Fragmentos de cuarentena

La crisis económica mundial, muestra que la economía mundial es la crisis. Nuestro país fue arrojado desde la obsesión por el consumo hacia la desesperación por el hambre. En ese abismo, se juega la materialidad del deseo: capturado por las formas del goce capitalista terminó en desamparo frente al hundimiento de su maquinaria. Ese desamparo se ha llamado 18 de Octubre, la intensidad de un lugar sin lugar que despertó al país de su propio “sueño dogmático”.

A Wallmapu, en sus horas decisivas.

 I

La reciente historia de Chile podría leerse bajo el paradigma del confinamiento. Porque el confinamiento no fue un invento del coronavirus sino una de las múltiples formas que asumió el capital en su conquista sobre los cuerpos. La irrupción del virus, por cierto, aceleró la tendencia al confinamiento generalizado que había despuntado con el neoliberalismo, pero no fue la “crisis sanitaria” la que urdió el confinamiento. En Chile, la vida estuvo confinada al Pacto Oligárquico de 1980. Una dictadura que confinó el único proyecto anti-oligárquico como lo fue la Unidad Popular, una Constitución que confinó los destinos del país al neoliberalismo, una democracia confinada a la vigilia militar y, luego, tutelada a la vigilia empresarial. El confinamiento actual solo consuma ese estado de cosas. Porque hoy no asistimos a una “crisis sanitaria” como se dice, sino una transfiguración a gran escala en que la imaginación ha podido liberarse del poder que la aferraba. El conjunto de asonadas populares nos ha desconfinado de a poco. Los cuerpos no se dejan regir por el armatoste institucional ni económico, no aguantan confinamiento alguno. El país supura imaginación entre las paredes que nos confinan.

  II

La impotencia del pensamiento reside en la utilización hipertrófica del término sociológico “anomia”. La episteme transicional reemplazó la historiografía –ciencia clásica dedicada a la configuración del Estado-  por la sociología –ciencia administradora de lo social. La primera es una antigua ciencia “soberana” que establece su tribunal del tiempo e imparte “juicio”; la segunda es una ciencia “gestional” que establece su tribunal de la contingencia e imparte “diagnósticos” sobre la vida social. No deja de impresionar lo irreflexivo del uso del término “anomia” por parte de la intelectualidad del poder: proveniente de la sociología de Durkheim, el término designaba la ausencia de norma social al interior de una nueva esfera que surge con fuerza en la modernidad: la esfera social. Si la vida privada y la vida pública encuentran su regulación en el derecho, para Durkheim el advenimiento del “tercer estado” desde la Revolución Francesa habría inventado la esfera social que la sociología como ciencia de las instituciones, del orden justamente, debía regular. Sintomático que abunde el término “anomia” entre los intelectuales del orden. Porque con él muestran lo que son. Incluso aunque pudieran llevar una cabellera larga y ser jóvenes, los conceptos que usan pertenecen a una episteme conservadora que, finalmente, no explica nada. Hay “anomia” parecen decir muchos. La vida parece desafiar su regulación habitual: la autoridad pública da una orden y nadie obedece. La norma está desplazada, el a-nómos impera y amenaza con la organicidad social implícita en la trama del concepto. Se solazan que “explican” la monstruosidad devenida, pero no logran aferrar siquiera un milígramo de su intensidad. Con todo, la intelectualidad del poder queda satisfecho consigo mismo en la medida que confirma el simple y banal juicio de las oligarquías históricas: no hay orden, solo caos. ¡Vaya novedad! Aunque su vocación de poder resulta ilimitada, las capacidades hermenéuticas de la oligarquía son limitadas. Naufraga en la “anomia” como su término hipertrófico fundamental que, al tiempo que se profiere, obtura las posibilidades de explicar a la misma explicación y pensar así, qué se juega en él. En otros términos, no puede ver el síntoma que dicha potencia expresa respecto de su propia episteme.

III

La oligarquía de 1973 abrió a Chile a la globalización, la revuelta lo hizo a la guerra civil. La primera clausuró un horizonte y toda posibilidad de mundo en desmedro de un “globo” que anuló la existencia de otros en conflictos gestionales articulados por identitarismos estrechos; la segunda restituyó la posibilidad de “mundo” en que el libre juego de las formas de vida –no las identidades- se abrazan en una intensidad múltiple en que cuerpos ritman la danza de los vencidos. La globalización nos destruyó compensando nuestra existencia con un par de televisores; la guerra civil nos devolverá la felicidad en una lucha sin cuartel contra las nuevas formas de acumulación del capital global.

