Huellas de revueltas: Chile actual, una glosa a Tomás Moulián

En 1997, hace casi 25 años, Moulián “deslizó” una potencia político-imaginal de nuestros momentos sin destino, las herencias morales, como así mismo, las cargas intuitivas de una “lengua rentista” al extremo de abrir un “lugar vacío” que ningún “verbo lumínico” ha podido suturar. Y si me permiten una insalvable patochada. Fue el PC de Gladys Marín (repito, “el de Gladys”) el único conglomerado que asimiló con consciencia crítica la “hermenéutica política” de un texto epocal –al punto de convertir este mapa crítico en una suerte de Manifiesto Comunista de los años 90’ y 2000.


a Rodolfo Hlousek,

a la prosa fugada de las biopolíticas del sur.

Corría el apacible año 1997 y en medio de los festines modernizantes tuvo lugar la primera edición de Chile Actual, anatomía de un mito. Bajo el expediente del ensayo crítico-imaginal fueron emplazados los vicios fundantes del pacto transicional (sus “contratos de lenguaje”) develando la episteme gerencial –la épica del realismo, el programa de despolitización y una colosal fetichización de objetos modernizantes- que aún nos asedia en horas constituyentes. Sin perjuicio de que han transcurrido más de dos décadas de su publicación, este “corpus crítico”, por momentos extraviado en la usura categorial de las indexaciones, vuelve a retomar una inusitada vigencia cuando intentamos descifrar los afanes identitarios/representacionales de los empleados cognitivos (mainstream normalizador) distribuidos en la “Convención”, con su vocación de “mayordomía transicional”, ausencia imaginal y desigualdad cognitiva. Y a no dudar, por aquel entonces, ya sospechábamos que algo andaba mal, pero nadie se quiso hacer cargo del programa de investigación que abría Chile Actual para la izquierda chilena.

Al paso, hay títulos imborrables que debemos consignar, Discusiones entre HonorablesDemocracia SocialismoLa forja de Ilusiones, cuyos análisis cincelaron los sustantivos de una gestualidad crítica que hizo dialogar sociología, literatura, historia y marxismo. A diferencia de algunos ilustres compañeros de ruta (Brunner, Garretón, Lechner) que emprendieron diversas rutas de institucionalización bajo la Concertación, Chile Actual, repuso –a contrapié de las convenciones normalizantes– el ejercicio de las distancias, al extremo de “dinamitar” la propia tradición progresista travestida por décadas como “desobediencia protegida”: la socialdemocracia, los progresismos adúlteros, hasta el Clinic obraron como el patio trasero de El Mercurio. Es más, el propio Moulián nunca más pudo empeñar una “prosa salvaje” luego de aquel texto (proyectual y clausurante) que desnudó las travesuras críticas de un lenguaje normativo-modernizador. Pese a que el texto nos advirtió el maridaje espurio de la epopeya modernizadora-hacendal (1990), nos fuimos quedando solos, y sentimos el frío modernizante, en medio de la dispersión hermenéutica y la mediatización del malestar, padeciendo la implosión irrefrenable e inaferrable de las humanidades.

No es necesario abundar en las intersecciones entre la vocación fronteriza de Moulián y la arremetida de una agencia de “tecnopols” donde un tropel de politólogos y otros personajes de ocasión, ávidos de indexación y subsumidos en la obsolescencia neoliberal de la gestión académica y las certificaciones policiales, acusaron recibo de este imaginario de fracturas, antagonismos y cogniciones indóciles, cultivando tecnologías, guarecidos en la rutinización de los doctorados abandonaron el campo social, cuestión que Moulián impugnó en su endemoniada burocratización. Luego la precarización de la creatividad intensificó la “refeudalización universitaria” expresada en el “experto indiferente” y el cese de la industria creativa. Y así, lejos de lo territorial, se activó una plaga de “vocabularios axiomáticos-rentistas”, alevosamente sumisos ante la fiebre de indicadores promovida por la vía chilena de “capitalismo académico”.

