deseo de ‘comunidad’ que se abre en Rousseau, continua en Hegel y culmina en Marx.

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Si la unicidad de los afectos no permite la comunión entre los sujetos, los amantes reflejan que toda pareja fracasa en su afán de conciliación absoluta. «Eros» asume el extrañamiento y la pérdida de unicidad. Una vez que se han perdido las leyes del obrar humano «Eros» nos demuestra el gran riesgo del extrañamiento, el peligro de una pérdida. Por eso «Eros» es dolor, porque es una relación amorosa necesaria y fracturada. Es la unión llena de escisión. Todo duele porque hablamos de un desgarramiento. «Eros» representa la «tragicidad» de las separaciones o de la posesión imposible. Esto nos recuerda que para Nietzsche el amor es la más bella de las mentiras, pero es la fuerza que transforma la vida en arte. En suma, «Eros» nos enseña la pérdida justo ahí donde hacemos una entrega de afectos, allí donde deseamos la diferencia –o alteridad- que no se puede realizar. Sólo nos queda contener temporariamente aquello que ha de partir.

Llevados a sus extremos, «Eros» nos enseña a despedirnos del objeto amado, porque toda relación afectiva –en especial la amistad- está bajo el yugo de la «desposesión».  Y a efectos de esto último, lo notable del amigo es la capacidad de no poseerlo nunca: es la figura privilegiada del «pasaje» y el punto de encuentro que son los otros-nos-otros. Pero de aquí en más esta categoría quedará despojada de sus «atributos metafísicos». Fin del «arkhé». De aquí en más todo concepto debería admitir su «condición temporaria». La idea de sujeto como una ficción necesaria nos ayuda a retomar temporariamente la cuestión del «sujeto múltiple» como juego permanente de estructuración-desestructuración. En suma, el «yo» es el término donde agrupamos episódicamente las diversas fuerzas para evitar el caos de la des-fundamentación, la crisis del «sujeto trascendental».

Incluso, volviendo a la figura amatoria que Robert Musil desarrolla en su célebre e inacabada «novela filosófica» El hombre sin atributos (Der Mann ohne Eigenschaften, 1935/1942) recupera la idea nietzscheana que nos enseña que el pasaje amatorio es la «imposibilidad de la síntesis» y la llegada de un tiempo –según Musil- donde fue Nietzsche quien se encontró con una Viena que experimentó la crisis colosal del «sujeto antropológico» y que sólo era dable pensar en «posibilidades». He aquí dos amantes, Ulrich y Agate. Ulrich Anders, su protagonista, permite al narrador contar la vida de comienzos del siglo XX en el reino de «Kakania». Un presente que remite a la evolución de un pasado que ha construido un modernismo decadente por su progresiva crisis axiológica y la reificación de los «valores de cambio» -cosificación- de una burguesía concupiscente que revela su impudicia frente a las tradiciones y las comunidades.

En una apretada síntesis Ulrich Anders busca un objetivo sin lograrlo y el exceso de sus cualidades lo mantienen en estado de incertidumbre, de indeterminación, por cuanto la indecisión es su rasgo más típico. Ulrich es el hombre que eventualmente no puede elegir porque una elección significaría excluir sus otros atributos y anularía la integridad de su persona; en algún sentido, toda decisión es pérdida. Y ello porque el tiempo es mutable como la identidad humana. De un lado, aquel que busca la verdad se convierte en un científico social, pero si el sujeto quiere fluir en su subjetividad lo espera la escritura. ¿Ciencia o escritura? Este pareciera ser el dilema, pero he aquí el problema, qué pasa cuando buscamos un tercer espacio. Pues bien, ahí está el lugar del «ensayo» y la «experimentación».

