La cuestión de la soberanía: Neoliberalismo y mutación de la política

La cuestión de la soberanía: Neoliberalismo y mutación de la política

La disputa de Herrera contra los neoliberales (en toda su variabilidad) habría que leerla como el síntoma de una grieta de hegemonía imposible de suturar, síntoma que atraviesa a la oligarquía neoliberal chilena (pero no solo chilena, sino global), que tiene que ver con la completa pérdida de legitimidad del orden neoliberal y su régimen de acumulación. En este sentido, mi pregunta se formularía así: ¿qué tan cómplices pueden ser los contrarios? ¿No son unos el reverso especular del otro? Herrera denuncia a los neoliberales como reyes sin gobierno. Los neoliberales rechazan a Herrera porque su crítica toca la fibra más íntima que consiste en su incapacidad para gobernar que, según el filósofo, consistiría en el “déficit político” de un Rey que efectivamente reina, pero no gobierna.

   

I.- Reino sin Gobierno

La paradoja del triunfo electoral es que, muchas veces, se gana en el instante en que se pierde hegemonía. Seguramente, es el caso del segundo período de Piñera quien triunfa electoralmente en el año 2017 y la derecha logra llegar al gobierno con una crisis ideológica muy profunda que implica la imposibilidad de anudar hegemonía: la oligarquía católica y rentista que reina al Reyno de Chile, ha devenido incapaz de gobernar. No otra ha sido la insistente crítica que ha desarrollado el filósofo Hugo Herrera en sus diferentes intervenciones: desde su libro “La derecha en Chile” hasta las diversas columnas de opinión, Herrera no se ha cansado en subrayar el “déficit político” que, paradojalmente, sufre el sector. Un “déficit” que, justamente, muestra que dicha oligarquía reina, pero no gobierna.

Dos asuntos me parecen clave:

1.- En primer lugar, que dicho sector asume un “déficit político” porque siempre tuvo a la ex Concertación como la comparsa dedicada y especializada en gobernar. Eso implicó que la Concertación funcionó como el mayordomo del régimen ampliándolo, profundizándolo, adornándolo con diversos mecanismos que no cabe aquí enumerar, pero que todo lector asiduo conocerá. Esto significa que la derecha no se entrenó en gestionar políticamente porque justamente tuvo siempre a su mayordomo para hacer las tareas necesarias del hogar. En este sentido, la Concertación fue el katechón (la fuerza frenante) a toda posibilidad de transformación. Ella abría o cerraba la puerta, ella aceitó la habilidad política para administrar la correlación de fuerzas que estallaban cada vez con mayor intensidad. Cuando las expresiones populares lograron horadar la fuerza de contención ejercida por la Concertación, justo en ese instante, llega Piñera al gobierno. Pero llega con cuadros que solo saben reinar, pero no saben gobernar. ¿Qué es un Rey imposibilitado de gobierno? ¿Qué un poder soberano que no puede activar su “hegemonía”?

2.- En segundo lugar, Herrera tiene razón: la derecha no sabe actuar políticamente frente a determinadas coyunturas porque su episteme neoliberal –sostenida en un economicismo estrecho- se lo impidió. Durante la dictadura, esa derecha tuvo a los militares; durante la transición, tuvo a la Concertación. Pero me gustaría leer la crítica de Herrera no en contraposición a los neoliberales, sino en una línea que la muestra como una desesperada forma de articular hegemonía en el instante de su implosión. Si bien, frecuentemente Herrera y los neoliberales aparecen como contrapuestos, en batallas muchas veces despiadadas expuestas por la prensa, me parece que la insistencia de Herrera habría que leerla como un intento por restituir ese katechón perdido y esa hegemonía posible. En este sentido, la crítica de Herrera no sería simplemente contrapuesta al discurso de los neoliberales, sino también complementaria a ellos en la medida que Herrera insiste en componer la mayordomía perdida, la “política” como la llama él una y otra vez. En otras palabras, Herrera pretende recomponer la maquinaria política y, en ese sentido, precisamos leer su gesto como un síntoma de una derecha imposibilitada de vocación hegemónica y, por tanto, de una derecha que pretende mantener su reino sin gobierno, que ha vivido por décadas de una economía rentista y que ha delegado la administración política a los derrotados de 1973 y “conversos” concertacionistas para 1990.

