Hambre

Hambre

Cuando por décadas la consigna fue el consumo, los templos de la “vida nueva” (Zurita) eran los malls, la inversión del verso del himno nacional se hizo evidente: de ser una “copia feliz del Edén” se transfiguró en el “Edén” mismo.; de país modelado por décadas a un país supuestamente “modelo” del “resto de América Latina” –como se decía. Sostener un modelo significa suturar sus fisuras vía una cruenta, pero silenciosa violencia “económica” que se expresa en la figura de la “familia” –tal como lo expresa el Artículo 1 de la Constitución Política de 1980- que funciona como “modelo” de sociedad y que permite una “economización” del Estado (y no una estatización de la economía) tal como lo impone la razón neoliberal. Siendo un país hecho “familia” (oligárquico) podía no haber democracia, pero había consumo, podía no existir el “país”, pero había consumo, seguramente tampoco hubo libertades públicas, pero había consumo. El “consumo me consume” –denunciaba Tomás Moulián en su célebre pequeño texto. Nada había que hiciera de Chile un país, pero había consumo.

La hipertrofia del consumo contrasta con la emergencia del término “hambre” pronunciado por la voz popular a lo largo del país. ¿Qué es el Hambre aquí expuesta? Ante todo, “deseo”, potencia irredenta sustraída a la compensación nihilista propuesta por décadas de consumo. Hambre es quiebre del esquema jerárquico de ser “copia” (economía) o “Edén” (soberanía), deseo que disuelve a los ángeles dispuestos a administrar el fundo, deseo que incendia las praderas de una ciudad reconquistada. Hambre no es pan, no es demanda de “consumo” –como seguramente leerán contentos algunos intelectuales del orden- ni menos escasez como llamado al saber económico para salvarnos. Hambre es aquí imaginación que abraza los cuerpos en su historicidad y se ríe de los poderes cuando les “evade” en una sola carcajada. El Hambre no se detuvo con las fuerzas paramilitares “legalizadas” en la forma de la policía, tampoco con los asesinatos o mutilaciones perpetradas; tampoco con los actuales toques de queda que cada noche arrasan al país con el absurdo discurso de un Presidente que llama a la “unidad nacional”; menos con la emergencia del COVID 19 que hace estragos por doquier.

Hambre es el nombre de un arrojo, potencia martiriológica de una revuelta aún no vencida. Cuando en comunas de capas medias se escuchan caceroleos, la señal ha sido desplegada: las capas medias no se han vendido al pánico inoculado por el gobierno, siguen aliadas tácitamente con las capas populares. Algunos, en su liturgia dominical, dirán que cuando los sectores populares claman por “alimento” es porque desean “volver a la normalidad” previa al 18 de octubre. Volverán a aplaudirse entre ellos y dirán: nuestra “modernización” era la senda correcta, ha sido reconocida su bondad. Como un misterio divino que habrá sido revelado, los intelectuales del poder se abrazarán tranquilos porque creerán que esa “demanda” ese “malestar” exige más sistema y no menos, más neoliberalismo y no menos. Sin embargo, la lectura pastoral del sociologismo imperante, en su afán de “explicarlo” todo, en su apuesta por ver “hechos”, obliteran el acontecimiento que ha irrumpido y que hoy se tramita bajo el término Hambre.

Hambre no designa una “necesidad biológica”, ni tampoco un anhelo del “consumo” neoliberal. Hambre es la extrañeza de un país que pretendió ser modelo mientras se desgranaba todo bajo sus pies. Hambre es la potencia destituyente que asoma nuevamente para “evadir” los barrotes de la prisión en que se ha convertido la totalidad del país.

Sobre el Autor

Rodrigo Karmy Bolton

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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