Escobar, cuervos y zorros

¿Qué puedo decir? Intelectualmente, la columna de Escobar vale nada. Es apenas una diatriba que destila un odio irracional. Le duele que otras personas quieran cambiarlo todo en un país donde todo lo importante es pésimo: la salud, la educación, el acceso a la vivienda, las pensiones, la distribución del ingreso y la concentración ridícula de la riqueza. Le enrabia que queramos, muchos y muchas, cambiar un país que avergüenza a cualquiera con un mínimo sentido de justicia e igualdad. Seguramente le aterra la democracia y que algún día los votos para lo que él cree que son propuestas delirantes estuviesen contabilizados como mayoría.

Estoy asombrado, pasmado, paralogizado, anonadado y muchos “ados” más tras la lectura de la columna del abogado Ricardo Escobar C. en el diario La Tercera, que denominó La política, la zorra y el cuervo.

La razón de este estado mental que me ha sobrevenido descansa primordialmente en el recurso empleado por Escobar para criticar, si así pudiera llamarse a su ejercicio de la libertad de expresión, a Izkia Siches. Escobar recurre a la fábula. Parece elegante y culto, qué puede decirse.

Como quizás recordemos de nuestra infancia, la fábula es un género literario bastante en desuso, caracterizado por tratarse de breves historias, muchas veces protagonizadas por animales parlantes, que concluían en una enseñanza o moraleja. Fabulistas conocidísimos son Esopo, un esclavo griego, o Félix de Samaniego.

 Jean de La Fontaine fue un fabulista francés, que vivió entre 1621 y 1695. Una de sus fábulas se llamaba Le corbeau et le renard,que se traduce como “El cuervo y el zorro”. La historia es la que sigue:

Estaba un cuervo posado en un árbol y tenía en el pico un queso. Atraído por el aroma, un zorro que pasaba por ahí le dijo:

– ¡Buenos días, señor cuervo! ¡Qué bello plumaje tienes! Si el canto corresponde a la pluma, tú tienes que ser el Ave Fénix.

Al oír esto el cuervo, se sintió muy halagado y lleno de gozo, y para hacer alarde de su magnífica voz, abrió el pico para cantar, y así dejo caer el queso. El zorro rápidamente lo tomó en el aire y le dijo:

.  Aprenda, señor cuervo, que el adulador vive siempre a costa del que lo escucha y presta atención a sus dichos; la lección es provechosa, bien vale un queso.

Moraleja: No se debe dar crédito a palabras aduladoras que se hacen por interés.

En su columna, Ricardo Escobar se confunde y transforma al zorro adulador en una zorra aduladora, asunto no menor. No sabemos si esto ocurrió porque su abuelita Irene le contó mal la fábula, porque lo traiciona su memoria o porque – y esto es lo que más temo – era una forma de tratar de zorra a una adversaria política e intelectual que parece sacarlo de sus casillas, con toda la carga especialmente peyorativa que esa palabra contiene si se la refiere a una mujer.

Pero no nos detengamos en estas minucias y la evidente falta de tino y tacto que hay que tener para tratar de zorra a una mujer a través de una columna en un diario, por mucho que se haga bajo la excusa de citar una fábula (y de citarla mal, ya lo hemos dicho, pues el protagonista en realidad era un zorro que, según antecedentes no confirmados, podría en realidad ser un zorrón). Observemos, mejor, el análisis intelectual que nos ofrece Escobar.

El problema es que no encontré nada “intelectual” en la columna, si por ello entendemos un planteamiento racional sobre un asunto.

Básicamente, Escobar nos dice que Izkia Siches es una aduladora de economistas de la exconcertación, que, gracias a su astucia, logró que apoyaran a la Mesa Social Covid con una propuesta. Dice que el queso se lo llevó la señora Siches. No explica en qué consistiría el queso, claro, pero suponemos que será algo así como una capitalización política o el ser reconocida públicamente de manera positiva. Señala, de un modo que, al menos a mí, me suena ordinario y mal educado, dice que “eso era lo que quería la zorra en este cuento”, o sea en esta historia de los economistas haciendo propuesta a solicitud de Izkia Siches.