IV

Wallmapu no es una zona aislada, sino uno de los nudos que irriga de intensidad política al país. Todo el país depende de su zona cero, toda su historia de un conflicto colonial planteado en tres fases yuxtapuestas: el conflicto con la corona española por la “evangelización”; el conflicto con el Estado de Chile por la “civilización” y, finalmente, el conflicto con las corporaciones trasnacionales por la “neoliberalización”. Tres fases yuxtapuestas –no simplemente sucesivas- reordenan las cartografías coloniales de Wallmapu y sus luchas que impregnan las otras luchas que estallan en diversos campos de la vida social donde el neoliberalismo no sería sino la última fase de colonización. Porque Wallmapu es el torrente de las formas de vida, uno de los tantos epicentros de nuestra guerra civil en la que “todo comienza” (Víctor Jara): “Pero se acerca el tiempo de haber justicia favorable para todos los pueblos originarios en el mundo y para todos los pueblos oprimidos por lo que así está predestinado sobrenaturalmente por lo que ya estamos viviendo la nueva renovación en el mundo.” Las últimas palabras del Machi Celestino Córdova llaman a la “nueva renovación del mundo”, retorno a un pasado nunca sido, ráfaga de un porvenir heredado cuya activación espera en generaciones atentas a las llamaradas del presente.

V

El último cambio de gabinete intensifica la dictadura comisarial devenida desde 1990. Utilizando la distinción provista por Carl Schmitt entre dictadura soberana que funda un nuevo orden político y dictadura comisarial que solo funciona para restituir el orden ya fundado, diremos que todos los gobiernos de la transición fueron formas de dictadura comisarial orientada siempre a neutralizar las posibilidades de transformación sustantiva del régimen. Sea a través del miedo al retorno de los militares o de la huida de los empresarios, se consumó la profundización del orden neoliberal. Pero cuando dicho orden comenzó a ser impugnado, la dictadura comisarial que había relajado los ánimos, se intensificó en grados mayores porque, a diferencia de los años 90 donde los miedos funcionaban, treinta años más tarde, los miedos habían sido desactivados. Desde el 18 de   Octubre solo queda la policía como el pivote desde el que dicha dictadura intenta una y otra vez conservar el orden institucionalizado por el golpe de Estado de 1973 y reproducido comisarialmente ad infinitum.

VI

El plebiscito de 1988 fue el NO al cuerpo físico del dictador. El plebiscito del 25 de octubre de 2020 es para decir NO a su cuerpo institucional. La Nueva Constitución debe ser vista por todas las organizaciones sociales, formas de vida y partidos políticos como un lugar en el que se juega la lucha de clases. Nadie puede privarse de intervenir en ella, de levantar las ráfagas necesarias para una democratización radical que, a la inversa de la Constitución de 1980 que cerró toda ventana para impedir su modificación, esta debe dejar múltiples ventanas abiertas para que el país no deje de imaginar y sus formas de vida permanezcan irreductibles a la égida representacional. Necesitamos una Constitución Política que catalice la pluralidad de las formas de vida, no que las neutralice. Necesitamos una apuesta maquiaveliana y no hobbesiana, en que la intensidad de los cuerpos y no el exclusivo agotamiento de juristas, pueda abrazar la fuerza intempestiva de un nuevo “mundo” (más que una Nueva Constitución).  

VII

El neoliberalismo es un arma de destrucción masiva. La muerte se ha reducido a una cifra. La negación de la muerte se produce exponiéndola en cifras. No necesitamos grandes cerros que oculten las tumbas. Como los desaparecidos de antaño, tampoco hoy sabemos de funerales. Como si la crudeza burguesa de ejercer la muerte a través de una dictadura se trocara secretamente por la crudeza neoliberal de ejercer la muerte a través de la devastación de la economía. El neomaltusianismo imperante, no ha hecho más que mostrar que el neoliberalismo no fue nunca otra cosa que un arma de destrucción masiva. No necesita del clásico ritual para matar, le basta el silencio de una cotidianeidad gerencialmente administrada. ¿Habrá 14000 muertos? ¿mas? ¿menos? No hay más funerales, los cementerios hace demasiado tiempo que llevan el nombre de “parques” y sus tumbas no se alzan con la singularidad de las familias enterradas ahí, sino con la homogeneidad de lápidas extendidas por un pasto que promete “paz” a sus clientes. “Parques” y no “cementerios” como si se trata de un lugar de paseo donde la muerte no existe o se invisibiliza. El dolor que algún momento constituía una experiencia común, cada vez se torna un asunto privado, personal, incluso anómalo: asunto que requiere de buenas pastillas para ser superado. El COVID19 no ha hecho más que consumar nuestro devenir, extremar las formas y pasos que nos prometieron haber superado la muerte mientras la ejercíamos sin contrapesos.

