La columna del pastor sobre la “infantilización”

El gobierno “serio” lanza miles de policías a custodiar el espectro de un trono enteramente vacío, exactamente como el trono que experimenta Piñera desde el 18 de Octubre en que se acabó su gobierno para siempre aunque él aún vaya a La Moneda. Al igual que las palabras NOS MATAN, las de Izkia Siches dicen exactamente lo mismo: gobierno “maltratador”, “infelices” que han hecho lo imposible por privilegiar el capital por sobre la salud de su pueblo.


“Infantilización”. Con este término calificó el pastor, en su habitual liturgia dominical del diario El Mercurio, a las palabras de Izkia Siches acerca de la situación nacional. Como si él fuera el único hombre, adulto, rector y columnista de El Mercurio: cuatro investiduras que funcionan como insignias del poder que goza para enjuiciar domingo tras domingo quien lo ha hecho mal y quien lo ha hecho bien durante la semana.

El pastor ofrece “juicio” a una mujer a la que, lisa y llanamente, trata como si tuviera debilidad emocional y hubiera “cedido” a los interrogadores del programa. El “juicio” condena a Izkia Siches al infierno de los ingobernables, de aquellas ovejas descarriadas que el pastor debe asegurar reprender. Pero todo esto es la fantasía del pastor –casi escribo “rector”. En esa palestra mercurial que aún permanece impune por conspirar contra el gobierno democrático de la Unidad Popular con grandes sumas recibidas por la CIA, en esa palestra, el pastor nos ofrece lecciones de “democracia”, de qué y cómo debería actuar una autoridad pública: “De pronto se infantilizó”-dice el pastor sobre Siches –como si de un monstruo oculto se tratara y no de la dura y seca realidad en la que estamos.

El término latino “in-fans” de donde proviene el término que el pastor usa despectivamente “infantilización”, significa ni más ni menos, “el que no habla” y que, por tanto, no puede pertenecer a la comunidad de los hablantes que clásicamente definen a la República. Con el término “infantilización” el pastor expulsa a Siches de la República. Le excluye de su vida política, la priva de ser interlocutora legítima, la expulsa del Olimpo de la “razón”. La mujer nuevamente expulsada de la República en defensa de su “seriedad”. Acto ni siquiera conservador. Más bien reaccionario de inmediato.

Apelando a la misma seriedad que, por 30 años, nunca reclamó nada al FMI, la misma que pactó con militares o que mantuvo a civiles implicados en la dictadura impunes hasta hoy. La “seriedad”, el imaginar pertenecer a un país “serio” que no puede ser como el “resto” de América Latina, es lo que el pastor le reprocha a Izkia Siches: ella –la mujer, él es el hombre- habría expresado su emoción, habría excedido sus palabras al tratar al gobierno y al ministro de “infelices”. Pero ¿no es eso lo que el pastor querría? ¿No es ser “serios” ser “infelices”?

En cualquier caso, la operación pastoral implicada en la columna del “rector” se anuda a la otra omisión que, sin embargo, sigue latente cada vez que la galería CIMA muestra lo que ocurre en Plaza Dignidad: desde el 8 M se dibujaron dos palabras en la sequedad del cemento: NOS MATAN –dicen- mientras miles de policías sintomatizan al horror vacui experimentado por el poder que ha emergido una vez se hubo retirado la estatua del General Baquedano. Se retira el militar y la expresión NOS MATAN salta a la superficie.

El gobierno “serio” lanza miles de policías a custodiar el espectro de un trono enteramente vacío, exactamente como el trono que experimenta Piñera desde el 18 de Octubre en que se acabó su gobierno para siempre aunque él aún vaya a La Moneda. Al igual que las palabras NOS MATAN, las de Izkia Siches dicen exactamente lo mismo: gobierno “maltratador”, “infelices” que han hecho lo imposible por privilegiar el capital por sobre la salud de su pueblo.

Izkia Siches también está diciendo: NOS MATAN. Y, al igual que Lastesis que, en Octubre de 2019, enseñaron que “el violador eres tú” –el patriarcado como lógica del “hombre” y “adulto”- Siches habla claramente frente a las cámaras para repetir el desgarrador mensaje. Porque, a diferencia del rector que cree decir la verdad, hoy esa verdad no está en El Mercurio. ¿Cuándo estuvo ahí? Ella está en los gestos, en la dimensión expresiva que se ha tomado las calles del país: NOS MATAN escrito en la superficie de Plaza Dignidad, o un gobierno “maltratador” son expresiones o gestos de verdad.

Una verdad que no necesita de las “serias” formas que tanta rimbombancia dieron a los 30 años de “transición ejemplar” para terminar en un país arruinado con un gobierno que solo ha podido sostenerse gracias a la intensificación de formas de dictadura comisarial que defiende al capital gracias a la vía policial. No. Basta pintar NOS MATAN, o decir que el gobierno ha sido “maltratador”. La frágil mesura del orden encuentra su desmesura al instante.

El pastor puede estar tranquilo con todo eso. Desde el primer momento de la asonada popular en Octubre de 2019 fue entrevistado en uno de los canales de los grandes grupos empresariales citando a Max Weber (un pensador liberal) para justificar una política fascista (la brutal e impune represión policial). Y, el pastor, que intenta mantener contra viento y marea la verdadera noción del bien y el mal, en realidad hace mucho que dejó su tarea tradicional.

Porque todos sabemos que nunca el pastor dijo la verdad, sino que esgrimió subterfugios a través de ella para desplegar la repelencia del resentimiento. Y justamente, el in-fans, aquél que no está inscrito en la gramática del resentimiento, en el orden de la “seriedad” es el único capaz de verdad. No a través del podrido léxico de la República, pero si a partir del gesto, la expresión en la que nada más que la fría y seca realidad irrumpe de manera intempestiva. No porque estuviera “oculta”, sino porque ha estado en la misma superficie por la que transitamos todos los días. Cuánta verdad hay en los niños, cuánta verdad en la in-fancia, cuánta verdad en Siches, cuan decisiva la expresión NOS MATAN que el pueblo marcó a fuego mientras le acribillaban los ojos y, sin embargo, podía ver más allá que las pasiones tristes que inundan a un pobre pastor sentado en el pestilente balcón del poder.

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