El vínculo afectivo entre Arnheim y Ulrich –personajes de Kakiana- tiene lugar en la Viena del «fin de scièlo» casi en vísperas de la guerra en casa de la prima de Ulrich. Por su parte, Arnheim llega de la tardía (o fracasada) industrialización alemana apelando a una vida distinta al progreso suntuario y el vacío racionalista de la modernidad positivista. La idea está en disfrutar la capital de la «Monarquía dual», el barroco y otras expresiones aún ligadas a la aristocracia feudal, distante del bullicioso industrializador. Estos pasajes están ambientados en el inicio de la colusión decadentista entre alma y «negocios», entre amor y capital dando lugar a una «psicología económica» que sólo es posible en una sociedad sin centro de gravedad. Arnheim, el industrial alemán no está dispuesto a sacrificar la acumulación originaria del capital, a saber, el valor de cambio –cosificación- del dinero/poder que se vuelve una «cualidad ontológica» incorporada en su sustancia humana que condiciona sus relaciones eróticas. En suma, el «espíritu» -tema muy frecuentado en los diálogos con Diotina- deviene un hecho de consumo bajo las emergentes burguesías nacionales, y ello consagra la destrucción de la singularidad modernista que busca perpetuar una «consciencia romántica» (un estado de pureza que se ha envilecido). Por ello aparecen aseveraciones muy citadas en la novela contemporánea, muchas de ellas, de esencia platónica: «Sólo un puro, intacto pensamiento de amor nos puede liberar».

Y juntos, repiten: «Las almas se unen cuando los labios se separan», concluyendo: «Vendrá el tiempo en que las almas se tocarán sin la mediación de los sentidos». Entre el ascenso del capital y el amor que une a Arnheim y Diotima, el que triunfa, pues, es el capital, mismo que es una «fuerza espiritual». Pero no olvidemos la impronta nietzscheana en la pluma de Musil que nos recuerda Cragnolini, «de golpe. Ulrich se aterrorizó creyendo ver con toda claridad que el secreto del amor es precisamente éste; no ser uno». Pese a que estamos situados en la tragedia modernista, hay visos de continuidad, según la interpretación que hace Bauman “fue la disolución de lo sólido y la profanación de lo sagrado en la modernidad las que produjeron semejantes trenes [de los acontecimientos]…los trenes premodernos se movían en círculo de un modo previsible y aburrido, muy parecido al de los trenes de juguetes de los niños” 

La Viena finisecular y su collage de nacionalidades nos transportan al derrumbe de una pléyade de obras y tradiciones que pueden ser representadas como un grupo de hombres que, entrampados en medio de las llamas de un edificio, lanzan  gritos de desesperación que nos advierten de la crisis moral de occidente. Aquí cabe subrayar que los aforismos de  Karl Kraus (la sátira del «fin de mundo») denuncian la crisis del «sujeto antropológico», la pérdida de significación del lenguaje que en definitiva antecede el desplome de una época que se explica porque las palabras han dejado de significar. El editor de Die Fackel («La antorcha») Kraus cuestiona mordazmente la aparición del periodista como aquel cultor del «topos» y el «collage» que viene a despojar al lenguaje de su sentido original usurpando el dominio público a nombre de una soterrada razón privada. Desde aquellos días debemos repensar si efectivamente (y en contra de la adicción parisina al goce estético que cuestiona Kraus) los últimos años de la Viena finisecular fueron verdaderamente los últimos días de la humanidad, o bien, un prolegómeno de lo que aquí hemos denominado la «deriva post-moderna». El «decadentismo» en la novela de Musil, y los aforismos de Kraus, hunden sus raíces en la crisis de atributos humanos y en la penetración impúdica del «mundo burgués».

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En un plano más prosaico, nuestros medios de comunicación someten, interpelan, estigmatizan y abundan en todo tipo de estereotipos comunicacionales. Pero en Viena la inestabilidad lingüística es un problema institucional. Allí la lengua materna y la unidad nacional parecen estar destinadas a presentarse eterna y estrechamente vinculadas. En el lenguaje se encuentra la enfermedad del Imperio y sólo en él parece poder encontrarse el antídoto para vencerla.  

En plena decadencia, Kraus abrazaba la necesidad de devolver al lenguaje sus propiedades generativas de restauración del lenguaje. Musil en cambio –lo interpreta- en un sentido mucho más nietzscheano, a saber, no se trata de sollozar la mera pérdida de los Dioses o de la razón, pues la filosofía nace en el luto de la unidad, pero se esmera por una exploración productora de nuevas categorías y reflexiones sin la nostalgia de un «paraíso perdido».