VIII

La situación en que vivimos no es la de una “crisis sanitaria” sino la de una guerra. Desde el principio, el gobierno puso a su pueblo en una situación imposible: o bien, salir a trabajar exponiéndoles al contagio con la posibilidad de terminar en la muerte, o bien confinarse sin trabajar y morir de hambre. ¿Morir o morir? Esa es la opción que el gobierno ha dejado a una gran cantidad de chilenos. El desconfinamiento, llamado “paso a paso” parece el trayecto seguro al matadero, el camino garantizado que ejecuta una guerra contra los pobres. Porque si las únicas posibilidades son morir o morir, entonces la situación no es la de una “crisis sanitaria”, sino la de una verdadera guerra. Los pueblos no están muriendo de coronavirus, sino del total desamparo producido por las nuevas formas de “acumulación por desposesión” introducidas por el neoliberalismo.

IX

Históricamente, el Reyno de Chile tuvo una posición fronteriza en la que desarrolló un terror al contacto. En estas lógicas, se construyó la imagen del “otro”: el “otro” podía ser peligroso, sea que fuera competencia o, en caso de ser pobre, podía ser visto como quien amenaza la propiedad. El “otro” justamente privó del contacto por décadas hasta que las pequeñas formas de sublevación comenzaron a irrumpir. Los estudiantes secundarios “evadieron” el confinamiento a la “educación para pobres” y salieron a protestar, los universitarixs dejaron su confinamiento al régimen endeudante de los bancos y su “lucro”, movimientos feministas desafiaron el confinamiento de toda una historia de silencio y abuso y la proliferación de movimientos indígenas impugnaron el confinamiento colonial. Irrumpió el contacto, justamente lo que la maquinaria neoliberal había intentado una y otra vez impedir, contacto, superficies, cuerpos, la potencia de la revuelta suspendió las formas prevalentes de confinamiento y dio curso al mayor peligro de todos: la sensibilidad del contacto.

X

 La crisis económica mundial, muestra que la economía mundial es la crisis. Nuestro país fue arrojado desde la obsesión por el consumo hacia la desesperación por el hambre. En ese abismo, se juega la materialidad del deseo: capturado por las formas del goce capitalista terminó en desamparo frente al hundimiento de su maquinaria. Ese desamparo se ha llamado 18 de Octubre, la intensidad de un lugar sin lugar que despertó al país de su propio “sueño dogmático”. 

XI

La obsesión del poder hoy día se llama “falta de liderazgo”. No solo a propósito de la revuelta de Octubre, sino desde hace más de una década que, en diferentes ámbitos, se extraña al pastor que pueda liderar (nos). Los mismos que tratan de explicar la escena recurriendo a la “anomia” son quienes exigen el retorno de un “liderazgo” que pudiera ordenar, conducir e impulsar el cumplimiento de lo que Tomás de Aquino, hace demasiado tiempo, llamaba la “causa final”. Pero la estructura del liderazgo que se exige es la del pastorado cristiano y que encuentra su paradigma en la Iglesia católica. Pero el pastorado es precisamente lo que ha sido puesto en cuestión: sea por el feminismo (el pastor como patriarcado), sea por los trabajadores (el pastor como capitalista), sea por los miles de niños depredados por curas (el pastor como sacerdote), sea por los familiares de Detenidos desaparecidos (el pastor como general): toda la fábula que articulaba al pastor como protector de las ovejas frente a la posibilidad del advenimiento del lobo ha saltado en pedazos. No hay más fábula, por tanto, no hay más fuerza de contención (katechón) que impida que la imaginación estalle por los aires y abra un nuevo comienzo. La rotura de la fábula puede resumirse en esta fórmula: el pastor se ha mostrado lobo y, en ese sentido, ha emprendido una campaña sistemática de cacerío contra las ovejas. Por eso, las ovejas se han diluído en una sublevación planetaria que incendia las calles de diversas ciudades en diversos momentos. Ha caído la ciudad –ese reducto pastoral que contaba la fábula- y en medio de los desiertos, todas las instituciones que aún prevalecían con su antiguo sello pastoral, han sido llevadas a su diseminación total. Mientras los viejos cazadores no dejan de hacerle la guerra, el deseo de la multitud abre con desesperación y coraje las posibilidades de una nueva forma de habitar.  

                                                                                                                     

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