Jimena Colombo, autora de ‘Espontáneo’: “En ningún caso haber sentido una pérdida me invalida defender el aborto libre”

Conversamos con la autora del libro que aborda el aborto más invisibilizado desde una perspectiva feminista. “Espontáneo es una invitación a preguntarnos y reflexionar sobre esta realidad, que hasta hace muy poco era un tabú, pero que lentamente está abordándose con el objetivo de visibilizar las variables que cruzan las experiencias de las mujeres que viven un aborto: violencia obstétrica, presión social, y falta de empatía y protocolos de atención en los centros de salud”.


En el último tiempo, con los avances alcanzados por los movimientos feministas, el aborto se ha transformado en un tema público. Sin embargo, este se ha dado solo en los casos que son inducidos, obviamente por el histórico enjuiciamiento moral y judicial que aún tiene en países como el nuestro (salvo actualmente en las tres causales). De esta manera, en el caso del aborto espontáneo, aquella experiencia se ha relegado aún más a la esfera íntima de las mujeres que lo han vivido, empujándolas a silenciar su dolor, invisibilizar su sentir, negar su duelo y estar solas en un proceso que debiese ser acompañado por la sociedad en su conjunto.

Hasta hace poco, era muy común que las mujeres identificaran su propio aborto espontáneo como una “pérdida”, incluso naturalizando los procesos tanto físicos como sicológicos de aquella situación, algo que se puede caracterizar como una violencia solapada desde el mismo lenguaje usado para referirse a este tipo de aborto que, a su vez, toca el tema de la maternidad deseada y voluntaria.

“A partir de lo que hablé con algunas sicólogas, como este es un aborto tan solitario, está relegado a la esfera íntima de las mujeres, y como no es algo socializado, es como que esa muerte no existió. Pero no se te perdió el embarazo, no se te perdió un hijo, se murió”, nos relata la periodista Jimena Colombo, autora de Espontáneo. Una reflexión feminista sobre el aborto más invisibilizado, de editorial Trayecto.

Basada en su propia experiencia, Jimena entrega un texto que funde esta crónica de lo vivido con una investigación acuciosa que va desde lo subjetivo a lo objetivo, entregando relatos de otras mujeres y poniendo sobre la mesa una serie de temas tabúes, como la violencia ginecoobstetra, la ausencia de espacios para el duelo o la misma decisión de vivir una maternidad con perspectiva feminista.

– En el libro, presentas los distintos tipos con los que se nombra a los embarazos terminados en aborto espontáneo. Sin embargo, hay una denominación naturalizada que es el de “pérdida”. ¿Consideras que desde el lenguaje ya parte una violencia hacia el tratamiento de este tipo de aborto?
– Sí. Me pasa que yo también lo evalué para profundizar un poco, pero iba a ser como meterme muy en lo lingüístico, analizar mucho ese discurso, así que no profundicé, pero si te puedo decir que hay un concepto detrás de eso. Yo misma decía la “pérdida” a todas mis entrevistadas y, en general, sigue pasando que las mujeres dicen “tuve un aborto espontáneo”, pero después lo llaman “pérdida” igual. Eso tiene que ver por si se alcanzó a tener una relación maternofilial, si se alcanzó a proyectar un sueño, una esperanza, un proyecto en ese embarazo que se vio truncado por este motivo natural. Sin embargo, ese hijo se murió, no lo pudiste enterrar y no pudiste hacer un rito porque no está permitido, porque es ridículo, porque fue muy poquito tiempo (mi límite en la investigación fue hasta los tres meses) y no se dice “se murió mi guagua”. Entonces, por ahí debe haber aparecido este concepto de “lo perdí, ya no hay más embarazo”. Y claro, cuando te comunican que el embarazo ya no sigue su curso, ahí te pueden decir que es un aborto incompleto o todo ese listado que hago en el libro. Pero la principal diferenciación es que hay dos tipos de aborto según sus causas: espontáneo e inducido.

– Si bien el aborto inducido es uno de los temas punta de lanza para el feminismo –con justa razón­–, al parecer el aborto espontáneo, que tiene que ver con una cuestión previa que es la maternidad deseada, no lo es tanto. ¿Crees que desde el feminismo falta incorporar estos temas de la maternidad para que se puedan debatir con más fuerza?
– Sí. Hay libros como el de Esther Vivas (Maternidad desobediente) que abordan esto. Y claro, hasta cierto momento, el feminismo no tuvo considerada la maternidad porque significaba que la mujer no podía ser otras cosas. Ahora, sí la mujer puede conciliar trabajo y crianza, aunque no como quisiéramos. Son muy pocas las privilegiadas que tienen un trabajo que se pueda conciliar 100% a como una quiere ser mamá. Nosotras en Chile vivimos en una lógica neoliberal en donde debemos conciliarlo a medida de la economía, a la fuerza y sacándonos la mugre dentro y fuera de la casa.

– ¿Y cómo las mujeres que deciden ser madres o que ya lo son podrían levantar esa bandera de lucha en el movimiento?
– Es que si tú te dices feminista y no compartes esa lucha, estás dejando un grupo muy grande de mujeres de lado. El feminismo es luchar contra toda mujer oprimida y contra toda opresión. Sin embargo, los temas sobre la maternidad están súper dejados de lado. Imagínate que estamos recién peleando por un postnatal de 12 meses o por la Ley Adriana para que no nos traten mal en las clínicas. En ese sentido, el feminismo tiene que pelear ahora por estos temas.

– Uno de los ejes de tu libro es la violencia ginecoobstétrica en los casos de aborto espontáneo. ¿Cómo se da esta violencia?
Desde que somos chicas, de la primera vez que somos atendidas por un ginecólogo, o en la obstetricia sin haber sido madres, en todas esas instancias hay violencia. Cuando te cuestionan sobre tu vida sexual, el por qué ocupas tal método anticonceptivo y no otro. Todo eso, las miradas, todos los juicios, todo lo que se puede dar en esos contextos se llama violencia ginecoobstétrica y es un problema de salud pública mundial. Además, a mayor estado de vulnerabilidad, mayor es el grado de violencia al que las mujeres están expuestas.

– Discriminación de clase.
– Claro. Si eres mujer estás expuesta a una violencia, pero si eres mujer migrante o pobre, ahí le vas sumando grados al nivel de violencia al que estás expuesta.

– De hecho, en el último tiempo se ha hablado más de la violencia ginocoobstetra en el parto.
– El parto es un proceso súper natural, que cualquier mujer lo puede llevar a cabo sola si no hay dificultades. Pero desde que se medicalizó, tenemos naturalizada la violencia de que te digan qué hacer, que te amedrenten, que si no pujas y tu guagua no sale pronto algo le puede pasar y será tu culpa.

– ¿Y qué pasa en los casos de aborto espontáneo?
– Se dan situaciones terribles y pasan desde que te lo comunican, de una forma súper cruel y sin anestesia. Y si bien es parte de lo que podemos vivir por el hecho de ser mujeres, después con los años aflora el sentimiento que podrían haberlo vivido quizás con más atención. Me arriesgo a decir que son pocas las mujeres que les pasa inadvertido cuando tienen ganas de ser mamá, porque si abortaste (de forma natural) y no tenías ganas, estás en todo tu derecho de no sentir nada y que no te haya pasado nada, no había vínculo. Pero cuando la mujer lo siente y lo pasa mal, eso sí puede llegar incluso a ser un duelo patológico, por eso la importancia de hablarlo, de que estén las herramientas para que uno tome la mejor opción. Me tocó escuchar a algunas mujeres que no tuvieron una situación tan trágica, pero la mayoría sí se sintió mal cuando llegaron a la urgencia, sobre todo cuando aún no había aborto en tres causales, como me tocó a mí. Ahí era terrible.

