Ian Curtis, la leyenda en blanco y negro

Ian Curtis, la leyenda en blanco y negro

El mito del icónico vocalista de Joy Division fue la de ser el cadáver convertido en leyenda. Bisagra entre los años setenta y ochenta, es de esos músicos tremendamente influyentes pero desatendido durante un largo tiempo. El llamado poeta pospunk le dio vida a la música de la banda británica y, por decisión propia, arbitraria y unilateral –y de forma perversamente artística y bella– la mató con él también. En estos días, a 40 años de su suicidio (18 de mayo, 1980), sabemos que su importancia es tal ya que, en palabras del mismo guitarrista del grupo, Bernard Sumner, “inventó el postpunk y regeneró una inmensa forma artística, el rocanrol”.

El crítico inglés Jon Savages resumió en su libro England’s Dreaming (1991) el aporte de Joy Division en una frase: «el postpunk proyectado en la esfera íntima». Esto, porque la banda parida en Salford hizo más que apropiarse del lenguaje del punk: lo llevó hasta una madurez inesperada, más consciente de sí y de la complejidad del mundo que lo rodeaba.

El mundo del rock conectó, a fines de los setenta, al estilo punk –creado por el tándem incendiario formado por Sid Vicious y John Lydon– con la necesidad de bailar, y contaban para ello con un frenético bailarín que era, a su vez, un rapsoda y un rockero, cuya estética, semejante a la del oficinista promedio, era más punky que el punk mismo.

Ian Curtis bailaba al ritmo de una música densa, gris como aquella Inglaterra uniformada por el Estado luego de su reconstrucción, pero ruidosa como el punk de moda entre los jóvenes decepcionados de la época. Su estilo de bailar ventilaba públicamente su enfermedad mental. Como queriendo sacudírsela del cuerpo, Curtis se desconectaba de sí mismo en el escenario y su cuerpo exorcizaba, a través de la música y el baile, el sufrimiento de su epilepsia, la que lo llevó a su suicidio por la misma época en que el house y el techno se cocían en el fuego lento de los clubes ilegales en distintas partes del mundo.

A 40 años de su muerte, sabemos perfectamente de su importancia e influencia en las generaciones posteriores de músicos que se dejaron permear por el influjo de Joy Division y del oscuro compositor, a pesar de que –por suerte– no sufrió de un tratamiento aproximativo y que su influencia, inicialmente, fuera más bien subterránea. El mito de Ian Curtis no habría soportado ser expuesto a demasiada luz de un solo golpe. De hecho, el blanco y negro de sus conocidos registros fotográficos bicromáticos y de alto contraste –como los tomados por Anton Corbijn–, es lo que mejor se adapta a esta historia que termina en una de las más lamentables tragedias de la cultura rock, que cortó para siempre la corriente alterna de canciones milagrosas que contenían, en sustancia, al mundo entero.

“He estado esperando que un guía llegue y me tome de la mano”. Con esta frase inicial –de ‘Disorder’– tan clamorosa, Curtis abre la cortina de Unknown Pleasures (1979), el primer álbum que Joy Division graba para Factory Records, el sello del periodista y ejecutivo discográfico Tony Wilson. El que firmara con ellos daba cuenta de su locura clarividente: no solo los reclutó siendo unos desconocidos, sino que les dejó las manos libres para componer, para luego confiárselos al productor Martin Hannett, el que supo aportar un sonido verdaderamente singular y sin parangón para la época, que guardaba ecos de Can, Kraftwerk, The Velvet Underground, David Bowie e Iggy Pop, y era guiado por el espíritu plagado de angustia existencial.

¿Habrá entendido Wilson que en las letras del atormentado Ian Curtis y en la música del grupo estaba el eco de toda Inglaterra de fines de aquella década, y que había que catapultarlo a cualquier precio? Porque de eso se trata, efectivamente, Unknown Pleasures. O como dijo alguna vez el mismo Wilson: “en vez de decirte «ándate a la mierda», Joy Division dijo «estoy en la mierda»”. Dicho de otro modo, ahí donde los Sex Pistols vociferaron su rabia interior contra el mundo, Curtis utilizó la misma rabia para murmurar su propio dolor al oído de quien quisiera escucharlo. Y al principio, no había mucha gente.   

La voz de Curtis, inaudita en el pop –pero cuyo timbre naturalmente grave evoca un Johnny Cash inglés– parecía arrastrar con su propio impulso todo lo que pasa alrededor de él. Y con sus textos, volvió a poner normalidad y cotidianidad en el rock. ‘Love will tear us apart’ habla primero de él, de su experiencia íntima, de su derrota frente a la pareja que se rompe. Pero para contarlo, no utiliza metáforas pesadas, imágenes barrocas ni vociferaciones teatrales: lo hace con palabras. “Cuando se instala la rutina y las ambiciones son bajas, se acumula el resentimiento, las emociones dejan de crecer y nos alejamos, tomamos rutas diferentes, y entonces el amor, el amor nos destrozará nuevamente”.

Retrospectivamente, este fragmento del famoso single es el último clavo en el ataúd de Ian Curtis e hito fundamental en su leyenda: salió un mes antes de que tomara la decisión de colgarse en la cocina de su casa a los 23 años, y es la primera canción del grupo que se ubicó en las listas británicas. Después de su muerte, Closer (1980), el segundo álbum de la banda (que en julio celebra su 40° aniversario) es tan imponente como el primero.

La última canción de ese disco, ‘Decades’, empieza con estas palabras: “Aquí están los jóvenes, con el peso de sus hombros”, una frase que señala el dolor de vivir de una generación, pero que también es una descripción bastante terminal del público de Joy Division, tal cual lo veía el enigmático Curtis: jóvenes vestidos con largos abrigos que, a sus ojos, llevaban un peso demencial a cuestas. Por eso, en el fondo, no solo cantaba sobre la depresión para sacársela de encima, sino que también lo hacía a través de su característico baile locuaz, para pasar, por fin, a otra cosa. Lástima que, esto último, no supo hacerlo.

Sobre el Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *