La Convención Constituyente debe ser un debate ideológico real, no edulcorado

Quienes apelan al ethos de los noventa, realmente manifiestan sus deseos de que la Convención Constitucional sea una gran escaramuza en la que todo cambie para que nada finalmente lo haga de verdad. Y los enfrentamientos ideológicos no pueden ser así. No pueden ser un descafeinado relato de amistosa discrepancia. Porque la discrepancia en sí misma no es violenta, por lo que intentar sumarle, además, un tono edulcorado, es no querer que se discrepe.


Terminadas las elecciones constituyentes y las inscripciones a primarias presidenciales de los sectores políticos, parece importante preguntarse qué será la Convención Constitucional y qué es lo que se debate en ella. Esto debido a que, una vez conocidos los resultados electorales, muchos han querido convertir esta instancia en una especie de acto liviano, rodeado de una “buena onda” cívica en la que los acuerdos estén por sobre las diferencias.

Lo que se ha olvidado es que debe darse un debate ideológico. Se ha tratado de negar que habrá enfrentamientos, y que estos no tienen por qué ser opacados por un constante consenso indoloro, ni suavizados con un manto eufemístico.

Si bien muchos tenemos dudas de cuán politizados realmente están ciertos sectores llamados “independientes”-y qué nivel de conciencia hay de lo relevante del enfrentamiento de ideologías luego de décadas donde una sola ha reinado sin disidencias reales-, vale la pena dejar en claro que acá se necesita plantear cuál es el rol del Estado y el mercado. Y si se pretende establecer certezas reales para toda la ciudadanía, estas deben llevarse a cabo mediante el aparato público.

Señalo esto porque hay quienes no quieren entender que para que haya cierto nivel de acuerdo en torno a algo, primero debe haber diferencias expresas. Al contrario de lo que nos planteó el relato transicional, la conversación democrática no es una puesta en escena en la que no hay un intercambio real de postulados.

Quienes apelan al ethos de los noventa, realmente manifiestan sus deseos de que la Convención Constitucional sea una gran escaramuza en la que todo cambie para que nada finalmente lo haga de verdad. Y los enfrentamientos ideológicos no pueden ser así. No pueden ser un descafeinado relato de amistosa discrepancia. Porque la discrepancia en sí misma no es violenta, por lo que intentar sumarle, además, un tono edulcorado, es no querer que se discrepe.

No le temamos a las ideologías. Lo peor que se puede hacer hoy en día es negar que estamos en un solo terreno ideológico en el que se enfrentan quienes quieren mantenerlo y quienes, sin saber que son su producto, dicen querer cambiarlo. Urge que por sobre los discursos de lado y lado que dicen querer el bien de Chile, haya definiciones y disensos sobre los estragos de este ciclo político y económico en el que hemos vivido.

Si convertimos el tema constitucional en un juego de garantes del “orden” y provocadores del “caos”, lo concreto es que no se querrá asumir lo que verdaderamente esta instancia histórica nos puede entregar: un cambio de paradigma en el que los mitos, los eufemismos y las falsas verdades reveladas del pasado se vayan cuestionando una a una.

A algunos esto les puede parecer temerario. A lo mejor hay quienes creen que construir una Constitución y una nueva institucionalidad es algo que no debe pasar por saber qué ciudadano vive en Chile. Pero esa debe ser la primera pregunta antes de sentarse en la mesa constituyente.

Hay que entender qué es lo que ha hecho el mercado con ese ciudadano, y por ende desde dónde realmente habla. Creer solamente que este es lejano a la lógica mercantil por manifestar su descontento hacia ella es no entender el Chile en el que hemos vivido. Hay que sopesar la influencia cultural de lo que parece estar cayendo día a día sin que se derrumbe del todo. Y para eso hay que, insisto, tener conciencia ideológica. Es lo único que nos llevará a encontrar una alternativa maciza a la hegemonía imperante que queremos cambiar.

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