– ¿Cómo era ese proceso?
– Llegabas a una urgencia y te trataban como si tú te hubieses causado el aborto. Desde ahí a cómo te comunican que habías perdido un hijo deseado. Si ven que estás afectada (porque querías ser mamá), te comunican la pérdida sin ningún grado de empatía. Llegan y te lo lanzan. Después, cuando tienen que hacerte un legrado, te hacen pasar el postoperatorio junto con las mujeres que recién tuvieron su guagua… No hay ningún acompañamiento sicológico. Ahora, gracias a la Ley Dominga va a haber, se supone, pero mientras no se implementen bien las cosas, sabemos que van a quedar ripios de eso, porque es algo que está súper naturalizado, al punto que te tratan como cabra chica, como cuando te dicen “mamita”. E fin, el parto no es nuestro todavía. Somos muy pocas las privilegiadas que podemos hacer lo que queramos en el parto. La mayoría, y sobre todo cuando eres primeriza, tienes poca educación o no estás empoderada, te expones a muchas cosas, a que ni te pregunten si deseas parto natural o cesárea.

Jimena Colombo

– En generaciones anteriores –nuestras abuelas–, la maternidad se vivía de otra forma por muchos factores y la sociedad en sí misma era distinta. La normalidad era tener muchos hijos e hijas y, en ese contexto, el aborto espontáneo era “parte de”. Para las generaciones más jóvenes, en cambio, el tema tiene especial cuidado y atención porque las mujeres, en promedio, son madres de uno o dos hijos, por lo que el proceso de maternar comenzó a ser más vital.
– Exacto, justamente eso yo lo conversé con una de las entrevistadas que es asesora de la Ley de aborto en tres causales, e hizo un trabajo profundo sobre la historia del aborto en Chile. Entonces, claro, en el pasado, la vida sexual y reproductiva tenía muchos hitos, y entre más eventos de embarazo había, el aborto espontáneo era tomado con más naturalidad. Eso si, siempre fue un tema de mujeres, relegado a lo femenino. Dudo que los abuelos de antes hayan dicho “oye, te acompaño”, “¿te sientes bien o te sientes mal?” o que haya sido tema de sobremesa. En cambio, hoy en Chile tenemos con suerte un hijo y medio por persona, según las estadísticas, entonces la pérdida, fracasar en el intento de ser madre, significa mucho.

– Y está el hecho de que cada vez más las mujeres deciden maternar no tan jóvenes.
– El tema de la edad en las mujeres es vital porque hay una cuenta regresiva con el recuento ovárico. Hay muchas mujeres que después de cierta edad ya no pueden. También está el tema que ahora tenemos una mirada neoliberal y capitalista súper instalada, que antes no existía en relación al embarazo y el ser madre. Tienes que llegar a cierta edad para tener hijos, una familia perfecta, tu casa y todo, como si fuese una empresa. Y como en el neoliberalismo no existe el fracaso, si no pudiste tener hijos y formar familia: next! Emprende otra cosa y rápido.

– Esa es otra de las violencias fuertes que se da en el contexto de la maternidad y el aborto: temas relegados a la esfera de lo íntimo, pero con duros cuestionamientos públicos.
– Como te decía, eso es por cómo opera el sistema patriarcal en todo orden de cosas. La mujer es para lo reproductivo y lo reproductivo ocurre en las cuatro paredes de la casa, lo productivo y lo social es público. No quiero carrilearme en ese tema, pero esto responde a como el patriarcado funciona y, sobre todo, cuando tiene que ver con el éxito que tenga este mandato que es ser madre, porque es el mandato principal del patriarcado neoliberal a las mujeres: que seas madre exitosa y las hagas todas. Y cuando decides no serlo, o fracasas en el intento, o eres infértil, o se produce un aborto espontáneo, estás invisibilizada. Esas mujeres no existen.

