La cara: velo, capucha y mascarilla

La cara: velo, capucha y mascarilla

Muchos superhéroes son enmascarados. Como si en la máscara latiera una inquietud, pulsara el desconocimiento de una mirada, la opacidad de otro.  La máscara destituye a la episteme policial que sistemáticamente exige la desnudez de la cara, como si ella residiera “detrás de”. La fórmula repetida hasta el cansancio por nuestros demócratas (jóvenes y viejos) no es otra que la ilusión ofrecida por la “transparencia” por la que el sujeto aparece “tal como es” frente al otro. Sin máscara, con su cara, desnuda de una sola vez y exenta de interferencia.

No puede dejar de asombrar que el discurso del poder exprese inquietud frente al encubrimiento de la cara. Como un lugar que expresara “pureza” y en ella se asomara la “verdad” del sujeto que porta dicho cuerpo, el uso del velo, la capucha y la actual mascarilla ha generado reacciones muy similares de parte de los sectores de ultraderecha en diferentes partes del mundo.

En Francia -pero no solo ahí- hace años se abrió la discusión de si era legítimo que las mujeres musulmanas residentes en dicho país (fueran o no de nacionalidad francesa) llevaran consigo algún “velo” islámico (en cualquiera de sus intensidades, sea burka o hiyab). La esfera pública –se argumentaba- estaría exenta de portar vestimenta religiosa puesto que toda religión –según reza la fórmula laica- debiera quedar en la esfera privada. ¿Significó que alguna monja tuvo que renunciar a su vestimenta al salir a la calle o algún sacerdote católico a las suyas para desplazarse entre las avenidas? ¿Acaso el empresario debe prescindir de su terno para dejar de lado la vestimenta litúrgica con la que ofrece sus alabanzas al capital? Por cierto, la medida estaba estrictamente dirigida a la “mujer musulmana” (como si “mujer musulmana” fuera alguien homogéneo), activando así, un principio orientalista que presuponía que el solo uso del “velo” implicaba una “violencia hacia la mujer” que la Republica –en virtud de sus valores civilizatorios- debería considerar inaceptable.

El “velo” pondría a la mujer en el nivel de la “barbarie”, en cambio la cara desnuda la pondría en el lugar de la “civilización”; la mujer puesta en “velo” necesariamente experimentaría opresión, mientras que la mujer puesta al desnudo devendría libre y propia de una República. No sin ironía, el filósofo Alan Badiou se preguntaba si acaso la crítica “liberal” al uso del “velo” en los espacios públicos no escondía una estética pornográfica en la que la mujer solo podía expresar la verdad solo si aparecía con su cuerpo desnudo: ¿por qué el uso del “bikini” haría devenir a la mujer más verdadera que el “velo? ¿Por qué una mujer desnuda aparecería como “libre” frente a la mujer con velo que aparece como si fuera “oprimida”?

En todas partes del planeta, también en Chile, el uso de la capucha en las protestas ha sido objeto de permanente condena. Cuando irrumpió el movimiento estudiantil en el año 2011 la crítica de parte de los intelectuales del poder a la que los propios estudiantes terminaron cediendo, fue que la acción política implicaba “dar la cara” y que nadie debería esconderse tras una capucha para protestar. Incluso, se ha llegado a la estupidez de promulgar una ley “anti-encapuchados” que sancione con graves penas a los individuos que protesten con alguna capucha. ¿Por qué la política exige “dar la cara”? Nuevamente nos encontramos en la misma escena que en la situación del uso del “velo” en la mujer: cubrir la cara parece significar “barbarie”, en cambio actuar y hablar a cara descubierta sería indicativo de la “civilización”. Una política que actúa a cara descubierta y que no se interroga sobre qué podría ser o no la transparencia está condenada a inscribirse en los códigos del poder: citando al subcomandante Marcos, preguntemos: ¿por qué quien usa un terno pareciera estar más “descubierto” y ser más transparente que un chicx que usa una capucha? También se puede formular así: ¿por qué el porno aparecería como una estética “transparente” cuando en rigor ha sido el mismo porno el que nos priva de la sensibilidad de los cuerpos? La llamada “democracia” parece necesitar de una cara descubierta, totalmente desnuda. No habría “democracia” liberal sin dicha desnudez.

En sus diversas manifestaciones a propósito del coronavirus, la ultraderecha estadounidense ha rechazado fuertemente no solo las cuarentenas, sino también el uso de mascarilla en los diversos espacios públicos. Las cuarentenas y las mascarillas aparecen frente a sus ojos como dos intensidades de una misma lógica: la de ocultarse en la esfera pública, de no aparecer en ella y esconderse, “velarse” si se quiere.  Si el virus fue un arma del “comunismo chino” practicar las cuarentenas implica ceder ante él y si EEUU es la nación más fuerte de todas, entonces sus ciudadanos deberían resistir perfectamente sus embates y vencer finalmente a China. En diversos Estados de los EEUU miles de manifestantes salieron a la calle para denunciar el “comunismo” de la cuarentena o de las mismas mascarillas (incluso exclamando que se sacaban la mascarilla porque darían la “vida” por su bandera).

Todo puede parecer estúpido –lo es- pero la estupidez no es algo anómalo, excepcional que provenga de la nada. Antes bien, se anudan a una cierta racionalidad en la que la exigencia republicana por descubrir el “velo” de la mujer en la esfera pública, la liberal que arremete contra la “capucha” se encuentran catastróficamente con la actual apuesta neofascista de no usar la “mascarilla” para evitar caer en la conspiración china que pretende destruir a “América”. ¿Por qué? ¿Qué racionalidad es la que estaría operando en estas tres situaciones, no obstante, su diversidad?

La cara no es cualquier cosa. Signo de transparencia, en ella se anuda la “verdad” de una cultura, la pureza de un poder, la sacralidad de un “sujeto” que se expone al mundo y responde la pregunta “¿quién es?” Un sujeto que aparece sagrado, es decir, privado de su experiencia común, intocable como último punto de la soberanía de un “yo” que asoma transparente, sin interferencia, ni desviación, en su más plena libertad. Mas, se trata de una libertad indistinguible de la soberanía y, en ese sentido, de un “yo” que se asienta como principio y fundamento de cualquier “apariencia” que pudiera enmascararle, ocultarle, ensuciarle.

Muchos superhéroes son enmascarados. Como si en la máscara latiera una inquietud, pulsara el desconocimiento de una mirada, la opacidad de otro.  La máscara destituye a la episteme policial que sistemáticamente exige la desnudez de la cara, como si ella residiera “detrás de”. La fórmula repetida hasta el cansancio por nuestros demócratas (jóvenes y viejos) no es otra que la ilusión ofrecida por la “transparencia” por la que el sujeto aparece “tal como es” frente al otro. Sin máscara, con su cara, desnuda de una sola vez y exenta de interferencia. Esta episteme policial, fórmula metafísica que exige desenmascararse, es el lugar donde liberales y fascistas convergen secretamente. Justamente el capitalismo cibernético (o neoliberal, que es igual) promueve el desenmascaramiento como una forma de enmascaramiento mucho más eficaz. Mecanismo, que deviene en la catastrófica sustitución de la opacidad del mundo por la actual e ilusoria transparencia del globo.

Una política radical, que pretenda volver a habitar el mundo y no trabajar a favor de la conformación del globo, ha de ser necesariamente velada, enmascarada. El juego de las máscaras es monstruoso. En él no hay más “detrás”. Máscaras en las que devenimos siempre otros: el velo, la capucha y la mascarilla (incluso en la indistinción y uso alternado con que han sido utilizadas en las protestas alrededor del mundo) constituyen el umbral de múltiples insurrecciones tan proliferantes como destituyentes, que juegan a contrapelo de los “demócratas” y su acumulación infinita de capital.

Sobre el Autor

Rodrigo Karmy Bolton

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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