Veamos los indicios y la lejanía zumbante de este devenir en una ciudad siniestrada, sin modernismo, ni modernidad. Y es que lejos de los Salones y Bailes,  la peste del sur no es solo un poder securitario. El agotamiento del proyecto moral de las palabras, discursos y relatos no es sino un la destitución de un imaginario epocal. En otro universo simbólico, materialmente muy distinto, la Viena finisecular con sus “ecos vivos” se resistió a abandonar el pasado. Todo indica que nuestra parroquia no solo ha derivado en un presentismo del ocaso, sino que las palabras ya no pueden nombrar el futuro.

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Arturo Alessandri. Futuro constitucional y luchas hegemónicas

El nuevo progresismo de Apruebo/Dignidad (2022-2026) es una “fusión” que defiende el vigor mesocrático-institucional y limita los vicios del realismo neoliberal mediante la “morada hegemónica” que debe convivir con la intensidad de las imágenes historiográficas.

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Mi camino en cambio, no es recto, ni curvo, llevo conmigo el infortunio, vamos hacia nunca, hacia ninguna parte. Como un tren sobre el abismo.  Ana Ajmatova                                                                           

Existe un “verbo lumínico” en el texto con que Arturo Alessandri saludaba la nueva época ante la Convención Liberal (1920). El final de su “improvisada” liturgia tiene un broche estruendoso, desbordante en rimas de reconocimiento. Vibrante en pasiones liberales para trascender el invencible “Chile de huachos”. Era la hora de abrir el futuro desde el tiempo Constitucional. Y así, cual mesías de sus aires, el Diputado de Tarapacá comprometía una glosa ante las masas esquilmadas por el hambre y la tuberculosis.

El texto reza así: “Yo quiero antes de terminar haceros una declaración: [yo] no soy una amenaza para nadie. Mi lema es otro: yo quiero ser amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria: esos son los propagandistas del desconcierto y del trastorno. Yo quiero ser amenaza para los que se alzan contra los principios de justicia y de derecho; quiero ser amenaza para todos aquellos que permanecen ciegos, sordos y mudos ante las evoluciones del momento histórico presente, sin apreciar las exigencias actuales para la grandeza de este país…”.

Tal declamación, librada a la soberanía popular (la canalla dorada), retrata fielmente la confianza en el tiempo histórico-juristocrático. En las exclamaciones de su oratoria, revela las ambiciones de abrazar los recambios generacionales (época) y exaltar un “pipiolaje de reformas” que sepultaría la noche salitrera. Chile también despertó en 1920 ante la bastardía patronal. Y la imagen reformista fue una lectura de plancha para todos los tiempos  modernizantes. De aquí en más nuestra hacienda no aceptará más que experimentos típicos de un “subdesarrollo exitoso”. Desde ahora, el titular será “Desarrollo del subdesarrollo”, según André Gunder-Frank.

Los temibles lastres de la cuestión social “forzaban” un viraje que debía asumir la alborada de modernidad y propiciar la restitución de un orden ético. Todo sucedió tras las luchas populares que denunciaban la obsolescencia moral que acompañó la celebración del centenario. Una lengua de la reforma intentaba profanar los vestigios del París Americano e instaurar el tren del porvenir mediante una nueva legislatura social: la convención de 1925 capturaba los pueblos excedentarios y las demandas de Luis Emilio Recabarren.

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El ensayismo oligárquico pudo conciliar la institución presidencial y la tutela representacional; la política quedaba encerrada en los cerrojos del derecho. Lo anterior derivó en un Estado de compromiso -hacia 1938- que dejó tibiamente atrás las figuras de la “misericordia”, la “caridad” y el sistema de dadivas. Figuras intimas del repertorio parlamentario (1891-1920) y su desidia oligárquica con los rebaños populares.

En aquellos días, aparentemente más nítidos o menos intricados que los nuestros, quedaba de manifiesto la reivindicación de los derechos seculares bajo el “iluminismo dieciochesco”. Tras este ímpetu identificamos la teología republicana que se extiende desde 1938 hasta 1973. Un institucionalismo portaliano dibujó el paisaje hasta septiembre de 1973 y abundó en revueltas caudillistas, perpetrando la conflictividad entre tiempo homogéneo y temporalidad medial en la Convención Constitucional de nuestros días. Todo ello tras el asedio del Leviatán Portaliano cobijado en el actual “catolicismo de izquierdas”.