Convengamos que Chile Actual no representa una crítica de colección, ni tampoco se agota en la holgura cognitiva de la biblioteca de la post-transición. Y es que su procedencia se juega en los espejos trizados de la izquierda y la renovación socialista, fue urdido en los ambientes de la crítica cultural y pudo desactivar tempranamente las fisuras epocales (oligárquico-transicional) que aún nos mandata como mito mediático, candidaturas del olvido y simulacros del acceso. Cabe admitirlo, hasta la fecha no existe escena de relevo para tal osadía, salvo la huella de un “lugar vacío” que ninguna prosa ha podido relevar. Lejos de la falsa consciencia, “anatomía de un mito” asedia el vacío de nuestras orfandades cuando la última metafísica pareciera ser la renta infinita y la violencia fáctica del capital –en las autopistas del deseo.

Desde una hermenéutica del psicoanálisis debe ser concebido como una escritura pública, de intervenciones e intelecciones posibles, que buscaba distanciarse del consenso politológico, y los emergentes pactos manageriales, remeciendo los territorios disciplinantes de las ciencias sociales con sus ecosistemas homogeneizantes y objetos estables. Una lengua nómade es aquella capaz de soportar los dispositivos hegemónicos donde irrumpe el ensayo como una clínica experimental de la subjetividad que emplazaba la vocación centrista del nuevo mundo (pos)transicional.

A poco andar quedó en evidencia que no era un cuestionamiento más al sistema de partidos, ni las tecnologías de los consensos con sus rectorados semióticos, sino una herida en el órgano social de una época decadentista. Ahí tenemos aquel pastorado emplazado por la revuelta derogante (2019). La épica del realismo, los compulsivos consensos y la sodomización crediticia aún informan el actual presente sin horizonte que fue diagnosticado el año 1997 cuando el refrán nos conminaba a no hipotecar nuestra distancia crítica, al menos antes de tiempo. La escena de los 90’ permitió una deconstrucción radical de la racionalidad abusiva de las instituciones portalianas –“ética del accountability”– que asedian al Chile millennial. Más tarde las tecnologías de la gobernabilidad fueron declaradas interdictas por los “entramados de calle” (2006/2011/2019).

A pesar de lo anterior, la clase política y los administradores cognitivos del orden –con su debacle reputacional- mantienen una relación de “dos caras” con este trabajo excepcional. Este ensayo fue un observatorio que pudo sostener el tiempo-mercancía y debió lidiar con las oligarquías académicas dadas las implicancias éticas de la denuncia a la dominante neoliberal y sus capataces simbólicos. Fue una hermenéutica develadora (des-mitificante) del comercio cognitivo de un progresismo viscoso y adultero, que vistió de técnica la impunidad autoritaria. Sin perjuicio del actual reinado de la “opinología teórica”, de los especuladores del orden, resulta necesario repensar aquel ensayo a la manera de un J’accuse infinito, que aún nos permite iluminar nuestro paisaje político e interrogar si las afirmaciones fronterizas allí expuestas fueron “superadas”, “contrastadas”, “complementadas” o “derogadas” por los teóricos de la modernización. Nuestra sospecha es que, a pesar del tiempo trascurrido, aquel texto epocal ha fomentado un conjunto de “posibilidades hermenéuticas”, intelecciones posibles y vitalismos éticos, que pocos quieren recordar para entender nuestro presente aluvional.

Lo otro es historia conocida. En los años 90’ arribaron los cartógrafos de la modernización. Primero Otonne, pero antes Tironi, después Pato Navia, luego Ascanio Cavallo y el periodismo cortesano de Palacio. Luego Peña como ruiseñor de las elites. A la sazón, el politólogo partisano del SERVEL, evidenciando la ausencia de todo texto crítico para imaginar horizontes imaginales –concebidos políticamente-. La mistificación de nuestros heraldos consistió en simular la expansión de los grupos medios –eufóricos en consumos elitarios- como señal de gobernabilidad y progreso. Todo ello ocurrió por la vía del “populismo mediático” de los matinales. Ahí estaba Enrique Correa y su devoción por el lobby al empresariado pinochetista (Ponce Lerou, 1993). Ahí mismo se alzaba el realismo de Expansiva en el segundo piso de Palacio monopolizando el sentido común, cuando su única verdad era administrar el cuerpo institucional del pinochetismo.

