Están solas: las madres solteras y la precarización de sus vidas en medio de la pandemia

Son mujeres batallando en plena la maternidad, frente a todas las barreras de una sociedad que no las auxilia. Algunas han encontrado apoyo en una colectiva que ayuda a las jefas de hogar de familias  monoparentales. La sororidad se transforma en ollas comunes, rifas, donación de leche y contención sicológica. Hoy muchas de estas madres viven en la incertidumbre que les trajo la crisis sanitaria. Aquí cuatro mujeres cuentan sus historias de vida.

*Ilustración: Carla Ñanculef.

Son las 8.30 de la mañana y Patricia Osorio (44) ya está parada en la fila frente al colegio de sus dos hijos, en Cartagena. Esta es la tercera vez que va y, por ende, la tercera caja JUNAEB que lleva a la casa para abastecer su despensa. En las últimas semanas, los alimentos han ido disminuyendo. Patricia comenta que por suerte le tocaron seis huevos esta vez. Piensa que en algo aportarán para los almuerzos de la semana.

-La gente no se da cuenta que hay muchos hogares monoparentales que están a cargo de una jefa de hogar y un gran porcentaje de ellas somos vendedora ambulantes-, cuenta mientras apura un cigarro.

A fines de 2016, regresó al balneario Costa Azul en una huida intempestiva. Armó los bolsos de sus hijos Cristóbal (11) y Amalia (9), subió a un camión los pocos muebles que le quedaban y se asentó en una casa arrendada que le cuesta 160 mil pesos mensuales. Era el comienzo de una nueva vida. Lo hizo por sanidad mental, para recuperar algo de calma después de vivir maltrato físico y psicológico por parte de su exmarido. 

Patricia y sus dos hijos.

Alcanzó a estar en pareja catorce años y con él materializó el sueño de emprender con un local de sushi en la comuna de Ñuñoa. Después de separarse siguió haciendo lo mismo. No había dinero para una gran inversión, pero sabía preparar los bocados y el Hand Roll se transformó en su producto estrella afuera de la escuela de sus hijos. Con esas ventas gana mensualmente entre 200 y 300 mil pesos.

Aunque las ganancias le permitían mantener la casa, peleaba hace años para que su ex esposo pagara la pensión alimenticia. Y esa batalla se dio por zanjada al enterarse que el padre de sus hijos se había ido a vivir a España. Nunca más supo de él, ni de sus familiares. Quedó sola.

La ansiedad, los ataques de pánico y los trastornos del sueño se volvieron recurrentes durante seis meses y perduran hasta el día de hoy. De todas formas, tiene que salir a trabajar para pagar las cuentas, no cuenta con muchas redes de apoyo, salvo la de algunas apoderadas y las mujeres del Colectivo Resistencia Materna. Con el estallido social las ventas de sushi bajaron y confiada de que en marzo la situación se revertiría, llegó la pandemia. Hoy, Patricia ve oscuro el panorama.

-Para mantenerme estos meses tuve que sacar los ahorros para mi vivienda. Llevó cinco años postulando al subsidio habitacional y no hay postulación especial para mamás solteras. No debería haber tocado el millón dos cientos, pero era la única solución que tenía-explica.

Se le ocurrió vender números y rifar tablas de sushi. Con eso ha podido pagar algunos gastos gracias a la solidaridad de las mujeres de la zona que le van a dejar verduras y otros alimentos, ha podido alimentar a sus hijos. El Bono por ingreso familiar entregado por el gobierno le permitió pagar parte del arriendo, pero teme que un día esa ayuda se desplome. Necesita seguir trabajando.

 -Llevamos tres meses y la realidad dice que se vienen tres meses más. Te juro que mi cabeza trabaja todo el día pensando en cómo lo voy a hacer las próximas semanas-, confiesa.

A esa angustia se han sumado las tareas del colegio. Patricia dice que se organiza entre las labores de la casa para poder sentarse en algún momento a estudiar con sus dos hijos. Frecuentemente pide ayuda para imprimir las guías, no tiene Internet y sus hijos van quedando rezagados con los contenidos. Situaciones como estas la hacen pensar que ella es  parte de una grupo de mujeres, que pese a sus esfuerzos, no parece cambiar su situación económica, ni su suerte.

Se siente sobrepasada.

-Nos tenemos que sacrificar el doble y además ponernos la capa de super mamá y sin quejarnos. Las mamás se mueren sin haberse desarrollado profesionalmente y muchas de nosotras ni siquiera podemos tener relaciones de pareja-, comenta.

