Jóvenes pistoleros

El modelo promueve el consumismo como paradigma del éxito. Caras bonitas y famosos de la televisión, referentes, son los que agitan no sólo los beneficios de las AFP y las ISAPRES, sino también el consumo de celulares, zapatillas de marca, comida chatarra y viajes a playas paradisiacas. Lo hacen en vivo y directo, mezclando la farándula y las noticias de la vida cotidiana con los bienes y servicios de consumo.


La delincuencia callejera se ha multiplicado, alcanzando rasgos preocupantes. Jóvenes pandilleros, muchas veces niños, pistola en mano, no vacilan en asesinar para robar un vehículo o un celular.

Varias familias han perdido seres queridos, mientras la elite sigue con la cantinela sobre la buena sociedad que hemos construido, con crecimiento exitoso y reducción de la pobreza. Esto va de mal en peor y los ricos, en vez de renunciar al modelo segregador, insisten en la represión y en aumentar las penas para enfrentar la delincuencia. Se equivocan.

Hemos construido una sociedad que pavimenta el camino de la delincuencia a los jóvenes marginales. Barrios segregados, con viviendas hacinadas, niños y jóvenes en escuelas inútiles, sin oportunidades deportivas, culturales y recreativas.

Hijos cuyas madres son empleadas domésticas del barrio alto y padres ausentes, viven en soledad después de la escuela. No hay vida familiar y los jóvenes encuentran refugio en el consumo de drogas y compañía de las organizaciones delincuenciales.

No es posible empatizar con jóvenes que cometen crímenes, pero sí es necesario entender que sus historias y condiciones de vida son consecuencia de un tipo de sociedad que no ofrece oportunidades a los de abajo y donde el individualismo y el consumismo se han convertido en cultura dominante.

Pero, no hay que hacerse ilusiones que el endurecimiento de las penas o la rebaja de la edad para imputar delitos terminará con la delincuencia. No lo ha sido hasta ahora y no lo será de ahora en adelante.

El Estado y la clase política son responsables del aumento de la delincuencia juvenil, con el rechazo a las políticas universales de integración social y su apuesta a la represión y castigo como la solución a este drama. El SENAME y la cárcel son recintos inútiles para reeducar y más bien útiles para aprender nuevas técnicas delictivas.

El Estado focalizador no prioriza la prevención de la delincuencia porque es costosa y para los gobernantes los equilibrios fiscales están en un rango superior a la reeducación de los jóvenes. Además, no existe voluntad para capturar más impuestos del 1% más rico de la población y así disponer de mayores recursos para ampliar las políticas sociales.

La mercantilización de los servicios sociales ha convertido al Estado en un guardián de la distribución desigual de la riqueza. Se ha instalado entonces una segregación social estructural, con poblaciones marginales apartadas de los vecindarios de ricos, con mala calidad de la salud, educación y vivienda, hacinamiento, ambientes violentos, consumo y tráfico de drogas. Así es como cunde la desesperanza, caldo de cultivo para la delincuencia.

Por otra parte, el modelo promueve el consumismo como paradigma del éxito. Caras bonitas y famosos de la televisión, referentes, son los que agitan no sólo los beneficios de las AFP y las ISAPRES, sino también el consumo de celulares, zapatillas de marca, comida chatarra y viajes a playas paradisiacas. Lo hacen en vivo y directo, mezclando la farándula y las noticias de la vida cotidiana con los bienes y servicios de consumo.

Así las cosas, el modelo en curso, que acorrala a los jóvenes marginales en poblaciones lejanas, exalta hasta el paroxismo el consumo de marcas y servicios suntuarios, mediante una publicidad apabullante. Se ofrecen bienes a todos por igual: ricos y pobres.

Mientras las desigualdades crecen y las oportunidades de los marginales disminuyen, la sociedad se encarga de ampliar las expectativas de consumo. El Estado, los medios de comunicación y las casas comerciales favorecen el camino para que la violencia y el delito se multipliquen en el país.

La pobreza no engendra la delincuencia, sino que es estimulada por las exclusiones, que crecen en medio de la abundancia. Mientras no se renuncie al modelo de injusticias y al Estado subsidiario aumentará la peligrosidad de los jóvenes pistoleros.

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