“I can’t breathe” (No puedo respirar)

La sublevación no es más que la respiración de los pueblos y, por tanto, la destitución de los múltiples mecanismos de poder que ahogan a la multitud. Pero, a la vez, “I can´t breath” no es solo la agónica expresión de un afroamericano de los EEUU bajo la administración Trump (blanca), también puede ser la de cualquier paciente infectado de coronavirus en estado grave que requiere, de urgencia, un respirador artificial. La muerte acecha en ambos casos.

A Judith Butler

Un policía en EEUU apresó a George Floyd con tal fuerza que terminó por asfixiarle: “I can´t breathe” (“no puedo respirar”) fueron las últimas palabras de su agonía. La fuerza policial ahoga. Corta el flujo de aire que ingresa al cuerpo y le separa definitivamente de toda vida. La policía es capaz de neutralizar el ritmo de lo viviente, con tal profundidad, que termina por matar. Se trata, por cierto, de una violencia hecha sistema, de tipo racial, por cierto, pero que, a su vez, constituye un ensamble muy complejo articulado en una racionalidad imperial que alcanza más de 500 años de historia y que concierne a la deriva euroatlántica que hoy, condensa en la singularidad de la vida de Floyd, la eficacia y perversidad de su poder. Una racionalidad que, por cierto, fue aplicada con intensidades variables a poblaciones enteras por cientos de años (procesos de colonización).

La racionalidad imperial prevalente, condensada en las formas de acumulación global del capital, no solo ha arrasado con bosques y selvas milenarias transformándolas en desiertos, también ha oscurecido mares con la cantidad de basura ahogando a las diversas especies que lo habitan. Los aires se hallan totalmente contaminados y miles de ciudadanos sufren o sufrirán miles de enfermedades respiratorias por el solo hecho de vivir en una ciudad tóxica.

La voz de Floyd resuena en nuestros oídos para exponer, con la crueldad de un crimen que vibra normal, que el aire ha de ser pensado como algo más que un mero elemento biológico, algo más que un simple “medio ambiente” como reza la fórmula del ecologismo bien intencionado.

En efecto, la sublevación no es más que la respiración de los pueblos y, por tanto, la destitución de los múltiples mecanismos de poder que ahogan a la multitud. Pero, a la vez, “I can´t breath” no es solo la agónica expresión de un afroamericano de los EEUU bajo la administración Trump (blanca), también puede ser la de cualquier paciente infectado de coronavirus en estado grave que requiere, de urgencia, un respirador artificial. La muerte acecha en ambos casos. Y en ambos casos la muerte no arremete como un asunto “natural” sino siempre y cada vez, como una tecnología de poder muy precisa que expone la devastación de un sistema que ha sido totalmente destruido por la asonada neoliberal de las últimas décadas. Los pobres del mundo no mueren simplemente de coronavirus, sino de un régimen que les excluye y que, en último término, tal como ocurrió con George Floyd, no les deja respirar.

La convergencia entre la proliferación de sublevaciones y del coronavirus a nivel global se anudan dramáticamente en la cuestión de la respiración. En ambos casos, lo que está en juego es la respiración: sea un pueblo que intenta respirar más allá de las formas de opresión que asfixian a los cuerpos, o un paciente o varios pacientes en un hospital que luchan por su vida porque la enfermedad les ha conducido al momento en que les resulta muy dificultoso respirar.

Sublevación y coronavirus atravesados por el nuevo momento de acumulación del capital que, justamente, no deja respirar a los pueblos que oprime, excluidos de un sistema de salud desmantelado o precarizado (o ambos) enteramente por la égida neoliberal. El sublevado y el enfermo dicen: “no puedo respirar”.

Para ambos, se trata de un asunto propiamente político y no natural, porque justamente en “no puedo respirar” quizás se juegue la dinámica neomalthusiana del necroliberalismo actual para el cual las vidas importan menos que el capital. Este último, sobre todo en esta nueva fase de acumulación acelerada por las condiciones vigentes, es quien, en último término, decide sobre la vida y muerte: sea a través del policía que masacra a una población o de un equipo médico que, en virtud de la escasez de recursos causada por la instauración de las formas de precarización neoliberal, han de decidir sobre la vida o muerte de un determinado paciente. Policía y Medicina, poder jurídico y poder biomédico, articulados a propósito de la misma proliferación aérea.  

Pero, ¿qué es respirar? Un fenómeno tan cotidiano, silencioso y, sin embargo, tan decisivo para todos los vivientes. No es un simple “hecho” natural, sino, ante todo, un ritmo existencial. Cuando respiramos algo del mundo entra en nosotros y algo de nosotros sale al mundo. La respiración es el médium por el que devenimos vivos: el mundo no está “fuera” de nosotros sino atravesándonos, y nosotros jamás estamos simplemente “dentro” aislados en nuestra subjetividad.

Existir significa intersectarnos entre sí, experimentar que el “interior” y el “exterior” son solo pliegues en permanente mutación. Existir implica mezclarnos, habitar el interregno irreductible a la dicotomía espacial entre exterior e interior con la que frecuentemente nos representamos el mundo. Y, en este sentido, la respiración es precisamente su símil. Cuando un bebé nace y llora posibilita la entrada de aire a sus pulmones y con ello deviene vivo. Vive porque el mundo, en la proliferación aérea, ha entrado en él y, a su vez, porque él ha iniciado su ritmo en el mundo. Por eso, cortar el flujo de la respiración no es simplemente cesar de vivir. Es, sobre todo, expulsar a un viviente del mundo que no dejamos de compartir (con humanos y no humanos).

En nuestro tiempo la respiración deviene agitada. Las formas de violencia que se abalanzan con destronar al mundo son demasiadas. Pero la apuesta de una ética nos impulsa a respirar. Inspirar y expirar son el doble movimiento que define a la ética y que consiste, en cuestiones tan simples como abrir una pequeña ventana por la cual ingresa una brisa marina, una pequeña ráfaga o un viento desconocido. La grieta por donde ingresa el aire es el abismo que desvía el curso generalizado de las cosas. Los chilenos respiramos y todo el “modelo” se difuminó en un soplido. Así, la vida volvió a abrazar sus imágenes y los cuerpos gozaron con su potencia. En Chile aún nuestra respiración se vuelve una lucha ética de todos los días. Sobre todo, con el reciente cambio de gabinete hecho a la medida para asfixiar cualquier insurrección.

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