Espacio Riesco, el nuevo Supertanker

Espacio Riesco, el nuevo Supertanker

La pregunta, entre tantas que están sin respuesta en estos días, es qué sucede con el Espacio Riesco, lugar que fue arrendado para ser utilizado como centro hospitalario y luego, una vez equipado, mostrado mediáticamente con cámaras de televisión enfocando las camas y lo necesario para que pareciera dotado de lo justo para afrontar una crisis que, convengamos, veíamos con incertidumbre, incluso más que ahora.

Al parecer, ya no es parte de lo contemplado por la autoridad central para poder hacer frente a lo que se viene; o bien, fue otro espectáculo más en el que se trató de mandar un mensaje sobre la importancia de la colaboración privada por sobre lo público.

¿A qué me refiero? A que todo en política, sin que se quiera incluso, trae consigo señales, símbolos, ideas sobre lo público y lo privado de parte de las autoridades. Y este gobierno, como una administración que ha puesto a la gestión antes que la política-aunque esa gestión necesite urgentemente de colaboración política-, viene impregnado de un desprecio hacia lo público, no solo debido sus pocas capacidades- las que han sido disminuidas en años de “modernización capitalista”, como le llaman algunos intelectuales de la plaza al vulgar ataque terrorista que sufrió lo común desde la implementación neoliberal en dictadura- ,sino también por una cierta idea repleta de ideología de que lo privado es más eficiente, más eficaz y, curiosamente, menos ideológico.

Esto lo hemos visto en otras ocasiones en Chile. Cabe recordar que en el verano de 2017, en medio de una gran oleada de incendios en el país, siendo oposición, el ahora oficialismo trató por todos los medios posibles que el Estado arrendara el llamado Supertanker. Era, claro está, parte de una estrategia comunicacional que, aparte de intentar posicionar a Sebastián Piñera- entonces expresidente y futuro candidato- y su “capacidad de gestión” por sobre el trabajo que estaba haciendo Bachelet al respecto, hizo lo posible por mostrar lo averiado que estaba el aparato estatal, como si hubiera pasado por arte de magia.

En aquellos días, cabe recordar, apareció en el escenario nacional una mujer llamada Lucy Anna Avilés, esposa de un multimillonario perteneciente a la familia fundadora de Walmart, quien se enfrentó con el gobierno de la Nueva Mayoría al querer traer a Chile el avión gigante. Su figura puso en la discusión no solo la labor de lo público, sino también la tarea de estos supuestos benefactores que, en vez de respetar las legislaciones de los países y los protocolos que deben cumplirse, creen que con su dinero pueden comprar todo, incluso los procesos estatales para, por ejemplo, traer el mencionado enorme aparato. El que, vale la pena agregar, no rindió lo que se esperaba.

¿No es el arriendo del Espacio Riesco algo similar? ¿Acaso no se quiso hacer un golpe de efecto que, como hemos visto, no terminó en nada, con los pasillos del salón de eventos vacíos? Se dice que se usará una vez que colapsen los hospitales públicos, pero no se sabe si tiene la capacidad real para cumplir esa función. Todo pareciera indicar que, al igual que el carísimo avión, era una manera de hacer un punto ideológico, y que, como sucedió en aquel verano de 2017, no será más que eso, mientras vemos a nuestro sistema público padecer esta pandemia como el más grave de los enfermos, debido a que ha sido durante años otra de las víctimas de ese experimento social, político y económico que algunos ya ni quieren recordar que explotó el 18 de octubre.

Sobre el Autor

Francisco Mendez

Analista Político.

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