En este sentido, Herrera no es simplemente “contrario” a los neoliberales, sino su complemento secreto en el que se tramita la exigencia de fundar hegemonía. No interesa en esta breve columna juzgar si Herrera tiene o no razón respecto de sus críticas a la derecha neoliberal y sus diferentes bastiones. Más bien, interesa proponer una lectura que vaya más allá de la simple contraposición que advierten sus intelectuales: donde Herrera subraya el “déficit político” del núcleo neoliberal, pero no está en el poder que aún está en manos del núcleo neoliberal: los neoliberales reinan, pero no gobiernan, la fractura entre ambos ilusiona su reconciliación con los intelectuales social cristianos que apelan a una “comunidad” sustancializada en la que Estado y mercado encontrarían un ilusorio lugar de conciliación que, sin embargo, ni Herrera ni los neoliberales demandan. La intelectualidad de derechas parece jugar en el registro metafísico de la sustancia: o bien los individuos son sustancializados (neoliberales), el “pueblo” (Herrera) o la “comunidad” (social cristianos).

La disputa de Herrera contra los neoliberales (en toda su variabilidad) habría que leerla como el síntoma de una grieta de hegemonía imposible de suturar, síntoma que atraviesa a la oligarquía neoliberal chilena (pero no solo chilena, sino global), que tiene que ver con la completa pérdida de legitimidad del orden neoliberal y su régimen de acumulación. En este sentido, mi pregunta se formularía así: ¿qué tan cómplices pueden ser los contrarios? ¿No son unos el reverso especular del otro? Herrera denuncia a los neoliberales como reyes sin gobierno. Los neoliberales rechazan a Herrera porque su crítica toca la fibra más íntima que consiste en su incapacidad para gobernar que, según el filósofo, consistiría en el “déficit político” de un Rey que efectivamente reina, pero no gobierna.

2.- Necroliberalismo

¿Por qué los neoliberales rechazan la crítica de Herrera? Ante todo, porque él reivindica al Estado y la política, criticando al “economicismo” y, por tanto, la falta de política de los neoliberales. Sin embargo, ¿es cierto que los neoliberales carecen de “política”? Para Herrera “política” designa una virtud que está más allá de la economía y que, con justa razón, se anuda en el Estado como su unidad más decisiva.

Así, Herrera –proveyéndose de una singular lectura de Carl Schmitt y rescatando la tradición de pensamiento que va desde Alberto Edwards hasta Mario Góngora- concibe un republicanismo nacional en el que la relación entre “pueblo” y “Estado” remite a un hilemorfismo aristotélico que armoniza al uno con el otro en una misma unidad republicana. En esta vía, la crítica de Herrera evidentemente no es nueva. Se halla en la feroz crítica de “El Concepto de lo político” de Carl Schmitt contra el liberalismo y que, desde los años 90, fue rescatada por la izquierda (Chantal Mouffe, Ernesto Laclau) como un antídoto frente a la despolitización neoliberal. Pero este es el punto que me interesaría discutir: tanto de la crítica de la izquierda de esos años como de la crítica de Herrera a los neoliberales hoy: ¿es el neoliberalismo una racionalidad despolitizada?

La intelectualidad de izquierdas en los años 90 tenía exactamente ese diagnóstico: el neoliberalismo despolitiza. Sin embargo, me atrevo a decir que la publicación de las clases de Michel Foucault tituladas “El Nacimiento de la biopolítica” ofrecidas en el Collège de France en 1979 cambiaron, en parte, esa visión: en ellas Foucault plantea una cuestión del todo crucial, y es que el neoliberalismo no es concebido simplemente como una teoría económica, sino como un régimen de gobierno.

Justamente es aquí donde el diagnóstico de Herrera –como el de la izquierda de los años 90- falla. Porque en este sentido, los neoliberales no han despolitizado al mundo, sino más bien, han politizado enteramente a la economía. En ese desplazamiento, el neoliberalismo ha despolitizado al Estado, sin duda, pero solo para re-politizar a la economía como instancia superior y propiamente soberana. Tanto la izquierda de los años 90 como Herrera hoy fallan en el mismo diagnóstico. Y lo hacen porque leyeron a Schmitt sin Foucault, imposibilitando, de este modo, comprender al neoliberalismo como algo más que una simple teoría económica. En este sentido, podríamos aventurar, el núcleo neoliberal tiene algo de razón en no sentirse comprendido por la crítica de Herrera. Porque el neoliberalismo es cualquier cosa, menos una concepción despolitizada en la medida que funciona como una precisa técnica de gobierno sobre los cuerpos.

Entonces ¿cómo pensar nuevamente la querella “Herrera versus neoliberales”? Si el primero critica el “déficit político” de los segundos, estos rechazan esa crítica porque ellos, efectivamente, quieren vestirse despolitizadamente. En este sentido, Herrera y los neoliberales están de acuerdo en la ilusión de la despolitización. Sin embargo, una cosa es lo que dicen ser y otra cosa es lo que son: si bien, los neoliberales rechazan el término “política” pues la asocian inmediatamente al Estado, la cuestión clave consiste en haber desplazado el término “política” para reemplazarlo por término económico de “libertad” al que, precisamente, le otorga un estatuto propiamente soberano.

Por esta razón, la cuestión crucial, sin embargo, es que en el lenguaje neoliberal, el término “libertad” es el término técnico que expresa la soberanía del capital que desplaza al katechón político-estatal.

Este es el problema de Herrera –y de dicha izquierda noventera: Herrera y los neoliberales no designan bajo el mismo código lo que llaman soberanía y, en este sentido, no piensan la “política” bajo el mismo rasero. En este sentido, la razón neoliberal es una razón política precisamente porque orienta todo su arsenal a implementar una nueva forma de soberanía afincada en el modo del capital (lo que llaman “libertad”) que se despliega en su técnica de gobierno. El problema es que Herrera –y Schmitt antes que él- cree lo que los neoliberales dicen de sí mismos. Y, como Schmitt, se aferra a una noción tradicional de soberanía sin advertir el desplazamiento efectuado por la razón neoliberal al interior del mismo léxico filosófico y político.

Porque si bien es cierto que por el término “política” deberíamos entender lo que la filosofía política refiere al Estado, la soberanía, la nación la legitimidad o el gobierno, en la medida que la razón neoliberal instaura un nuevo régimen de veridicción (Foucault) re-codifica enteramente a la política al interior de un nuevo paradigma económico. Pero ese nuevo horizonte de inteligibilidad no significa despolitización, sino re-politización de la economía o, lo que es igual: conciencia política al capital financiero.

Un doble espejismo tiene lugar aquí: por un lado, los neoliberales no ven que hacen política al actuar supuestamente de manera estrictamente económica; por otro, los republicanos (Herrera) creen en el discurso neoliberal (¿son neoliberales en el fondo?) y aceptan lo que él dice sobre sí mismo pensando que es un simple “economicismo” que tiende a la completa despolitización del mundo. De otro modo: los neoliberales juran que no requieren del Estado (cuando la historia del capitalismo muestra exactamente lo contrario, incluso para la reciente historia del neoliberalismo) y el estatismo también jura que los neoliberales quieren prescindir del Estado. El neoliberalismo y el republicanismo (supuestamente) anti-neoliberal convergen nuevamente porque mercado y Estado son dos caras de una misma maquinaria política que articula y separa a la vez, reino y gobierno, soberanía y administración, única articulación posible para construir hegemonía.

¿Por qué, entonces, los neoliberales parecen despoblados de hegemonía? Porque creen poder prescindir del Estado, cuando este último, a pesar que no quisieran admitirlo, constituye uno de sus engranajes más importantes. Solo por la continua intervención del Estado el neoliberalismo puede promover las condiciones jurídicas para la competencia, puesto que esta última, no es más una característica antropológica o natural del hombre, sino una producción técnica que debe ser promovida cada vez.

Pero el Estado neoliberal carece de soberanía (tal como Hayek piensa la cuestión de la democracia) porque esta última se ha hipertrofiado en el mercado. Por eso hoy, cuando nuestro país sufre la irrupción de un virus el neoliberalismo prevalente se revela como necroliberalismo puesto que jamás pudo sacarse de encima a la soberanía, como aquél poder supremo capaz de matar que, sin embargo, ahora se alojará en el terreno de la economía y adquirirá el nombre de “libertad”.

Sobre el Autor

Rodrigo Karmy Bolton

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

1 comentario

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    Felicitaciones POR EL ANÁLISIS, CARGADO DE TODO TIPO DE CONSECUENCIAS Y APLICACIONES PARA ENTENDER EL MOMENTO ACTUAL, NACIONAL Y MUNDIAL. HAY QUE «RUMIARLO» MAS Y ECHARLO A JUGAR SOBRE LOS ESCENARIOS POLÍTICOS ACTUALES.

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