Aunque su propia experiencia le dice que “el Estado las mantiene como ciudadanas de segunda clase”, todavía espera alguna respuesta del gobierno para enfrentar la crisis. Le gustaría que existieran redes de apoyo reales y que el no pago de pensiones sea catalogado como violencia intrafamiliar. 

– Esta pandemia ha dejado al descubierto toda la desigualdad en la que vivimos las mujeres-, concluye.

***

Daniela Villena (31) es madre soltera y para mantener a sus tres hijos vende completos y a veces también desayunos en las ferias Tres Poniente, Naciones y Borgoño de Maipú. Si ya se le hacía difícil trabajar, la pandemia lo agudizó todo. Hace siete meses que no paga el arriendo de su casa, la venta escasea y el Bono Covid-19 entregado por el gobierno le sirvió para paliar los gastos.

Su caso es aún peor: dice que una de sus hijas fue abusada por su expareja y padre de la niña. No hubo justicia. Y aún quedan vestigios de esa experiencia traumática.

Desde entonces no cuenta con apoyo y hace malabares entres las ventas y la maternidad.

En medio de todo eso, la pandemia vino hacer todo más difícil. Empezó a llegar menos gente a la feria y por ende menos plata a su casa. Si antes ganaba 600 mil pesos, ahora apenas logra juntar 200 mil.

Daniela se escucha cansada. Ella misma reconoce que se “achaca” frecuentemente y que le duele tener que dejarse de lado. Respira profundo y responde “que ya sabrá cómo arreglárselas con la pandemia”.. El dinero comenzó a escasear y ya está echando mano a sus bienes personales. Hace algunas semanas vendió un poco de su ropa.

Daniela

-También siento,que me canso y de alguna manera no puedo dejar de preguntarme por qué algo así nos pasó a mi hija y a mí -, dice antes de despedirse.

***

La Colectiva “Resistencia Materna” nació a partir de conversaciones y articulación de distintas mujeres a través de las redes sociales. Hoy se han transformado en un apoyo para varias jefas de hogar. Han tejido relaciones que les permiten auxiliar a otras cuando lo necesitan. Arman canastas familiares para apoyarse con alimentos, juntar plata con rifas “a luca”. En ocasiones, depositan dinero para cubrir gastos urgentes, donan leche en polvo y organizan ollas comunes. El 7 de mayo publicaron en su Facebook “Estimadas compañeras de la Resistencia, como colectiva las invitamos a participar de este catastro de mujeres que maternamos con todas las dificultades que el sistema patriarcal nos impone diariamente (…) Los gráficos de esta encuesta son para interpelar a las autoridades que no están cumpliendo con su pega”

Pese a todo, sienten que la responsabilidad sigue recayendo sobre las mujeres, sobrecargándolas. Tienen la convicción que las instituciones están completamente ausentes.

Tahina Nuñez (38) es vocera de la organización, profesora de educación general básica y madre de cuatro niños. Cuando habla, dice que lo hace en nombre de todas sus compañeras.

– El avance del movimiento ha sido vital. Nuestra lucha es por la seguridad social que merecen nuestros hijos e hijas y por la justicia histórica que no hemos tenido. Debemos estar en la calle con “las mujeres empobrecidas, solas y enfermas”. Durante la pandemia hemos arriesgado nuestra integridad para llevar alimentación, muchas veces ocupamos los escasos permisos para esto. Además, activamos redes comunitarias para entregar apoyo emocional a las mamás que viven violencia generalizada- explica.

Rossi Silva (38) levanta su computador y tras la cámara dice: “Te voy a mostrar mi casa”. En la imagen se cuelan sus hijos de nueve y catorce años, quienes extienden los brazos para saludar. A lo lejos se divisan algunas cajas apiladas en medio de los muebles. El departamento no mide más de 30 metros cuadrados. 

-Este departamento es para estudiantes universitarios, pero el caballero de buena persona me lo arrendó a mí-, aclara Rossi.

Llegó allí hace un mes con sus tres hijos, en medio del revuelo que ha dejado la pandemia, y hace lo que está a su alcance para generar ingresos. Se fue a vivir a Temuco en el 2013 huyendo de su ex marido y de la violencia intrafamiliar que perduró cerca de diez años. Su agresor estuvo preso solo dos meses.

-El día que me fui me miré en el espejo y me prometí que nunca más iba a permitir que alguien me humillara a mí y a mis hijos- recuerda Rossi.

Al igual que Patricia Osorio, Rossi habría pasado años sin recibir la pensión de sus hijos.

