La desmarginación de la ultraderecha

Foto: Agencia Uno

La ultraderecha se nutre de los trastornos que acompañan al estallido social y del compás de espera de la Convención Constitucional, para sembrar miedos y advertencias de un mañana caótico. Consume las energías que pierden las víctimas de la pandemia, de la crisis económica, del desempleo, del narcotráfico y del vandalismo, para endurecer el poder y el control represivo del Estado.


La última encuesta Cadem parece haber sellado la caída vertical e irreversible de Sebastián Sichel, el candidato de Renovación Nacional, Unión Demócrata Independiente, Partido Regionalista Independiente y Evópoli. Más relevante, sin embargo, es que confirma que el declive de Sichel favorece el auge de José Antonio Kast, candidato del parafascista Partido Republicano. La correlación estadística que revelan las últimas doce semanas del sondeo, es perfecta: cuando aumenta la adhesión a Kast, disminuye en proporción constante el respaldo a Sichel.

Tal vez sea exagerado sostener, como lo hacen los analistas de Cadem, que Kast le arrebató la pole position a Gabriel Boric, considerando que los márgenes de error podrían ser tan amplios como pequeñas las diferencias de adhesión de ambos, pero es evidente que el tudesco ha consolidado su liderazgo en el sector.

Desde luego, asistimos con ello a un fenómeno político, a un hecho inédito, porque esto inauguraría en el país la cuarta ola global de la ultraderecha. Aquella que se inició a la par del actual milenio y que los observadores han dado en llamar la era de la desmarginación, precisamente para distinguirla por este rasgo de las tres olas precedentes. Es el momento en que las colectividades parafascistas dejan de ser marginales y empiezan a participar, ya no únicamente en el parlamento, sino que también en el gobierno. Y no sólo esto; paradójicamente, tienen también voz y voto en las asambleas constituyentes. En Chile, su palabra se ha tornado sonido monótono y cacofónico.

Más de medio siglo estuvieron al margen del sistema y, en algunos casos, por ejemplo, en Francia, Italia y Alemania, ilegalizados por las instituciones que sancionaban con penas el negacionismo, garantía jurídica que, probablemente, si todo el arco político les impone un cordón sanitario, será parte del futuro texto constitucional de Chile.

Recordemos que durante la primera ola, que va de 1945 a 1955, la actividad de los grupos fascistas se limitaba nada más que a mantener latente la memoria de la derrota sufrida en la Segunda Guerra Mundial, y a fomentar el apoyo a excombatientes de la Wehrmacht, tales como el exteniente Michael Martin Kast Schindele, padre del actual candidato y sindicado como cómplice de los crímenes de Paine.

No olvidemos que en el curso de la segunda ola, de 1955 a 1980, los movimientos de ultraderecha se convirtieron en partidos institucionalizados, aunque con menos de un cinco por ciento de apoyo electoral. La propaganda política desplegada en 1968 por el racista George Wallace ―«Se necesita coraje. ¡Wallace lo tiene! ¿Tú lo tienes? ¡Defiende a Estados Unidos!»―, no es muy diferente de la publicidad anti-inmigrantes de Kast de 2021: ¡Atrévete!  Una exhortación que asimismo emula el racismo del Partido Nacional Demócrata de Alemania.

Pensemos que en la tercera ola, que se extiende de 1980 al 2000, partidos como el Frente Nacional de Francia, de Jean-Marie Le Pen, llegaron a capturar el diez por ciento de los votos, y otros más xenófobos, como el Partido del Centro de Holanda, del separatista belga Vlaams Blok, consiguieron incluso amenazar la estabilidad del régimen democrático, por lo que acabaron siendo puestos fuera de la ley.

Después de todo esto, ¿cuál es el hecho crucial? El acontecimiento crítico es que llegaron al poder y que lo hicieron valiéndose de las democracias más populosas del planeta, y de la benevolencia de las fuerzas democráticas que les dieron la pasada. Donald Trump en Estados Unidos, Jair Messias Bolsonaro ​en Brasil y Narendra Damodardas Modi en la India. Controlan, asimismo, los gobiernos de Hungría y Polonia. Tienen presencia en las ejecutivas de Italia, Eslovaquia, Estonia, Bulgaria, y una influencia decisiva en Dinamarca y Reino Unido.

En Chile la amenaza ultraderechista es real en su mérito y en sus consecuencias. La anunciada derrota de Sichel es, en el sentido amplio de la palabra, el fracaso de la derecha tradicional. Es la capitulación de la derecha liberal, que por décadas penetró el plasma de la Democracia Cristiana, convirtiéndolo en materia indistinguible de su propia doctrina. Es el mañana efímero de Fuerza Pública, de Progresismo con Progreso, y de todos los matices que se interpusieron entre las promesas de cambio y la voluntad de emprenderlos. Por cierto, es el agotamiento de los partidos nacidos al amparo de la dictadura, cuyo eclipse oscurece incluso el horizonte de los más evolucionados. No es que desaparezcan de escena. Los seguiremos viendo en las vitrinas de los consorcios periodísticos, como vemos a ese exministro que aconseja a Yasna Provoste actuar con realismo, moderación y confianza, sin advertir, al igual que Grace, la protagonista de Los Otros (Alejandro Amenábar, 2001), que hace tiempo está viviendo en otra dimensión de la existencia humana a la que debe resignarse.

Kast toma la posta de Sichel, porque ya no había nada que diferenciara a la derecha transicional de la ultraderecha rupturista, salvo, claro, el contraste entre la fatiga de aquella y la voluntad de dominio, de vencer, de atreverse, de esta última.

Pero ¿por qué se fortalece ahora la opción de Kast? La ultraderecha se nutre de los trastornos que acompañan al estallido social y del compás de espera de la Convención Constitucional, para sembrar miedos y advertencias de un mañana caótico. Consume las energías que pierden las víctimas de la pandemia, de la crisis económica, del desempleo, del narcotráfico y del vandalismo, para endurecer el poder y el control represivo del Estado. Explota hasta la saciedad la crisis de los refugiados, una inmigración que llega a cada rincón de Chile y, por  consiguiente, que afecta la vida cotidiana de todos y es visible por todos, para exacerbar la violencia contra los inmigrantes y refugiados, y reafirmar su nacionalismo discriminador y opresivo. No es un relato adecuado a la realidad de Chile. Es lo que han dicho y hecho en todas partes.

Como en El Huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman, 1977, podemos ver cómo será la criatura en gestación, del mismo modo podemos saber cómo será el destino que le espera a Chile bajo un régimen de ultraderecha. Y ello debe constituir una advertencia para todo aquel o aquella que, con arrogancia y desdén, crea que el futuro está escrito a favor suyo.

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