La “revolución preventiva” (1920) fue la realización de la facticidad portaliana (De Mario Góngora a Hugo Eduardo Herrera). En cambio, la fractura de 1973 aleccionó a las izquierdas sobre desbordes e insurrecciones (tiempos imaginales) que terminan en la resaca de El Leviatán. En suma, el programa consistía en separar Estado de Iglesia, inaugurando un campo de reformas que incluía el reconocimiento de los derechos de la mujer, el incremento de las remuneraciones, la construcción de habitaciones obreras, la ley de instrucción primaria obligatoria, el impuesto a la renta, el Código del Trabajo, la fundación del Banco Central [que aún nos asedia] y que inclusive nos permiten sugerir una “moderada similitud” con la actual coyuntura social. Bajo el clivaje orientalista, civilización y barbarie, el programa de reformas compromete un momento de inflexión que inaugura el proyecto civilizatorio y “formaliza” el ingreso al pequeño siglo XX.

Cien años más tarde, tras el actual ciclo de demandas populares y contratos modernizantes (demandas de género, plurinacionales, de convivencia, ecológicas, identitarias, estudiantiles, cibercultura, etc.) nos hace presumir que la política del siglo XXI experimenta otro fulgor de derechos -cuarta generación-. Ello ha estimulado una intensa liturgia en torno a ritos generacionales e izquierdas meméticas -plasmados en una nueva Constitución. Un proyecto tibiamente regulacionista que pretende destrabar la furia consumista mediante el favoritismo fiscal, pero siempre en favor de una “subsidiariedad ampliada” que entremezcla ordoliberalismo y socialdemocracia.

Telón de fondo del nuevo pacto juristocrático. Cual sea el caso, la teología liberal encuentra su fuente de inspiración en el reconocimiento de los nuevos territorios ciudadanos y populares. Es importante rescatar que este desafío supone ritos paritarios y los textos pastorales que nos impone el mainstream católico-reformista cuando la democracia es limitada al formato liberal. Entonces, el desafío consiste en superar la vigencia de progresismos conservadores -adversarios de la democracia- que restringen las energías vitales del “pueblo ausente” al futuro del mito institucionalista (1925).

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El imaginario anti/oligárquico que se inicia en 1920 invoca una separación radical entre Estado e Iglesia y empieza a remover el armatoste jurídico que perpetuaba los “estrechos moldes” denunciados en el primer Gobierno de Arturo Alessandri (1920-1925). Tal “promesa democrática”, tan propia de los tribunos laicos, aquella oratoria cargada de baños de masa, establece el trazado que la sociedad chilena asume posteriormente, al precio de disentir en los énfasis ideológicos y culturales. Qué duda cabe, los lastres de la cuestión social pavimentaron el camino a un álbum de reformas que también ilumina nuestro presente político si concebimos la actual coyuntura como una extensión de derechos y gravámenes institucionalistas.

No se trata de murmurar una secuencia arbitraria entre dos imágenes de mundo, inconmensurables en cuanto a representación, o bien, negar el ritmo frenético del presente movilizado que debe convivir con el aceleracionismo de la temporalidad técnica. En este sentido el nuevo progresismo de Apruebo/Dignidad (2022-2026) es una “fusión” que defiende el vigor mesocrático-institucional y limita los vicios del realismo neoliberal mediante la “morada hegemónica” que debe convivir con la intensidad de las imágenes historiográficas.

Con todo, la espectralidad Alessandista es una sombra que nos recuerda que todo orden-futuro se debe a la normalización política. Entonces lo que está en juego es que el presente-futuro solo es posible cuando el mundo destinal se proyecta mediante las leyes oligárquicas. La sombra fantasmal de la reforma de 1920 permanecerá imaginariamente activa como desborde y limite que censura las pretensiones nómades (revueltas en el lenguaje de Karmy-Bolton) por un dominio consolidado de representación política e institucional.

