Hacia una arqueología de la derogación. La revuelta estudiantil del 2006

Hacia una arqueología de la derogación. La revuelta estudiantil del 2006

Por fin no sabemos con certeza si la bancada estudiantil -y toda la «sangre jubilosa»- ha reflexionado a fondo sobre ese sujeto secundario que venía a desordenar la arquitectura institucional de la ciudad Neoliberal. Pero nada es casual, y ello incluye al mentado «paradigma de la continuidad», la bullada memoria histórica que busca fomentar analogías duras entre 2006 y 2011. La movilización del 2006 aún brilla por haber generado un sujeto no domesticado por los códigos de la renta infinita.   

Tras la llegada del Invierno con su don de Obispo triste, se agolpan las imágenes mudas de una muchedumbre -año 2006- donde irrumpió una fuerza de autenticidad que se apropió del «movimiento estudiantil» en un giro destituyente. Un momento de plebeya verdad con raíces sureñas se alzó desde el Liceo Carlos Cousiño A 45 de Lota. Fue así como ¡la María Jesús, la Luisa Huerta, el «Dago»¡ hasta el «chascarriento» episodio de María Música (Jarrón de agua adversus bombas lacrimógenas), fueron parte del carácter inaprensible de aquel tiempo joven que somatizó un primer momento derogante del «imaginario popular» contra el texto modernizador. Un estudiantado castigado por el vocabulario de la dominación tomó nota de sus precariedades lecto-escriturales, de su ausencia de futuro, y marchó con claros clarines sin tener que exhibir la cordura política que la difunta gobernabilidad (Laguista) requería para aquel momento. Hablamos de una multitud de cogniciones rebeldes libradas al disturbio lúdico de las palabras que no respondían a ninguna «economía del cálculo». Un tiempo joven es una potencia indeterminada donde acontece la disolución de toda teleología.

Pues bien, ¿qué paso allí en términos de clases sociales? O bien, ¿qué suerte tuvo el menguado sujeto popular que por esos días echaba las bases de una primera impugnación a la visibilidad neoliberal?

Aquí se deslizó una subjetividad que fue capaz de suspender los contratos  simbólicos de la escena transicional e interrogar temporariamente el «comisariato neoliberal». Esta vez los Liceos emblemáticos, que se alzaron contra la LOCE, (Barros Borgoño, Manuel de Salas y el insigne Instituto Nacional, entre otros) hacían sentir el peso de su tradición y de cuando en vez obstruían la dimensión insurgente del movimiento, sin lograr amilanar expresiones genuinas que desde un «bajo fondo» -desde una zona underground- daban muestras del malestar popular (vernáculo) respecto a las teorías del «capital semilla». Aquí tuvo lugar una multitud lúdica que denunciaba de modo disperso, untados en el garabato y en el síntoma, hasta hacer evidente la falta de todo «lecho de futuro». Y vino la pedrada: ¡vamos cabros¡ fue la actitud «cachorril» bajo las estéticas de la cesantía y los escarnios de la modernización galáctica (1990-2010). Por aquel entonces habló la «multitud paria»; el sujeto de la Legua, la Victoria, el PAC, la Pintana, Estación Central y, tantos otros colegios, donde pernoctan los «sujetos del riesgo».

El aula ficcionando un falso principio de aprendizaje normalizador (“democrático”) consumó la escisión radical de cuerpos domesticados  respecto a su potencia disruptiva. Aquellos cuerpos mestizos que padecen cotidianamente los embates de la periferia: la condena estetizante del mercado y los matinales que a punta de miseria cognitiva suelen retratar a una «muchedumbre flaite» desde un relato narcotizante, o bien, diluyen mordazmente al movimiento en el «melodrama delictual». Sin duda aquellos días presenciamos una estampida menos orgánica e invertebrada. Un primer brote de destitución (e insurgencia), mucho más prescindente de la «maquinaria Guzmaniana» que acompañó a los momentos tácticos del año 2011, a saber, una asonada distanciada de las complicidades, filiaciones partidarias o felaciones elitarias, que a muy poco andar entendieron -cual bancada universitaria- que el camino irremisible era la parlamentarización del movimiento (¡una elite de curules¡) .

Si bien el 2011 representó una experiencia imborrable -qué duda cabe de aquello- fue una movilización guiada, al menos en lo global, por una «mesocracia en forma» donde se congregó un laicado reformista de intereses abiertamente elitarios («Boric haciendo política en los Patios de Pio NoNo»). A ello cabe sumar una gruesa «capa media» -ubicua e indomiciliada- que no estaba dispuesta a sacrificar los goces de la modernización y que supo leer «oportunamente» las coordenadas institucionales del poder. El petitorio del 2006, en cambio, respondía al despliegue de un imaginario popular. Un tiempo de «trenzas y almacén», donde aún era posible olfatear, leer, acariciar o mirar de reojos, un sujeto periférico, marginal o excluido, y algo incognoscible por su vocación de márgenes y trayectorias precarias. Aquel año de la «subasta» aún era posible -por cuestiones no solo generacionales- oír las voces averiadas y sus sones, con cantos, con ¡clarines y laureles¡

Tras esta multitud sin «certezas de cuna», capaz de somatizar el tiempo de la lepra como acompañante macabro de la modernización post-estatal (1990) promovida por nuestros pastores letrados, aún era posible leer las secuelas más genuinas de los sujetos del trauma y desnudar un «progresismo neoliberal» dedicó sus energías a inmovilizar las pasiones de la adolescencia -municipalización mediante-.    

Por aquel tiempo la Concertación, seducida por los intercambios simbólicos de un progresismo binominal, ya había iniciado sendos procesos de «gentrificación» en colegios de la zona oriente ¡Chapeau¡ Sin embargo, con mayor eficacia mediática, el movimiento 2006 fue auscultado, invisibilizado, y puesto en continuidad por los «pastores letrados» (ideólogos, administradores cognitivos, y cortesanos del mapa académico) que exaltaban la voluptuosidad del movimiento, como una reivindicación situada en el mapa de la misma modernización -y no en la anomia y sus efectos-. Nadie leyó en su condición microfísica la derogación de la cognición del orden. ¡Vaya herejía¡ se trata de dos procesos disimiles que forzosamente pueden ser inscritos bajo una «paradigma de la continuidad». Aludimos a modos de subjetivación dispares que implican discontinuidades y yuxtaposiciones. Contra la relatoría del oficialismo universitario de «las izquierdas», transitamos de una movilización plebeya, deficitaria en cuanto a «política estratégica» (2006), al litigio cuasi-edípico de un movimiento con vocación de poder (2011).

Pese a los intereses en juego, la movilización «pingüina» no respondía a una economía del cálculo y a los procesos de oligarquización que -por etapas- enlazaron a la FECH con el Parlamento. En buenas cuentas el 2011 fue un pivote de parlamentarización que restó todo el potencial disruptivo de las primeras marchas y que consumó un nuevo pacto elitario. Para el 2011 quedó al descubierto una «mesocracia del acceso»  (Jackson Drago, Vallejo Dowling, y posteriormente Boric Font) que aprendió rápidamente la lección: la inocencia se pierde solo una vez. Y aquí nuestro ruiseñor epocal, Rector UPD, aquella figura totémica que virtuosamente ha hecho de la modernización una «filosofía de la historia» no tuvo mayores dificultades para leer en esta movilización una «vuelca de tuercas» que iba desde y contra los logros de la modernización. De este modo, y por la vía de un rectorado semiótico, nuestro ruiseñor epocal devolvía las certezas cognitivas a una élite -averiada en su núcleo cognitivo- que no podía compatibilizar el acontecer de la protesta social con la «empatía ciudadana». Y cabe subrayarlo, los teólogos del progresismo son los ideólogos de todo tiempo para delimitar, codificar, normar, reglar e invalidar la dimensión del «acontecimiento». La «arrogancia ilustrada» sin tragedia es una clave de aquellos que suelen entregar a las elites el «descanso cognitivo» sobre la temperatura de la «cuestión social». 

Ergo, la muchedumbre del 2006, rotulada como movilización pingüina, donde «los muchos», «los nunca», «el clan de la plebe», aquella «parte no parte» -los descontados del orden social dirá Rancière- se rehusaron a perpetuar el lenguaje normativo del poder y renunciaron a elaborar un antagonismo estratégico. Junto al sujeto de los márgenes, al apoderado desdentado, al abuelo de la olla flaca y la pobreza franciscana, también irrumpió el «lumpen», el «muerto de hambre», el «facho rojo».

En lo medular un «Chile de huachos» que, pese a todo, pudo visibilizar unas demandas populares que no tenían cabida en el oficialismo cultural de la escena transicional. De otro modo, la movilización estudiantil no tenía entrada en la iconografía hedonista de la modernización pinochetista/concertacionista porque no expresaba una clara «vocación de poder» que omitiera los lastres nuestra modernización oligárquica. En cambio, el performativo 2011 con sus titulares instrumentales, con sus desplazamientos en sordina, abrazó presurosamente la tarea de promover una lengua institucional («no destituyente») que articuló una cripta de intereses promiscuos donde estudiantes morosos, profesores taxi, Rectores y grupos de presión (corporaciones y partidos) delinearon un juego de posiciones dentro del «capitalismo académico».  

Por fin no sabemos con certeza si la bancada estudiantil -y toda la «sangre jubilosa»- ha reflexionado a fondo sobre ese sujeto secundario que venía a desordenar la arquitectura institucional de la ciudad Neoliberal. Pero nada es casual, y ello incluye al mentado «paradigma de la continuidad», la bullada memoria histórica que busca fomentar analogías duras entre 2006 y 2011. La movilización del 2006 aún brilla por haber generado un sujeto no domesticado por los códigos de la renta infinita.   

¡Y quién lo diría¡ el «progresismo neoliberal» vendió el futuro infinito, cuando de lo que se trataba era aferrarse al presente para abrir un porvenir¡. Y todo ello merced a los funcionarios cognitivos de una modernización siniestrada. Octubre fue el final de estos sucesos.

Ya se ha dicho: «hemos sido lanzados al mutuo desprecio».

Sobre el Autor

Mauro Salazar J.

Centro de Estudios Laborales.

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