Ilusión Municipal

Foto: Agencia Uno

Con municipios que se “llenan” de “personal de confianza” no hay debate o disputa, no hay posibilidad de salir de los lugares que les son cómodos, no existe la innovación, ni la mejora sustancial basada en criterios políticos, porque impera el compadrazgo, la afinidad, y en el caso del FA, un consenso gerencial como operatoria suturante centrada en dar respuestas a las “necesidades de la gente”.


A propósito de la nota de Chilevisión en la que se cuestionaba las contrataciones aparentemente poco transparentes en municipios con alcaldes entrantes del FA, bajo el criterio de, por un lado, la dificultad de explicar cómo se habían realizado contrataciones con altos montos si ellos mismos habían alegado que las arcas municipales fueron asumidas con serias dificultades económicas, y por otro, que algunos de esos contratos se celebraron de manera directa con colaboradores cercanos a los alcaldes, es muestra de que a nivel municipal, las acciones que se realizan siguen teniendo mucha discrecionalidad. Pero más allá del oportunismo del canal, ya que estas prácticas son lamentablemente más habituales de lo que la sociedad en su conjunto parece tolerar, sobre todo después del 18 de octubre del 2019, lo que muestra es un problema de orden político que, a mi juicio, se debe atender de manera más decisiva.

No es sorpresa para nadie que las contrataciones en los municipios operan con demasiada frecuencia en base al mañoso criterio de “personal de confianza”. Aquel significante se ha establecido para finalmente tapar lo que es secreto a voces, que esa es la forma de decir que aquella contratación responde al mero interés del alcalde, o de sus cercanos, y que se trata de poblar a las reparticiones municipales, de personal que más bien cumple un rol distinto al que fue contratado, llegando al absurdo de poner un profesor de director de salud en una comuna del sur de Santiago, o un ingeniero de actividades extractivistas en la dirección de materias sociales en una comuna de la zona norte de la capital.

Dado que esto no es sorpresa ya para la población en su conjunto, se ha prometido desde el FA que no se pueden volver a repetir aquellas llamadas “malas prácticas de la política de los 30 años”, dado que, es bueno recordarlo, gran parte de estas prácticas en las contrataciones han sido fuente de corrupción, ya sea desde realizar pagos por funciones no realizadas, hasta que aquellos sueldos sean destinados a los mismos alcaldes, como ya hemos visto en los escándalos de otras comunas.

Por ello sí es sorpresa, que ese mismo sector no haya tomado las precauciones para no caer en las mismas prácticas, porque no importa cuán bueno sea el CV de tal o cual asesor, que por cierto hay muchos de carácter brillante, sino de que aquellos mismos no aparecen en labores sustanciales en los municipios acorde a sus necesidades de gestión, por ejemplo, ocupando un cargo de carácter técnico, aparecen en oscuras labores de asesorías que más bien se ajustan a las necesidades del asesor. Es decir, resultan muy difíciles de explicar cuando son puestos a revisión, y menos cuando se ha alegado que hay falta de recursos. Al fin estos movimientos son vistos por la ciudadanía que ha depositado la confianza en las nuevas administraciones, como meros favores, como meras instrumentalizaciones de la gestión municipal para poder obtener beneficios económicos de manera directa, cayendo así en lo mismo que prometieron cambiar, convirtiendo nuevamente a los municipios en una caja pagadora.

Pero el tema va más allá, porque aquellas prácticas de contratación “endogámica” responden a otro problema, no solo de corruptela en sus casos extremos, sino que de carácter político. Sin embargo, éste se discute menos porque se extiende mucho más que el de los posibles malos usos de las platas públicas, y es que el poder alcaldicio se convierte rápidamente en un tesoro propio para un club de amigos, dónde una élite desconectada de los territorios o de los votantes, se llena de privilegios, volviendo al municipio un botín ganado por ellos y solo para ellos. Así la identificación con un grupo del tipo “son de mi confianza”, construye una identidad singular “[solo ellos] tienen los mejores CVs”, asumiendo privilegios políticos que permiten limitar el acceso al poder municipal sobre sí mismos en un cerrado y garantizado “respondo por ellos”, distinguiéndose al fin del resto de la comunidad, la que solo debe seguir lo que los “elegidos” dictan.

Aquellos pueden llegar a volverse ostracistas, con el riesgo de caer en una ilusión grupal (Anzieu), que los defiende de sus propias angustias frente a las posibles desviaciones de su “destino”. Aquella ilusión les permite creer que son lo mejor que les puede pasar a los municipios, y que su modo de hacer las cosas es el único necesario y posible, pero además sirve como sostén para justificar cualquier acción, por más cuestionable que sea, en su propio beneficio.

Con municipios que se “llenan” de “personal de confianza” no hay debate o disputa, no hay posibilidad de salir de los lugares que les son cómodos, no existe la innovación, ni la mejora sustancial basada en criterios políticos, porque impera el compadrazgo, la afinidad, y en el caso del FA, un consenso gerencial como operatoria suturante centrada en dar respuestas a las “necesidades de la gente”. Así se extingue de entrada cualquier intento de crear una “nueva política” a nivel del gobierno local, y se vuelve a formar un espacio de poder alejado de las comunidades que solo pueden aspirar a ser portadores de demandas, que serán administradas por los “elegidos”, manteniendo la brecha entre política y sociedad, intacta.

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