Con todo, en los últimos días Maquiavelo irrumpe mediáticamente como el primer post-marxista de las nuevas formas enunciativas-expresivas. Todo en medio de una performatividad que, al parecer, no podrá superar el golpismo republicano, ni menos la insustancialidad ontológica del presentismo neoliberal. Si bien la destrucción de La Moneda, a manos de la Dictadura, fue el último ritual de la vieja república, nos interesa subrayar un “parecido de familia” centrado en un conjunto de demandas insatisfechas, que nos obliga a interpretar el cambio histórico-generacional, en vías de des/pinochetización, la inclusión de nuevos territorios ciudadanos y el estupor ante la fisonomía de la reforma.

He aquí una tenue analogía entre el liberalismo clásico (1920) y el Chile de la post-revuelta en cuanto a la promesa del tiempo constitucional. El futuro trazado por la nueva Constitución (deseado y conflictivo), no solo debe considerarse a salvo de los tumultos desencadenados por los meses de la revuelta octubrista (2019), sino fundamentalmente por el martillo de la herencia feudal (La Hacienda) y sus compromisos con el mundo ensayístico-experimental de Diego Portales. Una identificación que hoy se viste ordo-liberalismo y no termina de llegar.

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Por de pronto podemos citar un nombre que junta las intersecciones entre tiempo moderno y temporalidad tecnológica: Martín Rivas.

Calle Trizano.

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Balas locas

Es necesario avanzar en una ciudadanía activa y superar la aplicación de políticas públicas que no reconocen el rol de las y los interlocutores, de quienes vivencian tales contextos, para así pensar desde el diálogo con dichas comunidades a partir del ejercicio de sus derechos

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Madrugada de un día de semana, balazos al aire acompañados de fuegos artificiales y en ciertos momentos autos en exceso de velocidad. A los días siguientes, un funeral narco y el uso excesivo de armas de grueso calibre, transmisiones en vivo de los asistentes acompañan el cortejo fúnebre, esto sucede al medio día, agentes del Estado observan, pero no intervienen. No es la primera y de seguro no será la última vez que esto suceda.

Lo antes mencionado, es la tónica de muchas poblaciones. A veces, incluso, cámaras e iluminación se instalan en dichos sectores, para luego retratar aquella realidad a través de un videoclip de trap o mambo que repercutirá en plataformas digitales. Así, a través de youtube, principalmente, se producen y reproducen el contraste de quienes hoy se han inmiscuido en el éxito de la sociedad neoliberal, a partir de la marginalidad que ésta produce. En aquel contexto, al amanecer cientos de trabajadores, estudiantes, niños y niñas realizan sus labores diarias.

En el año en curso, tras 14 años de tramitación, luego de pasar por Comisión Mixta, la cámara de diputados y el senado aprobaron la reforma a la Ley de Control de Armas. Permitiendo así, que la legislación sea más estricta en materia de posesión, tráfico y utilización de armas de fuego. Con esto, el Gobierno recalcó la importancia de regular el uso de armas de fuego, el ministro del Interior y ex alcalde de Estación Central, Rodrigo Delgado expresó que “para nosotros como gobierno es tremendamente importante porque esto nos acerca a la realidad que estamos viendo en los barrios, en las poblaciones, en distintas comunas”.

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¿Cuál es esa realidad a la que se refiere el ministro, cuando habla de barrios, poblaciones y comunas? aquella realidad a simple vista no responde a un hecho en específico, menos a situaciones aisladas, sino que, a un sinnúmero de circunstancias que traen a la palestra identidades e imaginarios de grandes sectores de la sociedad, atravesados por el empobrecimiento y la exclusión, que no permiten y que ya no se permiten, la sombra gris del reflejo perturbante del Costanera Center en sus territorios.

Qué podemos esperar de los cambios a la Ley N°17.798 en aquellos territorios, en donde su configuración espacial determina la convivencia, allí en las denominadas zonas rojas, que no cuentan con equipamiento ni áreas verdes y en donde la presencia del Estado se reduce a uno que otro programa de intervención que no logra paliar la desigualdad estructural. En aquel lugar nadie quiere estar y los nadie fueron condenados. No podemos esperar nada, no basta con reformar la Ley de Control de Armas.

