La Brecha

Ya no es solo el llamado síndrome de la cabaña, consistente en el temor obsesivo a salir de casa, o la muy razonable resistencia a hacerlo bajo circunstancias de alta exposición al riesgo, sino la intuición, más menos comprobada, de que las brechas de oportunidad de acceso a la educación heredarán la exclusión social de padres a hijos. ¿Quiénes y cuántos podrán realmente conectarse a internet para ingresar a la sala de clases? ¿Quiénes y cuántos aprenderán a manejar las tecnologías de transmisión de contenidos? ¿Quiénes y cuántos aprenderán los dominios y aplicaciones del conocimiento transferido?

En unos días se cumplirán seis meses desde que se suspendieron las clases presenciales en establecimientos educacionales y jardines infantiles del país, esto es, escuelas municipales, particulares subvencionadas, particulares pagadas, dependientes de servicios locales de educación o administración delegada.

Durante este tiempo la opinión pública ha sido testigo de la abierta tensión protagonizada por el ministro de Educación, persuadido de reiniciar las actividades escolares, y el gremio de los profesores y profesoras, renuente a la arriesgada decisión administrativa. Entre ambos polos de la controversia, se extiende una espesa bruma de incertidumbre que envuelve a padres y apoderados, y a los niños, niñas y adolescentes, que alcanzan a percibir los nocivos efectos que está teniendo sobre sus vidas y su desempeño educativo el manejo de la crisis sanitaria.

El desconfinamiento asimétrico

Ya no es solo el llamado síndrome de la cabaña, consistente en el temor obsesivo a salir de casa, o la muy razonable resistencia a hacerlo bajo circunstancias de alta exposición al riesgo, sino la intuición, más menos comprobada, de que las brechas de oportunidad de acceso a la educación heredarán la exclusión social de padres a hijos. ¿Quiénes y cuántos podrán realmente conectarse a internet para ingresar a la sala de clases? ¿Quiénes y cuántos aprenderán a manejar las tecnologías de transmisión de contenidos? ¿Quiénes y cuántos aprenderán los dominios y aplicaciones del conocimiento transferido?

Porque el desconfinamiento asimétrico de clase, poder y prestigio social que se está observando con el restablecimiento de la educación presencial en las escuelas más ricas de las comunas más ricas del país, confirma los temores del selectivo «retorno a la nueva normalidad». Estas escuelas —y la alta calidad de vida de sus estudiantes― podrían ser lo único comparable de Chile con los estándares de desarrollo humano que exhiben países como Suecia, Finlandia y Dinamarca, o los más avanzados de la Unión Europea. Un reciente estudio del Ministerio de Educación y el Banco Mundial, EI impacto de la Covid-19 en los resultados del aprendizaje y escolaridad en Chile, arroja resultados aún más sobrecogedores que los puestos de manifiesto por el propio estallido social de octubre. Revela que las desigualdades entre ricos y pobres desnudadas por la pandemia, abren un abismo tan profundo y ancho, que las actuales instituciones democráticas tardarían años en cerrar.

Así, mientras el 89 por ciento de los estudiantes procedentes de los hogares más ricos tiene asegurada la conexión digital a la escuela, escasamente el 27 por ciento de los hogares más pobres dispone de algún acceso a la provisión de educación a distancia. Esta cobertura es asimismo desigual cuando se compara la escuela pública con la privada. En escuelas municipales solo puede conectarse el 27 por ciento de sus estudiantes. Por contraste, el 40 por ciento de los alumnos de colegios particulares pagados puede conectarse al aula. En la región de Atacama, la provisión de educación a distancia cubre nada más que el 19 por ciento de la población escolar, pero en Antofagasta supera con creces esta proporción llegando al 53 por ciento. En la región de Aysén, apenas una cuarta parte de los estudiantes puede conectarse a través de internet con la escuela, pero casi ninguno de los que pueden hacerlo pertenece a los estratos más vulnerables de la población. Han sido prácticamente abandonados por el sistema.

La ficticia aula líquida

El estudio encargado por el Gobierno destaca que el 82 por ciento de los estudiantes de establecimientos públicos puede acceder a algún dispositivo, como computador, tableta o celular, para la formación a distancia, cuando en los particulares pagados esta proporción se empina al 97 por ciento, siendo la región de Magallanes la de mayor acceso, con el 93 por ciento, y la de Ñuble la más baja, con el 82 por ciento. No obstante, el análisis de País Digital demuestra que en Magallanes la disponibilidad de algún aparato técnico sería menor: alrededor del 83 por ciento de su población total contra el 65 por ciento de Ñuble. Solo que menos de un tercio de tales usuarios emplearía la comunicación electrónica con fines de educación formal y capacitación. Simplemente, la posesión de celulares, bandas y funciones no significa que puedan utilizarse para la educación a distancia. Hay necesidades económicas de los usuarios que restringen estas posibilidades. De hecho las diferencias se agudizan cuando se observan a la luz de las posiciones de clase y de estatus social. Las personas del diez por ciento más rico de la población con acceso a internet, duplica al número de personas del diez por ciento más pobre. Y los que tienen educación de posgrado completa, duplican a quienes carecen de educación formal.

¿Y cómo es la fractura social y cultural entre los menores de 19 años, o sea, los que están en la educación formal?

Solo el 10 por ciento de los niños y niñas de 5 a 9 años, es decir, los que cursan desde kínder hasta cuarto, emplean las tecnologías para fines educativos. Esta cifra se eleva al 22 por ciento en los niños y niñas de 10 a 14 años, y al 36 por ciento, en adolescentes de 15 a 19 años que cursan la enseñanza media.

Es puramente especulativo sostener, como lo hace la investigación del Ministerio de Educación y el Banco Mundial, que la apertura de las escuelas en el mes de septiembre pueda mitigar en un 30 por ciento la pérdida de clases presenciales, y en un 12 por ciento la pérdida del año escolar completo. O que en regiones, como Atacama, este subsidio de la educación líquida a la educación in situ pueda llegar al 6 por ciento. La hipótesis general de esta idea supone que existe una prolongación metodológica del aula física al aula virtual;que no la hay. Porque la realidad del espacio escolar no se reproduce en la ficción de la educación a distancia. Es demasiado evidente a ojos del observador sano y desprejuiciado, que una ilusión tal no consigue disfrazar los malabares que deben hacer los docentes para conciliar sus tecnologías domésticas con el eufemismo del «teletrabajo», o las dificultades de estudiantes y abuelos, que ven en la pantalla de 50 centímetros cuadrados del único «dispositivo», el celular de la casa, la imagen borrosa de un maestro, o las ventanillas oscuras de los compañeros que no han podido enchufarse.

Mostrar el oscuro horizonte de Chile, tras un año perdido, y subrayar con especial énfasis que este desastre será peor «sobre todo para los más vulnerables», no adiciona valor alguno a lo que está asimilado por la conciencia moral del país, y que se expresa en todo orden de encuestas. Esto de que «dichas diferencias también podrían llegar a tener un efecto permanente en la sociedad chilena y en sus estudiantes si no se generan soluciones de corto y mediano plazo que permitan entregar educación de calidad a los niños, niñas y adolescentes que actualmente se encuentran en el sistema escolar». ¿Qué hay de novedoso en destacar que el sistema educativo, con pandemia y sin pandemia, reproduce el capital social de quienes poseen más recursos culturales?

Toda esta desigualdad, asimetría, e injusticia que certifican las conclusiones del estudio, es justamente la que justifica, aconseja y legitima la decisión de política pública de no exponer más al contagio, al dolor y a la muerte, a los menos fuertes, que son los excluidos de esta nueva sociedad líquida donde se reproducen los sistemas de desigualdad.

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