Jaime Bassa, el primer acuerdo de fuerzas políticas dispersas

Quienes confían en la certeza de las lógicas institucionales debieron estar muy asustados, espantados, con la sensación de que estaban viendo escenificada la pérdida de control que lamentaron hace un par de meses en el plebiscito que aprobó esta instancia. Más aún cuando comprobaron una vez más que hay un gobierno inexistente, que no solo no quiere darle relevancia real al momento constituyente que vivimos, sino que no puede. El presidencialismo como ideología ya no surte efecto, ya no determina nada.


                      

El comienzo de la Convención Constitucional estuvo repleto de conflictos, declaraciones, gestos y simbolismos propios de un momento histórico de tal relevancia. Quien creyó que no habría suspensión de la ceremonia, o que todo estaría tranquilo, no sabe el país que habita, ni menos conoce las controversias que están ahí, a flor de piel, ya que no hay institucionalidad que pueda callarlas o cubrirlos con un manto de eufemismos transicionales.

Tales eufemismos no hacen sentido. Chile, aquella república portaliana que defiende el Peso de la Noche como un mantra transversalmente aceptado sin saberlo, no estaba. En cambio, lo que observamos era la demostración de la explosión que aún vivimos, con las particularidades expuestas y exultantes, listas para tratar de decir cosas, aunque muchas veces estas no fueran expresadas en discursos, sino en gestos, cánticos, colores y vestimentas.

Era lo que era. Aunque se quisiera romantizar o condenar lo que pasaba en el exCongreso, lo cierto es que lo que pasaba ahí estaba por sobre cualquier prejuicio, cualquier opinión crítica o positiva al respecto. No había nada que pudiera establecerse como lo correcto o lo incorrecto, ya que no había normas, ni líneas claras a seguir, porque todo iba surgiendo en el minuto, toda tradición era creada en el momento.

Quienes confían en la certeza de las lógicas institucionales debieron estar muy asustados, espantados, con la sensación de que estaban viendo escenificada la pérdida de control que lamentaron hace un par de meses en el plebiscito que aprobó esta instancia. Más aún cuando comprobaron una vez más que hay un gobierno inexistente, que no solo no quiere darle relevancia real al momento constituyente que vivimos, sino que no puede. El presidencialismo como ideología ya no surte efecto, ya no determina nada.

Pero lo que sí sigue presente, aunque se mire con desdén desde la ciudadanía de mall que hoy quiere su cuarto de libra más que nunca, es la política. Es la fuerza del ejercicio de lo político y la demostración de que sin este, no hay futuro que valga la pena.

¿A qué me refiero con esto? A la elección de Jaime Bassa como vicepresidente de la Convención. Si bien el simbolismo de la elección de Elisa Loncón se tomó todos los medios, las portadas y los comentarios en redes sociales, lo concreto es que el triunfo de Bassa por sobre Rodrigo Rojas, candidato de lo que algunos llaman erradamente la “izquierda radical” (no hay tanto radicalismo real en la Lista del Pueblo), puso sobre la mesa la relevancia del ordenamiento en torno a cierta manera de entender lo público. Y fue tal vez el primer gran acuerdo de un sector que en las presidenciales está peleado por un dilema que no es moral, sino moralista.

Bassa fue la demostración de que aunque se busque idealizar a un mundo que dice ser el representante del pueblo, lo real es que se anda en la búsqueda de darle un cauce racional a lo que se viene. Por más que Rojas sea aplaudido por esa izquierda que quiere atraer hacia ella los votos del sector que él representa, la elección del abogado constitucionalista no fue solo por sus méritos técnicos, sino porque representaba cierto acercamiento entre quienes comparten un ethos que está disperso, en días en que la dispersión parece ser un valor, una credencial democrática.

Insisto, aunque Loncón sea motivo de orgullo de ciertas fuerzas progresistas que creen más en el simbolismo liberaloide que en la lucha de clases, la vicepresidencia es más que eso porque constituye una forma de organización política clara.

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