Reducir la violencia al uso de armas de fuego es no entender cómo se han configurado aquellos territorios y es atacar el síntoma mas no la enfermedad. Pensar que el problema comienza en las balas y fuegos de artificios es no entender cómo se han ido constituyendo actores y legitimando experiencias de vida que hoy tienen a sus propios vecinos y vecinas encerradas antes que caiga la noche, a niñeces y juventudes ensimismadas en los costos/beneficios y la urgencia de adquirir para “tapizarse” y así estar en sintonía con las exigencias del mercado. Es definitivamente mirar para el lado cuando el problema se presenta y no asumir la responsabilidad histórica con aquellas comunidades que ante la ausencia de una oferta estatal que garantice el ejercicio de sus derechos han articulado soluciones que hoy horrorizan al resto de la sociedad.

Es necesario avanzar en una ciudadanía activa y superar la aplicación de políticas públicas que no reconocen el rol de las y los interlocutores, de quienes vivencian tales contextos, para así pensar desde el diálogo con dichas comunidades a partir del ejercicio de sus derechos. Se requiere avanzar en las instancias participativas de evaluación, planificación y organización de los territorios, en donde la participación de las comunidades sea vinculante y protagónica y, no se limite tan solo a lo consultivo (PLADECO, PRC, COSOC, entre otros). La incidencia de las y los sujetos en los asuntos que son atingentes en su realidad, condiciona su propia lectura en torno al lugar que habita y la posibilidad de identificarse y apropiarse del espacio territorial, para así postergar la sobre-intervención, clientelismo y la relación instrumental entre los sectores postergados y las instituciones y, que solo, reproduce la pobreza.

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“The Lost Daughter” o la Mala Madre

Leda se roba una muñeca, esa es la hija perdida. No está robándole los afectos de un ser vivo a una niña, está librándola de un objeto inanimado que tiene el peso de la maternidad en las vitrinas del capital.

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Muchas podrían imaginar que “a las mujeres no hay nada que explicarnos sobre ser madres”, acto seguido aparecerá la retórica sobre ¡la maravillosa maternidad!, la admiración por las madres sacrificadas (mientras más sufrientes, mejor), y por qué no, hay quienes imaginan hoy en Chile, que “el feminismo” es una madre exitosa profesional joven, que tendrá un puesto importante en el gobierno venidero (pero ese, es otro tema). Igualmente, contra algunas de esas falsedades, “The Lost Daughter” desnuda, un poco, a la institución materna.

“Netflix” la tradujo como “La hija oscura”, y aunque no sé inglés, me parece que es la hija “perdida”. “Oscura” sería entonces, solo otro destello inquisidor racista-misógino de esa empresa privada con capitales trasnacionalizados, y ahora “con género” incluido.

Por otra parte, algunos críticos de cine han decidido que deben “explicarnos” la película. No pueden descalificarla, pero sí “explicarla”, “empoderándonos” cuando permiten decir que la maternidad es aplastante. En tiempos de utilización del feminismo (muy a diestra, y siempre a siniestra) hay tanta condescendencia que incluso se evade que enjuiciar la maternidad es sacrílego y desviado: un desvío de las mujeres para quitarles privilegios a todos los hombres (también a los políticos que capturan úteros para sus campañas).

Shirley Valentine

Desde “Shirley Valentine” 1989 a esta hija perdida de 2022

“Shirley Valentine” (de Lewis Gilbert), hace menos de 30 años vacacionaba en una Isla Griega, y Leda (Olivia Colman), en este siglo nuevo, también. Ambas tienen en común que, con su poder adquisitivo, pueden rozar un instante sin interrupciones en la arena, y acariciar una autonomía que no va a durar. Pero nada más: Shirley Valentine, creada por un hombre, le pone fin voluntario a su libertad con un amante griego. En esto, ella es más como la madre joven, Nina (Dakota Johnson), con la que se encuentra Leda después. Shirley y Nina (desde distintas películas), podrían ser socias de feminidad, pues ambas le suman a su tedio matrimonial, un amante. Pero Nina no llega sola a la playa, sino con su familión “aclanado” y disruptivo, con su marido agresor y con su hermana enjuiciadora y muy embarazada, y así le ponen fin a la libertad de consumo de Leda. Son de esas familias extendidas que esconden daño y crían a “sus” mujeres para que coronen la maternidad. De hecho habrá consecuencias si no lo hacen, por eso ellas siempre lo pregonan: “¡Adoro ser madre!”.