La propuesta de los economistas, dicho sea de paso, era la de pagar un bono de $ 300.000 a las familias más vulnerables del país. Nada del otro mundo. Pero, de algún modo, Escobar entiende que formaría parte de las “propuestas delirantes” de la izquierda dura. Manifiesta una especie de amargura biliosa por el hecho de que el PC o el FA mencionen a Siches como una eventual candidata presidencial y la acusa de carecer de total moderación y de querer aparentarla tomando prestadas “las plumas” de los que con trayectoria y prestigio las tienen de sobra, entiéndase los adulados y desprevenidos economistas que dejaron caer el queso.

Ya con menos disimulo, en el último párrafo, Escobar pretende entregar una lección a los economistas de lindo canto en el sentido de que la economía no es lo único que importa en política, recalcando que su otra abuela, Emma, siempre decía “la mona, vestida de seda, mona se queda”. Por supuesto que no entiende cómo se hilvanan estas ideas, pero lo curioso es que la adversaria ya no solo es zorra, sino también, mona.

Yo no puedo citar a mis abuelas, porque no eran tan literarias, refranescas y esclarecidas como las del señor Escobar. Una era costarricense y, me consta, jamás hubiese aprobado emplear los conceptos de mona o zorra para una mujer, bajo ninguna circunstancia. Le hubiese parecido de un mal gusto y ordinariez inaceptable.

Y mi abuela chilena era una de aquellas mujeres valientes que vivió, como tantas otras, terribles estrecheces de niña y adolescente, que estudió contabilidad a duras penas y que, con gran visión, no aceptó jamás que sus hijas no estudiaran en la universidad al igual que sus hermanos. Una señora, a su modo y en sus circunstancias y época, feminista, si por ello entendemos una igualdad fundamental entre hombres y mujeres. En otras palabras, mi abuela miraría a Izkia con el mismo orgullo con el que la miramos tantos chilenos y chilenas.

¿Qué puedo decir? Intelectualmente, la columna de Escobar vale nada. Es apenas una diatriba que destila un odio irracional. Le duele que otras personas quieran cambiarlo todo en un país donde todo lo importante es pésimo: la salud, la educación, el acceso a la vivienda, las pensiones, la distribución del ingreso y la concentración ridícula de la riqueza. Le enrabia que queramos, muchos y muchas, cambiar un país que avergüenza a cualquiera con un mínimo sentido de justicia e igualdad. Seguramente le aterra la democracia y que algún día los votos para lo que él cree que son propuestas delirantes estuviesen contabilizados como mayoría.

Le enfurece si alguien como Izkia Siches surge como representante de esos deseos de cambios profundos. Y se entiende, porque representa todo lo que puede detestar una élite conservadora y machista: ella es mujer, es joven, es inteligente, ajena a esa élite que de nuevo comienza a destilar odio al sentir amenazados sus privilegios y que, para colmo, ha llegado a ser presidenta del Colegio Médico y doctora solo por su esfuerzo, inteligencia y carisma.

La columna solo es un conjunto de ofensas mal disimuladas: aduladora, zorra, mona, ilegítima acaparadora de plumas ajenas… Busque usted alguna idea o propuesta de Izkia Siches que el señor Escobar controvierta, debata o cuestione con algún razonamiento. Sencillamente no hay nada. Es solo rabia. Es solo odio. Es solo la pataleta del que no tolera la inteligencia de un disidente y, menos aún, de una disidente.

Creo que será la primera y última vez que escriba sobre el señor Escobar, a menos que plantee alguna idea debatible. Pero para hablar de sus temores y odios, creo que no tengo tiempo. Prefiero degustar un vino con unos buenos quesos para soñar con más propuestas delirantes. ¿No han visto algún cuervo por ahí?

Total
66
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts