La Batalla (In) Constitucional

En vez de pensar en la Nueva Constitución como el sello que marca el fin de toda lucha, se trataría de pensar en la Nueva Constitución como un lugar más en que las luchas anti-capitalistas pueden iniciar un nuevo ciclo. Se trata de pensar sin dejarse “centrar” por la “obra” constitucional, sino abrirse y hacer “proliferar” la multiplicidad de luchas desde la Nueva Constitución, pero, sobre todo, desde sus bordes, el campo de lo “in-constitucional”, el afuera de la misma forma Estado.   


La cuestión constitucional ha centrado todas las miradas. No podría ser casualidad si justamente la Constitución concierne a la estructura del Estado cuya función consiste precisamente en “centrar” la mirada, ordenar el mundo, monopolizar la violencia. En este registro, la pregunta que se ha formulado presupone un esquema “finalista” que interroga de qué modo la intensidad de la revuelta podría, eventualmente, traducirse en la Nueva Constitución.

Pero dicha pregunta se formula desde la presuposición que mira la revuelta como un “medio” para un “fin” que habría sido la formación de una Nueva Constitución. ¿Cómo no traicionar? Se preguntan algunos. ¿Cómo traducir? Se preguntan otros en este esquema de medios y fines. Con justa razón, se presupone el triunfo de la institucionalidad y, muchos, se alegran que, por fin, esta última habría terminado por “canalizar” institucionalmente la   anarquía de la revuelta.

Sin embargo, las cosas devienen mucho más opacas. El esquema “finalista” que concibe el proceso única y exclusivamente a partir de la “obra” o el “fin” a cumplir (la Nueva Constitución) y, por tanto, centra su mirada, su olfato, su pensamiento en tomarse el poder del Estado, olvida un asunto decisivo que ha proliferado durante todo el año en curso y lo seguirá haciendo: es que la revuelta no es un “medio” orientado a cumplir un “fin” (la Nueva Constitución) porque no obedece a una dinámica político-estatal que pudiera reducir su intensidad a un “centro” específico, sino más bien, constituye una potencia nómade, descentrada de cualquier institución y proliferante como cascadas arbóreas que se multiplican sin fin.

A diferencia del esquema “finalista” que reduce a la revuelta exclusivamente al campo de la “obra” a cumplir, el esquema que llamaremos “rizomático” posibilita su proliferación e intensificación sin fin de la destitución popular en la multiplicidad de todos los intersticios de la sociedad. Si el primer esquema demanda un “centro” articulador (el Estado), el segundo irrumpe en un conjunto de redes sin centro articulador pero plagada de “nudos” singulares que la revuelta destituye parcial o totalmente. La compleja red de nudos articulados configura la trama capitalista en el escenario neoliberal prevalente.

En estos términos habría que pensar estratégicamente la cuestión constitucional: no plantearla desde el esquema “finalista” que exige a la revuelta el cumplimiento de una obra  estatal (la Constitución) desde la cual su potencia termine siendo neutralizada, sino proponer el esquema “rizomático” que desenvuelve a la revuelta en la multiplicidad de intensificaciones, sin necesidad de que haga una “obra” en particular, sin la exigencia de “centralizar” –y por tanto de neutralizar- su potencia en la escena de la  Nueva Constitución. ¿Qué sería esa Nueva Constitución, entonces? Ante todo, no el “fin” de la revuelta, sino el inicio de una nueva batalla.   

Como irrupción de la imaginación popular que profana enteramente los nudos sobre los que se teje la razón neoliberal, la revuelta puede abrir diversos campos de batalla simultánea y paralelamente. Para ella no existe un “centro” articulador que anude todo el resto de las luchas, sino que cada lucha se agencia de manera singular y paralela a otras, en las que no existe dirección ni forma unívoca de liderazgo. Pensar que la revuelta tiene un “centro” único sobre el cual asentar su lucha es hacer teología, pero no estrategia, es restituir el lugar de un Dios que ordena y tranquiliza al mundo, pero no abrirse al campo de la experiencia que justamente lo trastorna.

La destitución del capitalismo neoliberal no puede ser una lucha “centrada” (por tanto, no puede ser tarea de teólogos) porque él mismo ha desplazado todos los centros del horizonte político moderno. Más bien, ella ha de ser un trabajo “rizomático” capaz de destituir cada nudo liberando a la imaginación de la captura proveída por el capital.

Hasta hoy, uno de los movimientos o, más bien, una de las potencias que ha entendido la lucha en términos “rizomáticos” y no “finalistas” ha sido el feminismo. Porque la crítica al “patriarcado” en realidad no designa un centro, sino un nudo que articula a otros nudos y que despliegan la lucha a nivel total: en todos los espacios, en diferentes prácticas, el orden puede ser suspendido, desarticulado, vuelto a imaginar.

Por eso, no se trata de pensar solo en la cuestión “constituyente” como el único objetivo, o “centro” de la lucha sin cuartel que ha sido desplegada, sino de concebirla como un nudo más que debe ser transformado. Quizás, se trate de pensar cómo la Nueva Constitución, en vez de neutralizar las formas de vida, pueda desatarlas e iniciar una batalla que recién comienza.

En vez de pensar en la Nueva Constitución como el sello que marca el fin de toda lucha, se trataría de pensar en la Nueva Constitución como un lugar más en que las luchas anti-capitalistas pueden iniciar un nuevo ciclo. Se trata de pensar sin dejarse “centrar” por la “obra” constitucional, sino abrirse y hacer “proliferar” la multiplicidad de luchas desde la Nueva Constitución, pero, sobre todo, desde sus bordes, el campo de lo “in-constitucional”, el afuera de la misma forma Estado. Porque una Constitución no es solo un “texto” normativo, sino la multiplicidad de batallas prácticas y teóricas, políticas y hermenéuticas, una zona de guerra en que la interpretación no se mide desde las alturas del concepto, sino desde la crudeza de los cuerpos.  

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