Leda es un bicho raro para el familión: Está sola, sin hijos, sin marido, tampoco “marida”, ya que estamos en 2022 y podría darse un giro a la “inclusión”, pero no (lo que fue un alivio para continuar viendo la película). Lo que sí sucede, es que realmente a nadie le gustan las mujeres solas, mayores y que no estén criando nietos. Justo lo que es Leda. Las esposas pueden llegar a odiarla, las jóvenes a burlarla, y los hombres a acosarla y despreciarla, que es lo mismo.

Para los críticos de cine, Leda actuaría de una manera “misteriosa”. Al parecer sería “un misterio no resuelto” esto de mujeres sin hombres con ganas de vivir placeres que no involucren amantes ni maridos.

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Leda

Leda más me parece una voyerista (ese ocio maravilloso) que observa pasar el patriarcado que ha intentado abandonar, pero a la vez, es una mujer “culpable” (como todas), y se debate entre el placer de la autonomía y no haber sido “suficiente”. Abandonó la frustrante castración de su matrimonio por tres años, y sabe que “nunca antes de eso había estado tan bien”. Lo dice, pero claro, las mujeres no entienden, no quieren entender, pues les costaría caro.

Leda, siendo joven, abandonó su matrimonio por tres años, probó el sexo fuera, que suele ser fugazmente bueno, olvidó el estrés doméstico, estuvo en hoteles escuchando y dando conferencias, y se ganó por un tiempo limitado esa libertad capitalista de que le lleven la comida al cuarto y el placer de dormir sola en una cama sin despertarse con llantos de guaguas ni acoso sexual del marido. Imaginamos que como Mrs. Dallaway (de Las Horas, novela, película y homenaje a Virginia Woolf), Leda logró en esos años abrir un libro en la mañana sin deberles atención a nadie.

Apenas un guiño lésbico

Siendo lesbiana (y habiéndolo no sido justo antes) sé de miradas ganosas entre nosotras. Ella la tiene con una mochilera cuando su marido “aliade”, invita a una pareja de desconocidos a casa. La mujer es la amante del mochilero con la que Leda termina emborrachándose. Se miran y se admiran. También Leda se entera de que el mochilero dejó a sus hijos con su esposa para irse con su atractiva novia, y que no siente ni pizca de culpa por ello.

Pero no es solo la mirada deseante entre mujeres, es así mismo la indiferencia de Leda ante los halagos masculinos de un hombre machista que la ronda. Esos halagos que otras sienten que una (“a su edad”) debería agradecer, y que Leda no agradece (es una malagradecida). Supo bastante en su juventud de tipos hablándole de poesía mientras la cosificaban. También se le ve entretenida en un bar conversando con un joven inteligente, y no parece ser para follárselo. Tampoco se traga que las otras mujeres le digan que se ve “genial”, que “ni se le nota la edad” porque esa es solo la violencia moral hacia las viejas, una que tiene expectativas machistas con nuestra apariencia.

Leda se roba una muñeca, esa es la hija perdida. No está robándole los afectos de un ser vivo a una niña, está librándola de un objeto inanimado que tiene el peso de la maternidad en las vitrinas del capital.

Todo el tiempo temí un ataque lesbofóbico de los machos a Leda, la miran, la burlan, la acosan, la cercan, pero no, la que se encarga de eso es una mujer, claro, la feminidad secunda el poder de los patrones de manera eficiente siempre.

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Esta película no es sobre que los hombres no cooperan en la casa y por eso pierden a sus esposas (otra idea absurda de críticos de cine algo femilistos), es sobre la asfixiante maternidad que a su vez asfixia a las demás.

Si al final Leda muere o no, si superó la maternidad para amar y ser amada por sus hijas, son cuestiones que quedan a la interpretación.

Interesante “The Lost Daughter” de la directora Maggie Gyllenhaal, basada en la novela del mismo nombre de la autora italiana Elena Ferrante, que parece saber bastante de esas familias aclanadas que tanto enorgullecen al chileno.

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