Ello sin negar los nefastos nexos que están en el origen de la privatización de las “formas de vida”. A la luz de este diagnóstico muchos hitos resultan inescrupulosos. Pero contra todo lo previsto por estos días –a contrapelo del diseño de reformas comprometidas– la clase política y un emergente progresismo ha tenido la audacia de blufear en favor de un nuevo “pacto juristocrático” en plena Convención Constitucional (PS-PPD-DC). Pese al desgaste de los consensos gobernabilidad, la bitácora de la terquedad es el neoliberalismo corregido capturado por la tesis neoconservadora de una “subsidiariedad ampliada” cual oferta de nuestra oligarquía benevolente. En este caso se trata de conspicuos elencos de la (post)concertación que hoy hace alardes de las virtudes de una “ciudadanía de derechos”, políticas del reconocimiento, haciendo de la sociología la oficina de partes del nuevo sociologicismo. Todo nos lleva a postular que la regresión nos mueve hacia una nueva forma de transformismo – “neoliberalismo constituyente”- cuyo telón de fondo es la terquedad del mito portaliano.

La doctrina realista, la más reaccionaria de todas, se encuentra irremediablemente arraigada en el seno de un inexpugnable dispositivo binominal. Cabe admitir que en Chile todo nuevo ciclo político consiste en la opacidad y el verdor de exhumar la figura presidencial, desde el brillo modernista de Balmaceda hasta la pandilla de los Piñera (y sí, hay planetas de diferencias).

Por estos días, los “concertacionismos múltiples” han sentenciado el agotamiento del “movimiento octubrista” (2019). Resulta inédito este fervor normativo por reponer “narrativas de la mesura” en plena derogación, desestimando sin contrapeso cualquier exabrupto –anómico- de “la Convención” proveniente de pueblos, obrerismos y subjetividades políticas, con sus “tumultos de sentido” e insurgencia barrial. Convengamos que se trata de una premisa inamovible e inconfesada de la izquierda institucional. A fin de cuentas, se da la paradoja que nuestro progresismo constitucional (sensato, letrado, ilustrado) es la condición de posibilidad de nuestra oligarquía rentista, abstracto-financiera. Dicho de otro modo; el nuevo progresismo es la imposibilidad de una social-democracia intensamente reformista. Pese al cúmulo de reclamos ciudadanos durante dos decenios de arreglos transicionales, ahora se inaugura una compulsiva nostalgia por la representación, los acuerdos, y el identitarismo que ha desalojado –gradualmente- las energías movilizadoras del “poder constituyente” que activó la insurrección imaginal. Quién sabe, de esta nueva victoria pírrica se pueden ir sedimentando las condiciones para un nuevo texto epocal.

En suma, en 1997, hace casi 25 años, Moulián “deslizó” una potencia político-imaginal de nuestros momentos sin destino, las herencias morales, como así mismo, las cargas intuitivas de una “lengua rentista” al extremo de abrir un “lugar vacío” que ningún “verbo lumínico” ha podido suturar. Y si me permiten una insalvable patochada. Fue el PC de Gladys Marín (repito, “el de Gladys”) el único conglomerado que asimiló con consciencia crítica la “hermenéutica política” de un texto epocal –al punto de convertir este mapa crítico en una suerte de Manifiesto Comunista de los años 90’ y 2000.

Por fin, es la hora de discutir a fondo el tenaz gatopardismo en su nueva remasterización. La vigencia de su vocación discrepante e imaginal, su artesanía pública, o bien, la caducidad en un valle donde no es posible la crítica para leer el presente. Todo indica que nuestra parroquia no solo ha derivado en un presentismo del ocaso, sino que las palabras ya no pueden nombrar el futuro. Por último, quién suscribe esta nota varias veces interpeló al autor “¿Tomas, tu libro hace 20 años descifró esta arquitectura viciada, y qué piensas hacer ahora? No hubo respuesta. No existió forma de descifrar ese silencio infinito, tampoco llegó el anunciado cambio de piel”.  Con todo hoy ya no es posible escribir libros de época, solo nos debemos a la última metafísica posible; la acumulación infinita de capital

Calle Trizano, Temuco

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