– No cumplen con el perfil de la superwoman, como lo plantea Esther Vivas.
– Claro, no funcionan para la caricatura de mujer que pintan los bancos o el retail, porque a ellos les gusta la mamá que las hace todas, que está exhausta pero siempre está estupenda y amando a sus hijos por sobre todas las cosas y está dispuesta a trabajar 24/7 en casa y siempre está ahí, disponible. Y eso es conveniente económicamente y funcional para el sistema capitalista. En el libro aparece una cifra interesante de un estudio al respecto: nosotras aportaríamos más que la minería si nuestro trabajo estuviera monetizado, si se transara y tuviera un valor de mercado. ¿Por qué? Porque nosotras hacemos el trabajo de la reproducción.

– En el libro también haces una reflexión interesante sobre el enfrentamiento entre las mujeres que quieren maternar frente a las mujeres que están a favor del aborto. Ahí pones paños fríos y manifiestas que la lucha por el aborto inducido no se enfrenta con el aborto espontáneo ni con las mujeres que deciden ser madres.
– Esa fue la última reflexión que hice con objetivo de plasmarla en el libro. Cuando empecé a investigar, estaba en trámite la Ley Dominga. Ahí me llegó un comentario de una de mis entrevistadas sobre las personas que buscaban ser visibilizadas por la pérdida y querían llevar a cabo esta ley, pero que estaban ligadas a los grupos llamados “provida” de la ultraderecha. Pero ellos no tienen una lectura feminista del aborto espontáneo, ellos creen que si tú sabes lo que se sufre con la pérdida, con la muerte de un bebé en gestación por temprana o tardía que sea, no puedes defender el “asesinato” de un ser que viene. A mí no me parece que eso sea así, por algo quise recalcarlo y manifiesto que escribí el libro haciendo una reflexión feminista del tema, porque en ningún caso haber sentido una pérdida me invalida a defender el aborto libre y al contrario, defender el aborto libre tampoco invalida el haber sentido esa pérdida.

– ¿Por qué crees que esa reflexión cuesta que la tengan otras mujeres?
– Tiene que ver con la relación que las mujeres establecemos con nuestro embarazo y cuánto proyectamos en él. Hay mujeres que no alcanzan a tener una relación con maternofilial y por lo tanto no sienten que están matando a un hijo, sienten que están terminando un embarazo que no pueden llevar a cabo por diferentes motivos y punto. Pero acá es muy importante que se entienda que lo que se defiende es que tengamos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Por eso queremos que exista una ley que ampare a quienes no pueden pagar para hacerlo, porque no es que no exista el aborto. Queremos que el Estado nos cuide y nos salve la vida. Entonces, una cosa no invalida a la otra. ¿Por qué no voy a poder defender el aborto libre? ¿Qué tiene que ver eso con mi pérdida? Por eso cité el caso de la diputada Maite Orsini, porque siempre le sacan esa experiencia cada vez que tiene una discusión sobre el aborto libre. Entonces, ¿qué tiene que ver que haya sentido una pérdida con que ahora quiera defender una cuestión que se trata de salud pública? Acá la lucha es otra: el trato digno en el aborto espontáneo y el fin a la violencia ginecoobstétrica para todas las mujeres por igual.

– Al final del libro contextualizas esta demanda en el Chile actual de las luchas sociales, del rol del movimiento feminista, el proceso constituyente. En ese sentido, ¿cuál es tu perspectiva o ilusión frente a este nuevo país que está emergiendo referente al tema del aborto?
– Tengo una visión súper optimista, y ojalá no me equivoque respecto del nuevo Chile que tendremos después de la nueva Constitución que se está haciendo de manera paritaria, eso es muy importante. En las últimas elecciones también hubo un recambio, con muchas más mujeres participando en el Congreso, en los municipios, en cargos públicos. Eso tiene que ver con que la mujer, así como para mi fue escribir un libro de algo íntimo que sale a lo público, significa correr y romper esos cercos impuestos históricamente que nos decían que no los podíamos pasar solo por ser mujeres. Además, el estallido social y las leyes más simbólicas para el feminismo, como la Ley Adriana o la Ley Dominga, han nacido de las demandas civiles. Por eso quise poner esa reflexión, porque el nuevo Chile será feminista o no será.

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