Las conversaciones con otras mujeres, principalmente de la Colectiva Resistencia Materna, la hicieron convencerse de que la mayoría de las mujeres que viven violencia intrafamiliar, también viven violencia económica. Allí encuentran apoyo y se desahogan sobre los problemas que enfrentan, pero también tienen la certeza que son sus hijos e hijas quienes quedan más vulnerables después de todo. Las mamás solteras que participan en esta organización buscan que el no pago de pensión pase a tipificarse en la ley 20.066 sobre violencia intrafamiliar.

Según cifras del Ministerio de Desarrollo Social, el 84% de los padres separados no pagan la pensión alimenticia, lo que significa que cerca de setenta mil niños, niñas y adolescentes no reciben dinero para mantenerse. Aunque la legislación chilena establece medidas para reprender a esos hombres, como lo son la suspensión de licencias de conducir, arraigo nacional, retención de impuestos y arresto nocturno, estas parecen ser insuficientes. De hecho, según datos estimativos del Poder Judicial, pese a que un 85% de los deudores tienen órdenes de arresto nocturno, solo trescientos de ellos cumplen finalmente con la medida.

En abril, Rossi ingresó al portal del Servicio de Impuestos Internos (SII) para hacer la declaración de renta y allí supo que tenía una rebaja en su retención porque sus hijos están estudiando: la mitad fue a parar a la cuenta de su ex marido por seguir figurando en el sistema como responsable de los niños.

La voz de Rossi se quiebra al contar su historia. Dice que la pandemia echó por tierra su oficio como costurera. El arriendo del departamento, que cuesta 175 mil pesos, lo ha pagado con los beneficios que entregó el gobierno, debe la matrícula del colegio de sus hijos y hace pocos días le encargaron hacer 1000 mascarillas. Le pagan 95 pesos por cada una de ellas.

-Algo de plata me va a llegar, pero no me alcanza para todo el mes-, dice.

Rossi Silva, al igual que sus compañeras, echa de menos algo de justicia para las mujeres. Se ha vuelto feminista de tomo y lomo. Para ella todas las mamás solteras las une una característica similar: la precarización de sus vidas. 

Rossi

-Somos mamás precarizadas y apuntadas socialmente por otras mujeres, por tribunales, por el Estado y por las instituciones que deberían protegernos y exigirles más a los padres. Pero en vez de eso, nos estigmatizan y abandonan. Si hoy no existieran redes de apoyo entre mujeres, las madres estaríamos muertas de hambre con nuestros hijos-, explica.

***

Susana López (35) estuvo durante las primeras semanas de la pandemia confeccionando mascarillas. Le pagaban a 100 pesos cada una, pero cuando empezó la cuarentena total la producción quedó paralizada. Y, actualmente, se las ingenia para ayudar a su mamá a pagar los gastos de la casa: entre costuras a pedidos e impresión de guías para los niños, logra juntar algo de dinero. Y la olla común frente a su casa en San Miguel les asegura la comida día por medio.

La Susy, como le llaman sus amigas y vecinos de la población Brasilia, vive con una Insuficiencia renal crónica. Tiene que dializarse desde el 2012 tras un fallido trasplante de riñón y debido a un deterioro en sus huesos se moviliza en silla de ruedas. La pensión que recibe por sus hijos rasguña los 40 mil pesos.

Antes de que su enfermedad se agravara, Susana trabajaba confeccionado disfraces con las máquinas que pudo comprar a través del proyecto Fosis. Hoy, en cambio, cobra 98 mil pesos de su pensión de gracia. Y eso no es suficiente para sostener su hogar. 

Parece agotada, le molesta saber que no puede aportar por su estado de salud. Siente impotencia cada vez que no puede comprarle algo a su hijo pequeño de diez años, un juguete, algo rico para comer. Pero su  realidad, al igual que para el resto de las mamás, es de permanente incertidumbre. 

Susana

 -Si no fuera por él yo no estaría aquí. Siempre está animándome, es muy atento y un gran aporte en mi vida. Él motiva todo lo que yo quiero hacer-, concluye.

Al volver a la conversación con Tahina, comenta que la esperanza de la colectiva reside en el apoyo mutuo entre mujeres, en la acción y en la certeza de que no están remando solas. En definitiva, en la sororidad.

– Es sanador ver como madres pobres ayudan a otras madres pobres, nuestro trabajo está cimentando otro futuro donde el maltrato infantil sea erradicado y las injusticias que se han normalizado desde la época de nuestras bisabuelas, desaparezcan- concluye Tahina, otra vez, en nombre de todas las mujeres que conforman la colectiva.

Total
54
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts